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Un futuro feminista, es posible

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  • “El primer mes de estar ahí tuve la fortuna de conocer a Lupe, una chola Aymara, feminista comunitaria, que colaboraba con el colectivo Mujeres Creando. ¡Qué maravilla! Sin saberlo, comenzó mi deconstrucción y empecé a plantearme cuestiones que hasta el momento jamás se me habían pasado por la cabeza”

Por María Goikoetxea

SemMéxico/AmecoPress/Arainfo. Madrid, España. 07 de abril 2021.- En febrero del 2011, yo acababa de volver de un viaje que sin duda marcaría mi vida, regresaba de Bolivia, donde había estado trabajando en un hogar de niños y niñas de la calle. Una de mis funciones allí era proporcionar educación sexual a un grupo de jóvenes, de entre 14 y 17 años. A esas alturas no participaba en ningún espacio político, pero mi ideología se había ido desarrollando durante la adolescencia, al calor de valores asociados a una cultura política de izquierdas donde se incluía el reconocimiento de la diferencia y la justicia social. Como referencia de mi adolescencia: la gran manifestación en contra de la guerra de Irak.

Esta trayectoria vital hizo que aterrizara en Santa Cruz de la Sierra, joven, con muchas ganas de aportar un granito de arena y con muchas herramientas (o eso creía) gracias a unos valores que marcaban mi hacer cotidiano. Herramientas políticas que enseguida sentí como insuficientes ante la complejidad del contexto, que poco o nada tenía que ver con la mirada occidental. El primer mes de estar ahí tuve la fortuna de conocer a Lupe, una chola Aymara, feminista comunitaria, que colaboraba con el colectivo Mujeres Creando. ¡Qué maravilla! Sin saberlo, comenzó mi deconstrucción y empecé a plantearme cuestiones que hasta el momento jamás se me habían pasado por la cabeza.

Volví a España diferente de como me marché. Si mi entorno era un puzle y yo una ficha del mismo, mis aristas se habían erosionado y no lograba encajar en el mismo espacio que había dejado. Me fui interesando cada vez más por la actualidad política y progresivamente me fui empapando de una sensación de injusticia, de sinrazón, de una enorme desafección con la clase política, con el sistema y con el futuro que empezábamos a vislumbrar. Un futuro resquebrajado, sin opciones de desarrollo en nuestro país, que nos obligaba a la “generación más preparada” a emigrar y, con suerte, encontrar alternativas fuera o asumir trabajos en condiciones de precariedad en España. Mientras tanto, podíamos identificarnos en el dolor que generaban los discursos referidos a una generación como “la generación perdida” mientras, a su vez, focalizaban parte de los problemas en la misma, asumiendo un supuesto desinterés por el mundo que nos rodeaba a la juventud.

Lo cierto es que ese desinterés era una profunda apatía: Sí que estábamos politizadas. Sin embargo, no nos representaba el sistema político salido de los pactos de la transición. Un proceso que ni vivimos, ni votamos y del que nada podía cuestionarse sin parecer una antidemócrata. Un sistema político que debíamos aceptar junto a las medidas de austeridad iniciadas por el PSOE y reproducidas y agravadas por el PP.

¿Debíamos generacionalmente asumir la injusticia de los mensajes criminalizadores de las élites políticas y mediáticas mientras se aplicaban impunemente las recetas de La Troika, guiadas por un neoliberalismo que había empapado las políticas del bipartidismo español? No. No estábamos de acuerdo.

Bankia, la burbuja inmobiliaria, los desahucios, la reforma laboral, privatizaciones, las “leyes mordaza” y que el propio presidente no supiera lo que costaba una café eran cuestiones que generaban rabia, frustración y un enorme sentimiento de indignación. Este era el caldo de cultivo perfecto para que toda una generación nos sintiéramos interpeladas a formar parte de la solución, demostrando que había otra forma de hacer las cosas.

Se popularizaron numerosas formas de protesta ciudadana, herederas de los nuevos movimientos sociales de los años sesenta, como las asambleas, las sentadas, las acampadas… y se llevaron a cabo acciones simbólicas de calado como el “rodea el congreso”. Comencé a identificarme con un análisis certero que señalaba a los culpables de la crisis, que ponía palabras, relato, a una historia desconocida, jamás estudiada, como los años de la transición y la consolidación de la democracia parlamentaria desde una perspectiva crítica.

A pesar de que mi experiencia en el 15M fue más bien un despertar, aprender, colaborar, escuchar, tejer y continuar, entendí en carnes propias lo que es poner el cuerpo, cuando la policía cargaba desalojando los espacios que habíamos ocupado de forma colectiva para gritar de forma unánime: “ no nos representan” con las manos en alto.

En estas formas de organización y protesta, alejadas de lo que algunas habíamos vivido hasta el momento, se vislumbraba una forma más respetuosa de relacionarse, formas de estar en el mundo muy ligadas al feminismo. Poner la vida en el centro significaba que los cuerpos políticos no formaban parte de una regulación ajena sino que a la máxima de «no nos representan” se unía la autodeterminación del propio ser y existir, bajo la forma de nacer en un cuerpo de mujer con atribuciones sociales de categoría inferior en derechos.

