Botella al MarCOLUMNASMartha Canseco

El elefante y la hormiguita

120 Vistas

Botella al Mar

Martha Canseco González.

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 5 de abril, 2021.- El crimen mortal cometido contra Victoria Esperanza Salazar la mujer de origen salvadoreño residente en Tulum, Quintana Roo, tiene por supuesto un obvio y enorme componente de género.

¿Qué es? y para ¿quiénes aplica esta falta administrativa denominada “alteración del orden público”? No es para todo el mundo, por cierto. Es sobre todo para las mujeres en este país. No es para la manada de spring breakers argentinos que hacen de las suyas en esa misma playa donde fue asesinada Victoria. No es para los agresores sexuales y secuestradores de mujeres que como depredadores andan por las calles, no solo de ese destino turístico, sino en todo México.

Tampoco para aquellos que se embriagan en la vía pública y con el menor pretexto sacan las armas de fuego, esos se ponen de acuerdo con los policías.

En este sistema patriarcal para las mujeres, alterar el orden público es no dejarse cobrar de más, no dejarse violentar, no permitir el abuso, reclamar sus derechos humanos, exigir justicia y que pare la violencia de género. Cuando hacemos eso, estamos alterando el orden público patriarcal que nos exige ante todo silencio y sumisión.

¿Cuántas de ustedes estimadas lectoras han sido sacadas de algún lugar o denunciadas ante la autoridad por defender sus derechos humanos?  Yo por supuesto en más de una ocasión he salido escoltada de algún sitio por policías acusada de alterar el orden público.

Una de las más surrealistas me ocurrió hace años en Morelia, Michoacán. Carmen y yo llegamos por la noche, así que a la mañana siguiente estábamos desayunando a las doce del mediodía. Las calles ya estaban semi vacías porque se estaba desarrollando un mundial de futbol, jugaba México contra Argentina. Decidimos meternos a un bar a tomar una cerveza y mirar el partido. Luego de un buen rato de estar ahí, notamos que nuestras vecinas de mesa, 5 mujeres jóvenes estaban inquietas, hacían cuentas. Otra mujer sentada en la barra y muy cerca de nosotras, nos comentó que el consumo mínimo ese día era de 600 pesos, pero que su pareja y ella sólo habían pagado lo que consumieron, nos dejó su nota de pago. ¡No se dejen! Nos dijo antes de abandonar el bar junto con el hombre que la acompañaba.

Algunos minutos después pedimos la cuenta, ¡600 pesos por dos cervezas!, llamé al mesero, -Oiga, esta cuenta está mal, dos cervezas cuestan 80 pesos-, -pero es que el consumo mínimo el día de hoy es de 600 pesos-, -pero no consumimos eso, no nos pueden obligar a beber más de lo que podemos beber ni a comer más de lo que podemos comer- insistí, – ¡pero tienen que pagar! -, – ¡Claro que sí, pero lo que consumimos! –

El mesero fue por el gerente un hombre alto y robusto, – ¡Tienen que pagar la cuenta- afirmó! – ¡Yo quiero pagar la cuenta, lo que consumí! Volví a insistir. En eso estábamos cuando llegaron 6 policías al bar, tres hombres y tres mujeres, el mesero llamó a seguridad pública.

-Pues aquí las señoritas que no quieren pagar la cuenta-, reiteró, – ¡Que sí queremos pagar! – insistí, pero no esta cuenta que está inflada, miren, una pareja que acaba de irse y que estuvo sentada en la barra pagó sólo lo que consumieron, aquí está el comprobante. Ante la evidencia, el gerente ya no pudo insistir, los policías calladitos, nuestras vecinas con la boca abierta. Finalmente, el administrador del bar dijo, -saben ¿qué?, ¡váyanse!, no es nada, -pero yo quiero pagar- le dije tentando a la suerte, ¿está usted seguro que no es nada? -, – ¡Sí, váyanse!

Salimos del bar con tres policías de cada lado, cuando llegamos a la calle, simplemente nos dejaron ir, no habíamos cometido ninguna falta y mucho menos un delito. La verdad nos pudo haber ido peor.

Por eso me indigna tanto lo que pasó con Victoria Esperanza. ¡No hizo nada! Queriendo justificar lo injustificable alguien subió un video donde se le ve al interior de la tienda de conveniencia, que por cierto no tienen nada de convenientes porque son carísimas. ¿Por balancear un garrafón de agua merecía la muerte?, ¿por tratar de abrazar a los empleados del lugar merecía lo que le hicieron? La respuesta obvia es ¡no!

Según la ley alterar el orden público es poner en riesgo el patrimonio, vida, o seguridad de la ciudadanía, ella no hizo nada de eso.

Por eso, va mucho más allá de la falta de capacitación en género a soldados y policías, (yo añadiría aquí también a los empleados de la tienda), tiene que ver más bien con el ejercicio del pequeño poder, que en este caso resultó criminal.

No se si tengan contacto con alguien de las fuerzas armadas o policiacas, yo en algún momento lo tuve. Lo cierto es que como parte de su adiestramiento se enaltece de tal manera su labor, que llegan a sentir desprecio por todas y todos los civiles. Por eso urge implantar el componente de derechos humanos en su instrucción, porque son generalmente adiestrados en el abuso del poder.

Hace muchos años le escuché a mi querida amiga Tania Meza Escorza en una conferencia, explicar el abuso del poder patriarcal. Decía que es como cuando un elefante se encuentra en el camino con una hormiguita, es ahí donde el elefante decide si pisa o no a la hormiguita.

Eso fue lo que ocurrió el pasado sábado 27 de marzo, ¡cuatro elefantes decidieron pisar a una hormiguita!

botellalmar2017@gmail.com

Comment here

Accesibilidad