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La desigualdad de género también existe en prisión

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Por Raquel Zapata González

SemMéxico/AmecoPress. Madrid, 18 feb. 2020.- Las mujeres constituyen un pequeño porcentaje de la población penitenciaria. En España las reclusas representan un 7,4% según el Internacional Centre for Prison Studies, de las cuales el 70% cumplen condena por delitos contra la salud pública. La escasa presencia de mujeres en las prisiones mixtas unida al rol de género que vincula a la población femenina a las tareas domésticas y al cuidado, ocasiona desigualdades de género dentro del sistema penitenciario. El desequilibrio, que se hace notable sobre todo en cuestiones de trabajo y formación, genera además la problemática de que no haya programas para dar respuesta a las necesidades específicas de las mujeres privadas de libertad.

Dentro de la penitenciaría las horas pueden llegar a pasar muy lentas y las reclusas buscan abstraerse a través de talleres o ejerciendo algún trabajo remunerado. Algunas de ellas esperan aprender un nuevo oficio o conocimientos que les garanticen poder acceder a un empleo una vez cumplan su condena, sin embargo, muchas desconocen es que esto resulta más complicado si se encuentran en una prisión mixta, en lugar de en una específica para mujeres.

Concepción Yagüe Olmos, psicóloga y experta en criminología, delincuencia e igualdad, explica que el sistema de trabajo dentro de la prisión mixta perpetúa lo que la sociedad ha querido durante décadas para las mujeres. Las desigualdades laborales de la calle se ven reflejadas dentro del penal debido a que a las reclusas se les da sistemáticamente las labores de mantenimiento y limpieza, mientras que no se les ofrece la oportunidad de participar en otro tipo de trabajos más complejos que las capacitarían para encontrar un trabajo tras su salida.

“A las mujeres se las utiliza porque tienen unos hábitos aprendidos de cuidados, atención y limpieza, pero cuando salen de prisión apenas se les ha enseñado nada nuevo debido a que han estado usando las habilidades que ya tenían. No suelen salir con mejores capacidades para el mercado laboral”, declara la experta. Aquí se percibe una notable desigualdad con respecto a los hombres ya que estos sí que tienen la oportunidad de ocupar los puestos más complejos. Así los reclusos adquieren nuevas habilidades y conocimientos mediante un proceso de aprendizaje, lo que los capacita para desarrollar un determinado oficio.

Para las mujeres hay tres categorías laborales. La primera la constituyen los trabajos de mantenimiento ordinario del centro, como la limpieza y la lavandería, la segunda los empleos propios, como la cocina, y la última categoría corresponde a aquellos especializados ligados a empresas externas. Si recogemos los datos de estas tres categorías y comparamos el porcentaje de mujeres y hombres que hay en cada uno de los niveles podemos ver que los resultados muestran cómo se perpetúa el rol femenino que liga a la mujer a la limpieza y los cuidados.

Se puede concluir que las labores que se asignan a las mujeres no requieren de un aprendizaje, ya que son cosas que ya saben hacer. Debido a esto, tras cumplir su pena, es un hecho común que la mujer vuelva a ser ama de casa o trabaje en el sector de la limpieza y los cuidados. No se las capacita para que puedan postular a otro tipo de trabajo, ventaja con la que sí cuentan los hombres ya que adquieren conocimientos de automoción o cerrajería, por ejemplo. “En algunos centros he visto a los hombres trabajar como cocineros, empleo que tiene un alto nivel de remuneración, y por la tarde llevaban a las mujeres a limpiar. Es terrible”, atestigua Concepción Yagüe, que lleva años trabajando en las Instituciones Penitenciarias como psicóloga e investigadora.

Otro ámbito en el que se manifiesta la desigualdad es en algunos de los talleres desarrollados en prisión por las asociaciones con la intención de transmitir habilidades, conocimientos y responsabilidades a la población penitenciaria. Además, estos espacios constituyen un puente para que las organizaciones puedan conocer a las reclusas, lo que es determinante para ellas debido a que cuando obtengan un permiso necesitarán el visto bueno de alguna de estas entidades para poder alojarse en alguna de sus casas de acogida.

