La OpiniónLa Opinión

El asedio

218 Vistas

Por: Florencio Salazar Adame

Solo el que se arriesga a no escapar / podrá escapar al tiempo del peligro. M. Caballero Bonald.

SemMéxico. 05 de mayo 2020.- Basta de Covid-19. Todos los días Quédate en casa porque el aislamiento es la mejor medicina contra el virus. Porque el virus es el más contagioso de todos y hay personas contagiadas que andan por todas partes. Unos porque no lo saben y otros porque no saben qué hacer.

El primer brote se dio en septiembre de 2019 (por eso es 19 el Covid), pero nadie hizo caso. En 2015 las naciones firmaron un protocolo de la Organización Mundial de la Salud para que todos los gobiernos alertaran sobre cualquier brote contagioso y ninguno lo atendió.

Antes que cualquier especie ya existían los virus en el planeta, informa el muy recomendable cortometraje de Netflix, Covid-19. Desde siempre el virus ha sido nuestro enemigo mortal; ha aparecido con distintas formas segando la vida de millones. Entonces, cuando surgen, gobiernos y laboratorios privados se aplican en lograr la vacuna. Con la vacuna desaparece el miedo y sigue la vida como si nada. Y así, hasta la siguiente poda.

Si tuviéramos nuestras ciudades permanentemente rodeadas de armas hostiles, estaríamos preparados para garantizar su seguridad. El problema es que estamos rodeados de ejércitos enemigos, solo que por ser invisibles pensamos que no existen. ¿Cómo es que no prevemos que el enemigo no cede ni renunciará a abatirnos? Hoy es el Covid-19, mañana será otro y después otro…

El humano desde que existe, busca la inmortalidad. Sacrificios humanos, ritos satánicos, baños en sangre de doncellas para mantener la juventud, pociones mágicas, fórmulas milenarias, declararse deidad como Calígula, charlatanes que hablan al más allá (para abusar de los del más acá), poderes obtenidos por voluntad divina, congelamiento de cuerpos en espera de que la ciencia logre recuperar la vida en esos pedazos de hielo, monumentos faraónicos…

El humano es finito y por el límite de su vida existe su grandeza. En las bellas artes está la prueba suprema de su pensamiento y su creación. El día de La Resurrección no encuentro nada más hermoso que escuchar El Mesías de Händel. Así podemos encontrar divinas obras humanas en la música, la pintura, la arquitectura, la danza, el teatro, la literatura y el cine. Esa es la única inmortalidad a la que puede aspirar el ser humano, la obra que prevalece por los siglos de los siglos, a pesar de la barbarie y las pandemias.

Las bellas artes significan la civilización de la especie. Los valores que se anteponen y someten a la violencia, a la degradación de la persona, a las pasiones descontroladas, a las ambiciones sin medida. La civilización promueve la armonía en los conflictos, la solidaridad en la desgracia, el respeto a la vida humana.

 “Los momentos en los que a lo largo de la Historia prevalecen el sentido común y la reconciliación son breves”, dice Stefan Zweig a propósito de la unión de las iglesias cristianas de Oriente y Occidente ante la amenaza otomana para tomar “una cabeza sin cuerpo”, “una capital sin reino”, la Bizancio de Constantino (1453). Mehmet, “que derrama sangre como si fuera agua”, ha derrotado a la Europa que consumió el tiempo en el desdén mientras los ejércitos del sultán destruían las murallas asediadas.

Cuando miramos los magníficos grabados que recrean a Benito Juárez errante por la Patria y en su arribo con arcos triunfales a la Ciudad de México, vemos al hombre convertido en héroe. Poco nos hemos detenido a pensar en las fatigas incesantes provocadas por llevar a la República en un modesto carruaje corriendo por caminos de piedra y lodo, en climas extremos, acechado por las tropas aliadas de conservadores y franceses. ¿Pensó don Benito, en algún momento, abandonar la empresa? ¿Se achicó ante el ejército más poderoso del mundo, calificado así el de Napoleón III? ¿Llegó a creer que Maximiliano –masón como él– merecía abrazos y no balazos?

La grandeza de El Indio Juárez no fue el propósito de la persona, sino el resultado de los actos del gobernante, de haber integrado al mejor gabinete de la historia (hoy, la democratización del poder ha llegado a la vulgaridad), tener confianza en sus generales, armar al ejército con las miserias del presupuesto y con los créditos obtenidos. No pensó en la posteridad como en un pedestal. Para él el futuro solo tenía sentido preservando la libertad y la independencia de México.

La grandeza como proyecto fracasa rotundamente. Mussolini fracasó, Hitler fracasó, Stalin fracasó. La grandeza la otorga la posteridad cuando las decisiones de los seres humanos se imponen a condiciones adversas y poderosas. Perviven en la memoria colectiva porque supieron cumplir con creces con su deber. Y el deber es el qué hacer a partir de dos principios fundamentales: la convicción en la ley y la convicción de los principios. Esos principios, esas convicciones, fusilaron al príncipe de Austria.

Las clases elementales de Ciencias Políticas y de Teoría del Estado nos enseñaron que el fin del Estado es la protección del territorio y la salvaguarda de su población; también que el Pacto Social tiene ese mismo fin. Yo, ciudadano, te entrego a ti gobierno mi voluntad para que me representes gobernando en mi nombre y veles por mi bien; para lograr esa misión fundamental debes hacer lo necesario de acuerdo con la Constitución, que es el acta fundacional.

Para tratar de ser más explícito. El Estado debe proteger la vida de las personas en todo tiempo y circunstancia. De nada servirá el ahorro en una nación poblada de cementerios. Sobre todo, porque el sultanato del virus se anunció, lentamente se dejó venir y cuando se observaban sus atrocidades se decidió acogerlo: abrazos, dar besos, ir a  restaurantes. No pasa nada. Y cuando pasa, ya se van los invasores.

Alguien dijo que México había superado sus grandes desafíos porque en cada momento de su Historia tuvo al líder que supo conducir y vencer.

Así sea.

Comment here

Accesibilidad