30 años de la caída del Muro de Berlín

La caída del Muro de Berlín, a 30 años de distancia

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Esta indagación periodística no habría sido posible sin el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert y la cooperación decisiva de Isabel Basterra, Elizabeth Klose, Mariane Braig y Peter Sthorandt por sus orientaciones y traducción de charlas, entrevistas y sondeos en ambas Alemanias.

  • Prevén sindicalistas la peor crisis obrero-patronal
  • Pagarán trabajadores alemanes los costos de la reunificación
  •  Temen universitarios que Helmut Kohl aumente los impuestos

2da Parte.

Sara Lovera, enviada/ Berlín, 27 de abril, 1990.  La demanda de una jornada semanal de 35 horas, encabezada por el Sindicato (DGB), con sede en Frankfurt-, podría conducir en las próximas semanas a huelgas en cadena y al primer gran enfrentamiento de los trabajadores con el gobierno germano federal y los empresarios, desde que terminó la guerra.

El gobierno y los empresarios están ahora más ocupados en invertir hasta 20 mil millones de marcos en el proyecto de la anexión de la República Democrática de Alemania; ésta se hace sobre la marcha cuando se necesitarían por lo menos cinco años “para no lesionar a nadie”. Pero políticos y capitalistas parecen no escuchar los reclamos obreros.

La DGB, según una docena de sus dirigentes, incluido uno de los secretarios adjuntos de la organización, considera que se atropelló a los trabajadores de ambas Alemanias; no existió discusión alguna y el acuerdo de los partidos políticos gobernantes, incluidos la socialdemocracia y el nuevo gobierno de la RDA, ha llevado los acontecimientos tan rápidamente que no ha sido posible reflexionar. Apenas en mayo, la DGB realizará un congreso para definir su posición.

Helmut Schauer, encargado de la política salarial del Sindicato del Metal, y Rudi Welzmuller, del Departamento de Economía de la misma organización, explicaron las dificultades de una unificación que, desde su punto de vista, pagarán los trabajadores de ambas Alemanias.

Admiten que existen recursos para pagar la inversión que hará de los 16 millones de habitantes de la RDA, ciudadanos federales, con el mismo nivel de vida y prestaciones que hay en la RFA. Pero hay problemas.

En Alemania Federal hay tres millones de desocupados y unos seis millones de pobres, hay una larga discusión respecto al abastecimiento de la energía que se importa de las plantas nucleares de Francia, el Sindicato del Metal perdió 25 mil afiliados después de la crisis siderúrgica y hay escasez de mano de obra calificada para las empresas de las nuevas cadenas productivas. Adaptar la política económica a la nueva realidad generada por la caída del régimen de partido de Estado en la RDA “no es cosa que pueda ocurrir de la noche a la mañana, pero el gobierno de Kohl no quiere discutirlo”. Además, “les están haciendo un atropello a los orientales”. Lo mejor sería esperar o formar una confederación.

Para Welzmuller, la propuesta acelerada de igualdad monetaria “no funcionará”, porque la unión tendría que ir acompañada por medidas de política económica para compensar las inversiones y garantizar una perspectiva confiable. Hasta ahora “no conocemos un programa de compensación” y, al mismo tiempo, podemos prever una nueva emigración; la habida de agosto a marzo fue de casi 300 mil ciudadanos de la RDA y, desde la apertura “turística” y la época de represión en la RDA –hace dos años-, han llegado al país dos millones de germanorientales, cien mil polacos y miles de húngaros buscando trabajo.

Las cosas son mucho más complicadas, advierte, “porqué, paralelamente, nuestro gobierno trabaja aceleradamente en el proyecto de la unidad económica europea, prevista para 1992” y antes de dar prioridad a una u otra cosa “quiere, como se dice matar dos moscas con la misma raqueta”; ello hace pensar en un peligro político aparentemente no calculado.

Lo peor es que la transición podría enfrentarse con un sindicalismo fuerte en la RFA, “que no existe”; con solidaridad “que no existe” y con claridad y discusión, que “tampoco existen”, porque a lo largo de 40 años se creó una sociedad individualista y “tampoco sobre esto se ha reflexionado”.