Los talleres son una gran opción para las mujeres privadas de libertad, tienen un efecto positivo en su día a día y gracias a ellos adquieren competencias sobre distintas disciplinas; sin embargo, como se explicó antes, esta realidad cambia dependiendo de si la prisión es mixta o no. En una prisión específica para mujeres todo está pensado para ellas, los talleres, los puestos de trabajo, los programas homologados que dan respuestas a necesidades como la drogodependencia, todo. En una prisión mixta esto es diferente debido a que es una institución pensada para hombres en la que se ha habilitado algún módulo para mujeres. Por esta razón, este tipo de prisiones no responden al 100% a las necesidades de las reclusas.

Determinados talleres que se llevan a cabo en la penitenciaría también sirven para perpetuar los roles de género ya que, como explica Concepción Yagüe, mujeres y hombres no realizan las mismas actividades. Ellos salen mejor preparados al mundo laboral tras haber realizado tareas como la cerrajería, mientras que ellas se encuentran en desventaja al dedicar su tiempo a tareas como coser o bordar. La experta y exdirectora de la prisión de Alcalá de Guadaira, cuenta que durante su dirección impulsaron un taller de cerrajería para las mujeres con el propósito de que las reclusas accedieran a una disciplina diferente. “Después del esfuerzo de implantar ese taller, durante la crisis lo retiraron para llevárselo a un centro de hombres, el centro I de Sevilla. Decían que esos hombres necesitaban más el trabajo. Esta es la dinámica y lo hacen con la absoluta normalidad de que las cosas tienen que ser así”, declara Yagüe.

A pesar de esto, las asociaciones impulsan también otro tipo de talleres que no entienden de estereotipos de género. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, el taller de jardinería en vivero impulsado por Acope en el Centro Penitenciario de Madrid I-mujeres (Alcalá Meco) o el taller de radio impulsado por la Asociación Arcoíris.

Dentro de los centros mixtos se presenta otro inconveniente, el del espacio habitable. Las reclusas son un porcentaje muy pequeño dentro de la prisión y esto es determinante a la hora de concederles un espacio en la institución. Se les asigna un módulo para que convivan todas juntas y aquellas que atraviesan, por ejemplo, un proceso de drogodependencia no tienen acceso a un módulo exclusivo para este tipo de problema. Los hombres, por el contrario, sí pueden estar en un módulo más ajustado a sus exigencias, por ejemplo, el módulo de respeto, el de estudios o el de drogodependencia.

Reclusa y madre, una doble condena

Cuando una mujer entra prisión lo hace para cumplir con la condena que se le ha impuesto judicialmente. Sin embargo, no es la única a la que tiene que hacer frente. La condena social existe y sobre todo para aquellas que son madres y han dejado una familia fuera.

La asociación Acope nace de una red de voluntarias y voluntarios que procedían de diversas asociaciones y que, tras entrar en la prisión de Yeserías y compartir su labor allí, se dieron cuenta de que las mujeres en el contexto penitenciario estaban marginadas. Desde ese momento decidieron dedicarse a ellas y fundaron Acope, que lleva 34 años trabajando por las mujeres privadas de libertad. Mariú D’ Errico, miembro de la junta directiva y voluntaria de la asociación desde sus inicios, explica que, mientras se produce esa marginación, estas mujeres cumplen dos condenas, la social y la penitenciaria.

Socialmente se le reprocha que haya dejado de cumplir con el rol femenino que dicta que la mujer debe cuidar a los hijos e hijas, ser una mujer ejemplar, ocuparse de la casa… “Yo he oído varias veces en prisión: ¿Cómo es posible que hayas hecho esto y hayas abandonado a tus hijos?, eras el pilar de la familia…” cuenta la voluntaria de Acope. Las menores suelen quedarse en manos de otras personas que a menudo son las abuelas, tías o hermanas… El papel del padre en el cuidado de los menores es menos frecuente debido, entre otras cosas, a que un número considerable de estas mujeres constituyen familias monomarentales.

