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El trabajo sexual durante la COVID-19 en Tanzania

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Redacción 

SemMéxico/ONU SIDA. 26 de agosto de 2020.- «Desde que empezó la pandemia de la COVID-19, ha sido dificilísimo tener clientes», afirma Teddy Francis John, trabajadora sexual de Zanzíbar. La COVID-19 ha hecho que lleve meses teniendo graves problemas para llevar ingresos a casa con los que sobrevivir ella y sus dos hijos.

«Todo se ha vuelto muy complicado y tuve que abrir un pequeño negocio dedicado a la venta de alcohol, una especie de cervecería local», explica. La tienda le permite conocer a posibles nuevos clientes, ya que los hombres acuden a ella para buscar su bebida y hay menos vigilancia respecto a las normas de distanciamiento social.

La Sra. John solía vivir y trabajar en la misma ciudad de Zanzíbar, pero, para ganar más y no tener que pagar alquiler, decidió mudarse a una zona más rural. Dice que allí le resulta más sencillo encontrar clientes que vayan a su local.

Rehema Peter se encuentra en una situación similar, pero ella está justo al otro lado del océano, en la Tanzania continental. Vive en un área muy masificada de Temeke en Dar es Salam. Es trabajadora sexual y colabora como voluntaria con las personas que viven con el VIH y aquellas que consumen drogas.

Sus clientes eran personas habituales que solían ir a su casa y hombres ya de confianza a cuyo domicilio se desplazaba ella. Pero, nada más surgir el brote de la COVID-19, el trabajo se detuvo. Los clientes dejaron de llamarla.

«La enfermedad del coronavirus ha hecho que mi vida sea ahora muy difícil. Cobraba muy poco, y con la COVID-19 la situación ha empeorado aún más. Mis clientes dejaron de venir y de llamarme. A los poquísimos que solían venir a menudo los llamé yo misma, pero me dijeron que no tenían dinero debido a la crisis de la COVID-19. Algunos habían hasta perdido su empleo.

Como asesora de iguales, le propusieron menos turnos de trabajo, lo que se tradujo en menos ingresos. Puesto que ella misma había sido consumidora de drogas, empezó a recibir ayuda por parte de la Red de Tanzania dedicada a las personas que consumen drogas (TaNPUD, por sus siglas en inglés), la cual ha contado con el apoyo de ONUSIDA para distribuir alimentos y productos de higiene entre las personas consumidoras de drogas y las que están en recuperación.

«Intento estar tranquila y buscar otras fuentes de ingresos. Estoy buscando otras organizaciones que puedan apoyarme de alguna manera. También estoy tratando de poner en práctica lo que aprendí en TaNPUD, y estoy haciendo jabón y aceite para venderlos».

Servicios continuados

Tanto la Sra. Peter como la Sra. John están viviendo con el VIH y están en tratamiento. Gracias a la enorme implicación de ONUSIDA y de otros socios del Gobierno de Tanzania, en el país apenas se han interrumpido los servicios del VIH. Y eso es algo que ambas mujeres valoran sobremanera.

«Durante todo este tiempo, ha sido muy complejo recibir asistencia médica en instalaciones sanitarias públicas. Había que ir a un hospital privado, y para ello hay que tener dinero. Sin embargo, no hemos tenido ningún problema con los servicios relacionados con el VIH, incluyéndose aquí la dispensación del tratamiento», recalca la Sra. John.

La Sra. Peter cuenta que recibe la dispensación multimensual para tres meses de su tratamiento antirretrovírico (y podría ser de hasta seis meses), ya que el personal sanitario prefiere evitar las aglomeraciones en las clínicas. Y esta es una medida que ha ayudado a las dos mujeres a adherirse al tratamiento.

Mayor estigma

Tanto la Sra. Peter como la Sra. John han sido víctimas de un mayor estigma y se han visto estos meses más excluidas socialmente por ser trabajadoras sexuales y vivir con el VIH.

«Hay gente que sabe que vivo con el VIH, y se burla de mí. Me dicen cruelmente: “Prepárate para morirte. La gente como tú nunca se cura. Prepárate ya para el final del viaje”», cuenta la Sra. Peter. Ha experimentado la discriminación dentro de su propia comunidad, pero su familia se mantiene fiel a su lado.

La Sra. John también ha tenido que aguantar comentarios y burlas por su trabajo.

«La gente procedente de otras comunidades se empezó a burlar tanto de mí como de otras compañeras. Cuchicheaban y hablaban de cómo me ganaría la vida ahora que no iba a haber clientes por la COVID-19», relata Francis John.

A pesar de que el brote de la COVID-19 se considera ya superado en Tanzania y aunque estas y otras mujeres no han dejado de esforzarse por encontrar otro modo de ganarse la vida, lo cierto es que para la Sra. John y la Sra. Peter sigue siendo difícil salir adelante, debido a la normativa relativa al distanciamiento social.

«Desde que empezó todo esto nos es muy difícil prestar nuestros servicios, y ello nos está haciendo mucho daño económicamente. Sé que la COVID-19 ha azotado a todo el mundo, pero pienso que las trabajadoras sexuales hemos sido mucho más perjudicadas dada la naturaleza de nuestros servicios, pues implican mucha proximidad», señala la Sra. John.

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