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¿Podrá AMLO detener el futuro?

Por: Natalia Vidales Rodríguez

SemMéxico. 22 de mayo de 2020.- Aunque hoy los bonos políticos del Presidente López Obrador van a la baja por la crisis económica que trajo el Covid-19  ( la presumida  omnipotencia de los mandatarios en México los hace que carguen hasta con los efectos de lo impredecible), fiel a su estilo,  dobla la apuesta en términos ya francamente suicidas: desafía al futuro que va por la utilización de las modernas  energías limpias y renovables a favor del medio ambiente, optando  por el consumo contaminante  del carbón y  del  combustóleo como materia prima para producir la esencial  corriente eléctrica.

La reciente publicación de dos decretos mediante los cuales cancela  –suspende, se dice en el segundo de ellos–  los contratos con empresas privadas nacionales y extranjeras de suministro de energía eólica y solar a la red eléctrica del país, privilegiando la que produce en sus contaminantes plantas  la  paraestatal  Comisión Federal de Electricidad, dan cuenta de ello.

Esta decisión, desde luego, es acorde con la decisión del Presidente de aumentar la producción de petróleo en México  –y, en consecuencia su utilización actual y  futura–   suponiendo que todavía falta mucho para que la era del oro negro llegue a su fin y sea reemplazada por las energías limpias de contaminantes, y se trataría de postergar lo más posible  –con los decretos referidos–  su utilización ( al grado de decirse que “también” las gigantescas hélices y los paneles solares contaminan visualmente el ambiente, en una imposible comparación).

Lo anterior, desde luego, va a contracorriente de la política energética mundial, pero es “acorde” con el concepto del siglo pasado en México  de que el petróleo es la “palanca del desarrollo del país”,  una expresión utilizada por el mandatario desde hace varios años y cardinal durante su  campaña y el gobierno actual.

En pocas palabras:  en México se seguirá utilizando el petróleo  por sobre otras fuentes limpias de energía ( a las cuales se les negará el mercado), porque es con lo que el  estado cuenta ahora para producir electricidad; así como se insistirá en la mayor extracción y  exportación del crudo para procurar divisas, y en la construcción de refinerías para producir más gasolina en el país.

Todo lo anterior se basa en que al petróleo le queda suficiente vida (sobre todo si se extiende artificialmente su consumo evitando otras fuentes de energía, aun siendo más redituables  y más  amables con  el medio ambiente).

Desde luego que las empresas eólicas y de producción solar en México  –como también las organizaciones y los países ambientalistas del mundo–  están protestando por la anterior decisión, y  le traerá a México sanciones internacionales y el cobro  de indemnizaciones multimillonarias  por la violación de los contratos con aquellas.  Pero el mal mayor vendrá si, como todo lo apunta, dentro de poco  –hágase lo que se haga–  el petróleo –y sus derivados–   dejará  de ser el rey de los energéticos. Un ejemplo actual: la prohibición de utilizar bolsas de polietileno (que se fabrican a partir del petróleo) es ya una realidad, y así irá ocurriendo en el futuro próximo  con otros productos de origen fósil.    

En su campaña por la presidencia el 2018, el candidato del PAN, Ricardo Anaya (a quien se le extraña en política) presentaba una diapositiva de la calle principal de Nueva York de finales del siglo XIX, llenas de carruajes tirados por caballos; y, enseguida,  otra tomada apenas 10 años después donde los automóviles “tirados” por  gasolina  habían desplazado a los carruajes casi por completo. Con ello, Anaya advertía que esa disrupción se presentaría nuevamente  en los siguientes años en el mundo  sustituyéndose la gasolina  por las energías limpias.

 Pero, por lo visto, López Obrador hará una isla en México donde el pasado siga  presente.

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