El malestar psicológico para aquellas que son madres enseguida se hace notar. La mujer lleva consigo la culpabilidad cuando entra en prisión. Socialmente se juzga a estas mujeres con más dureza que a los hombres porque una madre no puede “abandonar” el núcleo familiar, debe cumplir con las tareas de cuidados que se esperan de ella. Esto conlleva una desigualdad entre padres y madres. Además, es frecuente que una vez en prisión sigan escuchando comentarios de familiares y conocidos acerca de su ausencia en el cuidado de sus hijos. “Esto genera un malestar psicológico grave ya que, la mayoría de mujeres, no consiguen dejar a un lado esa culpabilidad durante su estancia en la prisión. Incluso algunas de ellas no se lo perdonan ni cuando han salido”, explica Mariú.

Un lugar para reaprender

Acostumbrarse a estar dentro de prisión es un proceso complejo, pero salir de ella requiere volver a aprender una serie de hábitos. Tras un tiempo de reclusión, normalmente largo, a las mujeres privadas de libertad no les resulta fácil volver a la rutina que tenían antes de entrar en prisión. La vida dentro y fuera del sistema penitenciario es diferente y adaptarse implica un tiempo que variará según cada mujer y sus necesidades. En este proceso, los pisos de acogida desarrollan un papel fundamental para ayudarlas a recuperar su rutina y unos hábitos saludables.

La labor de acogida recae sobre las asociaciones, que se encargan de gestionar sus propios pisos. En nuestro país hay diversas agrupaciones que se dedican a esta labor, como Concaes, Arcoiris o Acope, que desarrollan su actividad en Madrid. Los inmuebles que gestiona Acope se dividen en dos, por un lado, aquellos destinados a las mujeres en situación de segundo grado –las que tienen entre tres y cinco días de permiso cada mes y medio- y, por otro lado, los que acogen a las mujeres que consiguen el tercer grado.

Mariú explica que el objetivo de este tipo de pisos es acompañar a las mujeres, sobre todo para que puedan retomar todas las habilidades sociales que han perdido. “Muchas de las mujeres que vienen a nuestro piso dejan las luces encendidas porque normalmente la luz en prisión se enciende y se apaga automáticamente; dejan correr el agua de los grifos, no recuerdan cómo se pone una lavadora… Han perdido todas las habilidades diarias porque en la cárcel algunas de estas cosas se las dan hechas”, ejemplifica la voluntaria de Acope. El hecho de hacer la compra es otro punto muy importante, aunque no lo parezca. Algunas de ellas pasan años en prisión, por lo que, cuando salen, no saben medir qué producto es barato y cuál es caro. Desde la asociación se encargan de acompañar a estas mujeres a realizar la compra para que aprendan qué es sano o no para ellas y, además, sepan medir cuándo un producto tiene un precio asequible o no.

El piso nunca está solo, siempre está cubierto, bien con trabajadoras o voluntarias para que esas mujeres estén acompañadas. De esta forma se procura que tengan un apoyo cerca para conversar, pedir consejo y realizar las actividades cotidianas. Cada mujer tiene la libertad de gestionar sus días, pero deben tener en cuenta el horario determinado para llegar a casa. Este horario es diferente dependiendo de la asociación puesto que cada una marca las reglas de su casa de acogida. “Deben saber que el piso no es una pensión, es un hogar. Por ello, les pedimos que vengan a comer o que pasen tiempo en casa para poder conversar y trabajar las habilidades que deben recuperar”, aclara Mariú. A pesar de esto, las mujeres pueden salir con quien quieran y visitar los lugares que deseen, siempre y cuando cumplan con las reglas de la casa entre las que se encuentran: respetar el horario, la implicación por recuperar las habilidades perdidas y la limpieza de la casa, incluida su habitación.

