COLUMNASFlorencio Salazar Adame

¿A quiénes elegir?

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Debemos cuidarnos de toda clase de trampas.

Giovanni Sartori.

Florencio Salazar

SemMéxico. Chilpancingo, Guerrero.  06 de abril 2021.- El Gran Diccionario de la Lengua Española Larousse, entre otras definiciones, señala a la democracia como “Régimen político en que el pueblo participa en el gobierno de un país, mediante la elección de sus representantes. Doctrina política que defiende esta participación: democracia y dictadura son sistemas opuestos.

Estado gobernador con un sistema democrático: es la época de las democracias europeas. Democracia representativa: sistema en el que el pueblo ejerce su poder a través de órganos representantes”.

No abordaré las reflexiones aristotélicas ni las significativas aportaciones de politólogos como Giovanni Sartori sobre la democracia, quien en su clásico Qué es la democracia hace una revisión del término democracia en lo ideológico, político, de ciencia política. Es posible que la palabra democracia y su rico significado, como ocurre con la moneda corriente, de tanto usarse –por demócratas y por quienes no lo son– haya perdido su brillo.

Las elecciones son el corazón de la vida democrática. El corazón es el órgano vital, pero hay otros órganos y signos sin los cuales dejaría de palpitar. Es el caso de los partidos políticos, las instituciones electorales, las reglas de participación con sus atributos esenciales: inclusión, tolerancia, pluralidad, programas de gobierno, padrón electoral, credencialización ciudadana y marco jurídico, entre otros.

Abraham Lincoln, el 19 de septiembre de 1863, en breve discurso de Gettysburg, definió a la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Es el gobierno del pueblo porque, a través del sistema representativo, el pueblo manda y los gobernantes son mandatarios, obedecen; por el pueblo, porque el pueblo elige; y para el pueblo porque es para favorecer su bienestar general.

Son claros los fines y la esencia de la democracia. Aparentemente, la democracia es un río de aguas cristalinas siendo lo contrario: es de aguas turbulentas. La turbulencia democrática es provocada por los intereses facciosos de las cúpulas partidarias, por la tendencia del poder a influir en el proceso electoral, por la enfermedad del asambleísmo y el impulso al populismo a través de la manipulación de masas que deciden sin responsabilidad, pero legitiman políticas autoritarias.

Si se conocen las enfermedades que atacan la vida democrática ¿por qué se permite su existencia? Por dos principios básicos de la democracia: la pluralidad y la tolerancia. La pluralidad hace posible que toda organización política y social tenga derecho a participar en los procesos electorales; y la tolerancia para admitir aun aquellos que participan en la democracia con el propósito de acabar con ella.

La democracia necesita de protección tanto del Estado como de la sociedad. El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (el Partido Nazi), por su comportamiento criminal fue declarado ilegal por las potencias aliadas en la II Guerra Mundial, en el Acuerdo suscrito el 20 de septiembre de 1945. Su participación en la democracia sería –como ocurrió con Hitler– para llegar al poder y después destruirla. El Código Penal alemán condena “la exaltación del nazismo como incitación al odio racial” y quienes incurran en esa práctica pueden ser condenados a tres años de privación de la libertad. En este caso, se incurre en el sistema de los opuestos: la democracia es y debe ser intolerante con los violentos.

Otro caso, cercano a nosotros, es el venezolano. El coronel Hugo Chávez intentó un golpe de Estado en 1992 contra el Presidente Carlos Andrés Pérez, por lo cual resultó preso. Al año siguiente el nuevo Presidente Rafael Caldera lo indultó en los hechos. En 1999 Hugo Chávez fue electo Presidente de Venezuela. Reformó la Constitución, disolvió la Corte de Justicia y la Asamblea Legislativa, se entronizó en un poder autoritario hasta que falleció de cáncer. Estuvo 14 años en el poder. Moribundo, designó sucesor a Nicolás Maduro, que lleva nueve años de Presidente.

Para tener una idea de cómo el chavismo ha destrozado Venezuela en sus 23 años de poder basten los siguientes datos: Cuando llegó Hugo Chávez al poder el bolívar –unidad monetaria– se cotizaba en 577 por cada dólar. Actualmente, cada dólar vale un millón novecientos ochenta y cuatro mil bolívares (en números redondos), aunque en el mercado paralelo un dólar se cotiza en más de dos millones doscientos treinta mil bolívares. Los datos anteriores pueden corroborarse en CNN Español del 3 de mayo de 2019 y en el portal Dólar Today, consultado el 4 de abril de 2021.

¿Qué significa esa escandalosa devaluación? Carestía, falta de productos de primera necesidad y de servicios de salud, desempleo, caída de la producción petrolera, corrupción, déficit fiscal, falta de inversión pública y privada, inflación, devaluación, migración. En síntesis, hambre, pobreza extrema. No obstante, para quienes no creen en la democracia el chavista es un modelo para armar: participación democrática, triunfo electoral, asunción al poder, polarización política descalificando a los adversarios como enemigos de la Patria, apoyo popular a través de apoyos económicos y mantenimiento en el poder a través de procesos democráticos simulados. Al final, destrucción de las instituciones democráticas, pérdida de libertades y pobreza.

Las preguntas que se deben contestar los ciudadanos deberían ser: ¿A quiénes elegir y por qué y para qué? ¿qué representan los candidatos por sus antecedentes y resultados? ¿qué se puede esperar de ellos? ¿Conviene entregar el poder a un solo partido o establecer equilibrios que eviten la concentración excesiva del poder público? El elector tiene la decisión sobre cómo puede ser el futuro inmediato.

La democracia es medio y fin, pero sin la participación responsable del ciudadano, las elecciones pueden acabar con ella. Los ejemplos son elocuentes.

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