Hombres

Francisco Toledo, el Maestro

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* Un hombre admirado, benefactor, solidario y de gran talento

* Admirado, querido y hoy universal

Texto: Jarquín Edgar, fotografía: Juan Carlos Reyes

SemMéxico, Oaxaca, 9 septiembre 2019.- El pasado 5 de septiembre falleció Francisco Toledo. Retomo esto que escribí para la Revista Aprehender (Año II, No. 7 Agosto-Septiembre 2010) Revista de Divulgación en Ciencia, Tecnología, Arte y Cultura de la Comisión Municipal de Ciencia y Tecnología de Oaxaca de Juárez, escrita entonces con motivo de su 70 aniversario de vida.

I.

Un día por la mañana camino sobre el andador turístico, delante de mi va una pareja, hablan, yo escucho lo que dicen, mientras hacen más lento su andar de gente madura, yo hago lo mismo para seguir detrás de ellos:

– ¡Mira, es el maestro!

– Sí, es él.

Sí era él, el maestro Francisco Toledo, con su camisa blanca arrugada, sus pantalones oscuros… yo también lo admiro, viene de frente a la pareja, a mí, que para entonces ya éramos tres.

– Su bolsa, ve su bolsa. Dice la mujer con ánimo y curiosidad en su voz.

Como si ella me hablara, veo la bolsa de Toledo.

– No es su bolsa, dice el hombre que sostenía la mano izquierda de su pareja. –Es su portafolios. Se ríen con discreción y siguen admirando al cada vez más cercano Maestro.

Su bolsa, su portafolios, era como la que antes usaban nuestras madres para ir al mercado, de hilos de plástico y jaretas.

Toledo caminaba despacio sin percatarse de nada ni de nadie. Caminaba como si viniera de la mano de su bolsa, su portafolios, con sus huaraches, su camisa arrugada como su pelo revuelto, su humanidad entera que se nota, sus manos de artista. Su paso suave se interrumpe apenas un segundo cuando escucha un tímido:

-Buenos días Maestro.

Él responde con su voz apenas audible. Buenos días y pasa, sigue su camino y encoje sus hombros. Los tres, la pareja y yo lo vemos pasar, delgado como siempre, seguido por el peso de su inmensa humanidad que se le pega siempre como su sombra. Ellos, la pareja, emocionados caminan sobre las nubes de cantera verde y el maestro se pierde de nuestra vista cuando entra al MACO. La pareja de visitantes sigue sin dar crédito y yo me siento más oaxaqueña que nunca. Qué orgullo, me digo y me despido de ellos sin despedirme, muda me voy sobre el mismo espacio donde pasó Francisco Toledo, el Maestro.

II.

1993. Entro a la redacción del periódico donde trabajo, les digo que tengo una entrevista con Francisco Toledo. La jefa de redacción casi grita y pregunta incrédula: ¿En serio? Yo, casi inocente, digo que sí. Ella parece volverse loca por un instante. Me dice que a nadie le da entrevistas y me pregunta de qué hablamos. Le cuento que sobre su vida, sobre Oaxaca… Escribe, escribe pronto, me dice, me presiona mientras camino diciendo cosas que yo ya no escucho. ¿Qué hice? ¿qué hice? Me pregunto. Nerviosa, escucho la entrevista grabada en un casete, donde antes habían sido grabadas otras entrevistas. Reviso mis notas, sigo nerviosa, la noche se me viene encima, yo no puedo escribir nada, ni una palabra. Qué tal si nos les gusta, qué tal si esto, qué tal si lo otro y sigo preguntándome lo mismo ¿qué hice? ¿qué hice? Aquella entrevista nunca la escribí, estaba aterrada, preferí seguir guardando su silencio. Después dio muchas entrevistas, incluso a mí, ya no como entonces en las oficinas del MACO, sobre su silla de ocote, donde jugó incansable con un lápiz, donde su voz bajaba y bajaba el volumen. Aquella entrevista sigue guardada en el mismo casete de siempre que se quedó guardado en el mismo lugar del para siempre y en silencio.

III.