Dentro del proceso de recuperación de hábitos también se encuentra el ocio. Se las acompaña a ver exposiciones, al cine o a tomar algo con el objetivo de enriquecer su día a día y que vayan adquiriendo hábitos de ocio saludables. Conocer la ciudad en la que van a vivir durante su permiso es otra de las cuestiones importantes que atienden los voluntarios y voluntarias. “Hay mujeres que han llegado a un aeropuerto y directamente se las ha enviado a la cárcel. Estas mujeres no conocen en absoluto la ciudad. Otras, por ejemplo, vienen de pueblos y jamás han cogido el metro”, explica un voluntario de una de las asociaciones, quién prefiere no dar datos sobre su persona. Debido a su desconocimiento de la ciudad, se las acompaña para enseñarles cómo funciona el tráfico, dónde se encuentran las zonas más relevantes y cuáles son los medios de transporte que tienen a su disposición. Esta labor permite que, poco a poco, estas mujeres vuelvan a experimentar la autonomía e independencia que un día tuvieron.

La libertad, un nuevo reto

Cuando estas mujeres salen del sistema penitenciario, su principal prioridad, a parte de ver a la familia y conocidos, es buscar un trabajo. Algunas de ellas han roto sus vínculos familiares durante su estancia en prisión debido a que la familia se siente decepcionada e incapaz de volver a mantener una relación. Sin este apoyo, estas mujeres no tienen a nadie que las ayude los primeros meses hasta que encuentran un empleo. “Cuando salen de prisión tienen un subsidio excarcelario con el que pueden malvivir durante un tiempo. Aquí en Madrid apenas les da para pagar una habitación”, menciona Mariú.

Por ello, encontrar un trabajo mientras se alojan en los pisos de acogida es vital para ellas ya que cuentan con el apoyo de la asociación y una casa a la que acudir. “Cuando tienen que ir a una entrevista las apoyamos y las aconsejamos en cuanto a vestuario, posibles nervios y apariencia. Siempre les proponemos una serie de cosas que las pueden favorecer”, aclara la voluntaria de Acope.

La búsqueda de empleo es una tarea difícil para las mujeres privadas de libertad, pero sobre todo para aquellas que son extranjeras. Estas apenas tienen posibilidades para encontrar un empleo estable debido a que no tienen los papeles en regla, lo que deriva en que la mayoría se vean obligadas a aceptar trabajos remunerados en negro y que, finalmente, acaben siendo explotadas debido a que necesitan ese sustento para garantizar su independencia.

A pesar de las dificultades con las que se encuentran las reclusas o exclusas a la hora de encontrar trabajo, algunas de ellas consiguen salir adelante y encontrar un empleo, ya sea gracias a la ayuda de sus familiares o por sus propias capacidades. “Es difícil pedirle a estas mujeres que cuando salgan de la prisión vivan dignamente porque muchas de ellas no tienen absolutamente nada”, denuncia Mariú.

Otro de los impactos que experimentan las reclusas cuando van a ser puestas en libertad es el estrés. Existen diversos factores que determinan que estas mujeres se tomen su salida de una forma más negativa o positiva. La ayuda familiar y el trabajo son dos cuestiones clave. “A veces me han expresado el estrés que sienten los días previos a su salida de prisión. Es algo que yo podía detectar sin que me lo dijeran… Cuando no hay familia esperándote fuera y tampoco hay trabajo incluso padecen ansiedad”, expresa el voluntario de una de las asociaciones.

La importancia de que estas mujeres trabajen su formación dentro de la prisión día a día, aprovechando el tiempo, es una de las cuestiones más importantes, ya que es la única forma de combatir la pobreza o soledad a la que algunas se ven abocadas. La formación, los talleres y la compañía de las personas voluntarias hacen más amena la estancia de las reclusas en prisión y garantizan que su paso por el sistema penitenciario cumpla su fin último, la reinserción social.

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