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Mutando, ¿pero hacia dónde?

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Desobediencia

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, Oaxaca, Oax. 11 de enero 2021.- “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta no lo sé” (Agustín de Hipona. Las Confesiones, XI, c.14, 17)

El inefable tiempo. Del futuro, sólo podemos atisbar sus causas, o algunos signos desde lo presente. El futuro no es predecible, sino imaginable.

¿Qué tiempo atravesamos? No sé ustedes, pero yo me siento errante en la imposibilidad de hacer abstracción del tiempo presente y saber narrármelo. 

Me adherí al espíritu navideño, no por fe, sino por necesidad del ciclo convencional que me marque el paso del tiempo y me administre el sinsentido de hoy.  Pero en el tránsito del 2020 al 2021, no puedo ver ni siquiera el día a día; el pesar por la mortandad que nos rodea no me deja vigor para el impulso, ni la iniciativa. Siempre se está al pendiente de alguien con cercanía, en trance de contagio. Se reciben noticias de fatalidades y tragedias familiares. Las redes sociales convertidas en obituarios, porque además no se tiene otro medio de expresar el duelo.    

Este tránsito de año no da lugar al propósito, es un tiempo de esperar a sobrevivir; un tiempo despojado de presente. Nunca tan vulnerables y sólo con incertidumbre. La supremacía de la especie humana derrotada por su fragilidad ante un enemigo invisible y feroz. Vacuna o no vacuna, el poder no lo tiene más la humanidad, sino un virus microscópico. Habríamos de hacer votos de humildad para caminar hacia cualquier sentido. Se acabó.

El acontecimiento de la pandemia nos marca un antes y un después que no puede ser un retorno. El sistema mundo se ha topado consigo mismo y se ha trastocado la vida toda en todos sus ámbitos y en todos sus quehaceres. Nada podrá ser igual que antes, se ha caído el telón del teatro de la pirámide; la igualdad llegó sembrando muerte en todas direcciones. Se ha terminado una ilusión.

Pero la mutación se precipita incierta. ¿Hacia dónde estamos mutando?

Los síndromes de este fin de época, los encontramos en la hegemonía del neoliberalismo financiero; la fantasiosa igualdad en el consumo enfermizo y su inalcanzable satisfacción; en la voracidad  de las industrias extractivas que destruyen los ciclos ecológicos justificadas en la patología de la rentabilidad; el egoísmo revestido de derecho ético; en el pernicioso e invasivo data poder que se apodera de los sujetos y los satura de información, que no de conocimiento, -nunca  antes se había ignorado tanto. Y la mayor perversión de todas, en su pensamiento único: la democracia al modo de Occidente que ha consistido en la incolmable compulsión consumista que se reproduce infinitamente alentada ahora por medio de la información personal e íntima que publicamos en las redes. Era pornográfica, exceso de exposición.

El lazo social ha venido a derivar en el común denominador de ser consumidores, antes que ciudadanas/ciudadanos y que incluso personas.  El mercado nos ha habilitado como nuestro propio punto de venta; mi “desarrollo personal” consiste en mi propia estrategia de marketing.

Este es el contexto desde donde vamos mutando. ¿Hacia dónde no movemos en esta inamovilidad que queremos pensar coyuntural?  ¿Qué nos sacude? Sin duda, la proximidad de todes a la muerte, esta vulnerabilidad extrema. Pero la humildad a la que nos convoca la crisis nos desafía a un cambio del eje de nuestras significaciones, propiamente dicho a deconstruirnos.

El ethos comunitario se nos diluye por las redes, siguiendo al surcoreano en boga, Byung-Chul Han, de la sociedad de masas hemos pasado a la sociedad de enjambre digital, que se caracteriza por la desaparición del rostro del otro, acentuada hoy por el uso de cubrebocas. Humanidad de rostro oculto.

A pesar de que la crisis de la pandemia está por cumplir un año, la brutalidad del golpe no la hemos asimilado, menos aún arrojados a la profusión de información inocua, tergiversada que oculta lo que hay que ver y saber y que consumimos ávidamente.

El apremiante deslizamiento digital sobre teclas y pantallas, con el que manipulamos nuestros artefactos de la comunicación nos lleva sin pausa y con prisa a saber nada y comprender poco. Hagamos pausa, es necesario detenerse y reaprender a contemplar, a observar. Cuando no hay demora, no puede haber reflexión ni tampoco trascendencia. Hay que preguntarnos cómo descubrir el rostro del otro en estas condiciones inhóspitas. Bajo la perspectiva del psicoanálisis, recordemos que las revelaciones las encontramos en la risa, en el lapsus, en el detalle, en el intersticio más inapreciable. La inamovilidad, no nos ha detenido aún, sino que nos arrojó contrario sensu a la prisa y la exclusividad digital.

La única manera de la diferenciación, –ese espejismo capitalista- la encontramos en lo que el otro nos devuelve; ahí nuestra singularidad. En la adicción digital, lo “diferente” se mercantiliza, y pierde originalidad. La biopolítica de Foucault pasa de moda, lo de hoy es el psico poder que se juega en la psiquis de los sujetos bajo el lema de “no eres, estaría bien que fueras”. Somos sujetos del rendimiento; no necesitamos explotadores, nos autoexplotamos y nos dejamos dominar por el miedo y las ansiedades, y por si hiciera falta, bajo la vigilancia mutua digitalizada.  Esta agitación no genera comunidad, es una acumulación de egos que produce stress, obesidad, depresión, hiperactividad, angustia y violencia

Agoniza el Eros, no hay rostro amado, puras presencias sin esencias. Es hora de apostar, leamos con demora el tiempo que vivimos. En el hacer por hacer, no somos ni hacemos mundo.  

Detenerse y descubrir.

Zaachila, 11 de enero de 2021

https://www.facebook.com/OlimpiaFloresMirabilia

@euphrasina (gusto por la elocuencia)

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