2007. Me senté en una de las viejas mesas y sillas de ocote quebradas por el sol que se filtra entre las enramadas que han formado las buganvilias y que, por su altura, hacen las veces de techo o cielo. Sillas y mesas cacarizas por el tiempo o el uso, cacarizas por cada una de las palabras que ahí se han dicho, ahí en el segundo patio del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, donde las paredes blancas dan tranquilidad, la gente que apenas habla, me permiten remontarme al tiempo infinito, sacia mi necesidad de escuchar el silencio, oír la voz de mi consciencia, para no olvidar el tiempo que vivimos. Y, ahí, entre las sombras y luces naturales, como lluviecita, caen las hojas blancas, rosas chillantes y verdes de las buganvilias, hojas que se disfrazan de flores, que los aires de febrero arrancan del cielo-techo que forma el arbusto trepador.

Alguien me interrumpe con sus pasos silenciosos, ensimismado, es Francisco Toledo. Apenas mira, es más, ni siquiera me mira, porque siempre está viendo hacia donde nadie ve. Se rasca la cabeza, se confunde y me confunde ¿por qué se rasca la cabeza? Luego me respondo, mientras él sigue sus andanzas silenciosas, de puerta en puerta de ese único lugar donde se lee gratis el periódico, se escuchan rumores de nada o se oyen preocupaciones sociales, lo que una quiera.

Francisco Toledo está preocupado, por eso se rasca la cabeza. Francisco Toledo tiene una idea por eso se rasca la cabeza. Francisco Toledo tiene un diálogo interno, algo crece dentro de su cerebro, por eso se rasca la cabeza. Francisco Toledo es una de esas criaturas que se duelen de todo, luego –pienso y pienso- hará una obra con tantas desgracias, seguro que sí. Creará una obra, por eso se rasca la cabeza.

Me parece un hombre delicado, cuando habla su voz apenas se escucha. Cuando se le entrevista su voz es diminuta, pero sus palabras son como dardos envenenados. Algunos se incomodan con lo que dice. Porque Toledo está en todo. Porque apoyó a las mujeres loxichas, sus comadres; apoyó a los presos y presas del 25 de noviembre de aquel ya lejano tiempo del 2006 y cercano a la memoria. Cuánta fuerza tiene este hombre de unos 60 kilos de peso, pero de varias toneladas, de muchas toneladas de conciencia ¿Por qué Toledo se quedó con tanta conciencia social? ¿Será que en esto también tenemos inequidades y la distribución de la conciencia social se quedó en Oaxaca hacia un solo hombre?

Ahí me quedo, miro el periódico, miro al artista, miro mi pequeña conciencia. Leo. Toledo entra y sale. Su fantasmagórica figura parece volar, la mía está clavada en la lectura y en un acto causal encuentro una estrofa del poema No me pidan razones de José Saramago, que pareciera dedicado a este señor raro, misterioso, que pensativo se rasca la cabeza:

No me pidan razones, no las tengo,

La marea rebelde que me llena el pecho.

Mal en este mundo, mal con esta ley:

No hice yo la ley ni el mundo acepto.

Me pareció en ese momento que el artista plástico y el escritor se habían cruzado en ese instante en el patio de buganvilias blancas y rosas, de sillas carcomidas, cacarizas. Que el oaxaqueño y el portugués se habían contado sus dolores, que habían puesto sobre la mesa de madera de ocote sus conciencias. Pura imaginación, un presagio, nada.  Pero la visita al IAGO fue un remanso y me llevó a agradecerle a Toledo su presencia, sus contribuciones, sus acciones, incluyendo las que hizo para devolvernos el convento de Santo Domingo y a la vez que se puso en huelga de hambre a las puertas del convento de Santa Catarina, algún día Maestro, lo devolverán.

Tenía pensado contarles otra historia. Otro día les contaré la historia del bungy, para hacerles reír un poco. Pero esta mañana estaba sentada sobre las sillas viejas del IAGO, cuando pasó con su camisa arrugada, media blanca, con su pelo enmarañado, muy negro, este hombre de grandes sueños y grandes anhelos.

Su cuerpo es como esos papalotes que hacen en el Taller de Arte Papel Oaxaca, ligero, apenas reforzado por tiras delgadas de carrizo, como sus huesos. Cuando vi la primera vez los papalotes con esos murciélagos o con la cara de Gandhi y una leyenda sobre la paz por Oaxaca, con esos colores de tierra, era fácil imaginarlo de niño, jugando sus papalotes de papel de china o de periódico o del papel que encontrara…libre él, volando alto.

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