Juego de PalabrasYaneth Tamayo Ávalos

Juego de Palabras

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La normalización de los horrores y la impunidad

* No hay que olvidar a los feminicidas

Yaneth Angélica Tamayo Ávalos

SemMéxico, 7 noviembre 2019.- Esta semana la sociedad se estremeció al conocer la forma violenta con la cual fueron agredidas mujeres, niñas y niños de una comunidad mormona que viajaban por el norte del país; la empatía e indignación quedaron rebasadas ante la brutal saña con la que fueron ultimadas estas personas.

Tal noticia visibilizó un poco la violencia suscitada en el país, quizás lo sucedido fue la culminación de anteriores sucesos violentos; tan solo días posteriores la detención de Ovidio Guzmán habría causado varios enfrentamientos que pusieron en riesgo a la ciudadanía de Culiacán.

Las redes sociales y algunos medios de comunicación se inundaron de opiniones respecto de estos acontecimientos; la falta de estrategia en seguridad dejó en un segundo plano a las víctimas de violencia. No señalo que no tengan razón, pero lo acontecido va más allá de un plan de seguridad y va más allá de un señalamiento a Andrés Manuel López Obrador, preciso mencionar que con esta afirmación no les restó responsabilidad.

No hay que olvidar a los feminicidas que, tan solo en los últimos ocho meses han causado la muerte de 2, 481 mujeres, quienes fueron violadas y torturadas antes de ser ultimadas; además de los 1, 463 homicidios cometidos del 2018 a la fecha en contra de niñas, niños y adolescentes; sin olvidar las desapariciones y demás delitos que se cometen de forma violenta en contra de la ciudadanía.

Los grados de violencia que se ejercen en el país, son consecuencia de una cultura en la cual la desigualdad y las relaciones de poder prevalecen sobre el respeto y la dignidad de las personas, en donde las consecuencias de la violencia han sido minimizadas y por ende normalizadas.

Cuántas veces hemos visto y escuchado acciones violentas a las cuales solo se les ha catalogado como exageraciones, como circunstancias propiciadas o queridas, “la violaron porque lo provocó”, “la mataron porque seguramente andaba en malos pasos”, “los asesinaron porque se apoderaban de tierras y pozos”, “los confundieron con grupos rivales” y “seguramente los desaparecieron porque tenían nexos con el narcotráfico”.

La violencia ha pasado a un nivel de justificación en donde solo a conveniencia política se exige un paternalismo al cual responsabilizar ante la falta de asumir un compromiso social y normativo que evite dañar a otras personas -situación que involucra a ciudadanos y administradores del Estado-.

Y al mismo tiempo, esa misma conveniencia política ha propiciado que los responsables del Estado culpen a administraciones pasadas ante su incapacidad de reconocer que la violencia es un problema social que no se combate con abrazos, con expresiones como “fuchi, wacala” o con acusaciones con las madres de los criminales.

Si bien es cierto, los altos índices de delincuencia, violencia, corrupción e impunidad han rebasado las estrategias del Gobierno Federal; lo cierto es que, estos no disminuirán de la noche a la mañana y menos, si se sigue con una política supuestamente pacificadora, en donde se prefiere culpar al pasado que actuar en el presente.

 Aunque exista voluntad por erradicar la violencia y sus consecuencias, esta no será eficaz sino se trabaja en el origen; un país seguro no es el que más combate la delincuencia, sino el que tiene ciudadanos consientes que evitan generar violencia y dañar personas.

Este trabajo debe ser realizado en alianza con la ciudadanía, quienes desde el espacio privado deben originar condiciones propicias que eviten surgimiento de personas nocivas y de situaciones que puedan propiciar el daño a otras personas.

Todas las personas y en todos los ámbitos deben ser conscientes que la responsabilidad no solo recae en el gobierno, el narcotráfico o la delincuencia organizada, sino en todas las personas que conformamos el país; un individuo incapaz de contribuir con su trabajo y esfuerzo al bienestar de los demás, se traduce en una menor calidad de vida para la sociedad.

Si este país quiere transitar hacia una situación favorable, se debe empezar por la formación individual en la cual cada uno se haga responsable de su actuar; un buen inicio comienza con el simple hecho de dejar de hacer comentarios que propician violencia y le restan importancia y sepultan actos como los sucedidos, que solo benefician a la clase de personas que buscan arrebatarse el poder; tener empatía no solo contribuye a solidarizarse con las víctimas, sino a visibilizar el problema real.

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