Los “ajustes” podrían ser desastrosos, señaló Schauer, porque los conflictos laborales están al día. Sólo en la empresa Nikslotf, una de las productoras de aparatos electrodomésticos más fuerte y tradicional, sin opción tecnológica, cuatro mil 500 puestos están en peligro y la “reestructuración liberal”, como la privatización, continúa sin que la DGB haya podido dar una respuesta suficiente o haya elaborado para sí misma una alternativa viable.

De la presidencia federal de la DGB, el más elocuente es Dieter Hocke, quien reconoce que desde hace ocho años la afiliación sindical está estancada, porque a los obreros tradicionales –cuya fuerza manual fue preponderante- los está sustituyendo una nueva cadena productiva con empleados de servicios computarizados, a quienes no les interesa sindicalizarse por transitar a la individualización en el trabajo; a las mujeres que trabajan tiempos parciales tampoco les interesa y menos a los técnicos matemáticos, que buscan nada más mejorar su “status”.

Respecto a la RDA, “nuestra confusión es total”, no sólo porque no los conocemos, sino porque se necesitarían diez años para sanear su economía, adaptarla a un sistema de mercado y resolver los problemas que de ahí se derivan; aparentemente nada de ello se ha tomado en cuenta.

El problema es el cómo. “Ahora seremos un país fuerte”, se dice y el gobierno de la RFA fue allá a “subsidiar” la campaña electoral que se basó en promesas “técnicamente posibles, pero prácticamente imposibles”. El economista Kloss Voy dijo en Berlín que una décima de inflación provocará una revuelta. Para qué hablar de aumento en los impuestos.

Ahora “todas las escenas están abiertas”, existen problemas económicos. Experimentos sociales, libros y teorías. Pero “los sindicatos hoy nos preguntamos cómo resolver problemas sociales bajo una óptica política, cuyo móvil es solamente el poder. Nuestra primera tarea sería editar un manual de negociación sindical, pero estamos discutiendo si nuestras formas hoy son viables”.

Las dudas de los representantes sindicales son múltiples: ¿Qué significa el experimento? ¡Quién lo pagará?

H.U. Bunger, de la sección sindicatos de la Fundación Friedrich Ebert, también interroga: ¿Qué pasará en el largo plazo? Cuando ya hay un millón de desempleados adicionales, ¿cómo resolver, y sobre qué bases, la política salarial?

En la agricultura de la RDA trabajan ocho mil personas; tal vez sólo la mitad es productiva. Ha empezado la destrucción de sectores industriales –el del carbón con el argumento de la contaminación-. En la RDA no existe un sindicalismo como el de los países capitalistas, ¿cómo hará la RFA para establecer políticas vinculantes, ¿cómo se equilibrarán los salarios, ¿quién los determinará?

En los puntos a discusión de la DGB están estas cuestiones, inclusive la conveniencia o no de transferir el sistema de convenios laborales porque, ahora, en la RFA se discutía su validez; ¿cómo y cuándo se igualará la calidad de vida, hasta qué punto peligra la relación sindicatos- ¿Estado, frente a un país donde los sindicatos eran estatales?

El debate y la anexión, según los presupuestos de discusión de la DGB, aparecen en un momento de crisis del sindicalismo alemán, “cuando estamos discutiendo la formación de un sindicato para la modernidad, cuando se inició la batalla de la reducción de jornada para abrir nuevos puestos de trabajo, cuando los sindicatos están fuera de lugar y no han discutido nuevas tácticas de afiliación”, dijo Hocke y agregó que “la gran preocupación es la rapidez de los acontecimientos. Para nosotros sólo queda esperar, porque ya no funciona ninguna lógica”.

Para Warner Foltin, representante del sindicato del Servicio Público en Düsseldorf, las cosas son claras: “Me temo que en la RDA los trabajadores han sido atropellados, se han destruido en unos cuantos meses su organización y sus logros sociales y, con el proyecto de la transición, no están en condiciones de defender esos logros”; para los trabajadores de la RFA la cuestión de la anexión produce también un debilitamiento sindical, “lo que nos pone alertas para impedir que se nos ponga entre la espada y la pared”. Los universitarios en el occidente están haciendo preparativos para enfrentar una nueva política fiscal, ya que temen que el gobierno de Kohl pretenda pagar los gastos de la anexión con nuevos impuestos.

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