El sujeto político sobre el que construir un futuro se amarraba y crecía de la mano de una manera diferente de articular un proyecto político con capacidad transformadora lejos de personalismos y más allá de cúpulas dirigentes. En aquellos momentos hablábamos de la percepción inmediata de los cambios y de la gestión directa de nuestras vidas. Lo imaginaron espíritus libres y lo expresó Emma Goldman en la famosa frase, «si no puedo bailar no me interesa tu revolución».

Esa toma de posición significó un paso firme para que la alegría, el bienestar, los cuidados y el diálogo constructivo con regulación de los tiempos y corrección de abusos, respetando la diversidad de sujetos, fuese una práctica política a poner en marcha. Entre la juventud que vivimos el 15M, el feminismo empezó a convertirse en hegemónico antes del tsunami de 2018.

Para muchas de nosotras participar de un modo u otro en las marchas por la dignidad, las mareas y las diferentes movilizaciones emanadas del 15M supuso un vector de politización indiscutible. Como explica la investigadora feminista Sara Ahmed, las emociones no son exclusivamente un aspecto psicológico sino que también se enmarcan dentro de lo social. En el caso de nuestra generación, de la experiencia crítica adquirida a partir de la pauperización de la vida y del cuestionamiento del sistema político, emergió una creatividad y una ilusión sin precedentes.

La indignación provocó la capacidad de nombrar el dolor, de revisar el mismo, lo que también incluyó la posibilidad de pensar en un mundo diferente. Una emocionalidad que siempre llevaremos con nosotras y que nos permite pensar un futuro en forma de alternativa al presente.

Cada vez empezó a ser más habitual que el feminismo se colase en los debates y la agenda pública, en las redes sociales y éstas fueron fundamentales en la formación de las generaciones más jóvenes, en el acceso a contenidos feministas de forma integrada y en la expansión de los mismos.

Las movilizaciones del 2014 por los derechos sexuales y reproductivos y en contra de la reforma de la ley del aborto acabaron con el entonces ministro de justicia Gallardón y fueron un éxito rotundo de todas las mujeres, demostrando una vez más que juntas somos imparables.

El 7 de noviembre de 2015 teñimos de morado las calles en contra de las violencias machistas. Casos como el de la manada en julio de 2016 y el debate sobre si la víctima se había o no resistido, aumentaron la llama feminista que hacía tiempo estaba encendida.

A finales de 2017, los primeros relatos evidenciando agresiones sexuales por parte del productor de cine Harvey Weinstein eran solo el preludio de un grito global en contra de la violencia sexual. Las movilizaciones de las feministas polacas, las argentinas y las marchas de mujeres en contra de Trump o Bolsonaro evidenciaron un movimiento internacional, intergeneracional y antifascista.

Podemos decir que entre 2012 y 2018 el feminismo ha conseguido tener la hegemonía social gracias a la cual ha ido arrebatando el campo del lenguaje y del “sentido común” al pensamiento reaccionario. Se fueron configurando y fortaleciendo los encuentros y asambleas feministas, donde mujeres muy jóvenes se veían reconocidas en el movimiento y mujeres que acumulaban diversas experiencias las aportaban a lo común. Vivimos así una unión sin precedentes de mujeres atravesadas por múltiples opresiones y que encontraron en el movimiento feminista un espacio seguro, de alianzas. Un espacio integrador y cuidador. Este es uno de los grandes éxitos del movimiento feminista.

A su vez, esta amalgama intergeneracional que es el feminismo como movimiento social en la actualidad ha incorporado a una juventud plural que no recuerda otra vida que no sea la del futuro en blanco y negro, bajo el manto de la precariedad, la austeridad y la represión. Son aquellas que, en su niñez, vieron como sus hermanas, primas o vecinas acampaban en las plazas reclamando un futuro mejor. Estas generaciones jóvenes -en su forma organizativa y política de cuidados- logran hoy mantener con su forma de relacionarse algunas esencias de las formas de protesta y políticas de cuidados del 15M. Y han incorporado, a su vez y de manera consciente, un análisis transversal que aúna el feminismo y la Política con mayúsculas. Además pone en el centro un pensamiento holístico, que aspira a cambiarlo todo, propone una transformación social integral, alternativas globales para la construcción de sociedades más democráticas, basadas en la redistribución y la justicia social.

Este tsunami feminista que eclosionaría en la huelga feminista del 2018 destaca por la capacidad para llegar a acuerdos entre mujeres de procedencias muy diversas, algunas formábamos parte de partidos políticos (en ese momento, yo era la responsable de feminismos en Podemos Zaragoza y convivía en las asambleas con compañeras de otras formaciones políticas, organizaciones sindicales, vecinales) y para otras, todavía sin politizar, el 8M actúo como acercamiento a la política. Destaca también la incorporación de una mirada feminista en la política que se traduce en la capacidad para tejer alianzas con otros movimientos como por ejemplo los colectivos en defensa de la vivienda o colectivos antirracistas.

Gracias a la huelga feminista de 2018, el grito ensordecedor de millones de mujeres paró el mundo, un grito que decía basta, aquí estamos y este es nuestro hartazgo frente a todas las opresiones y violencias que vivimos por el hecho de ser mujeres. Los cimientos del patriarcado se retorcían y con ellos sus emisarios negacionistas viendo peligrar sus privilegios.

Durante los últimos años se ha abierto un camino enorme de esperanza y posibilidades, demostrando que existen alternativas, hemos ganado el relato y eso es observable cuando se plantea una igualdad en exclusividad, sin rostro, sin tener en cuenta la interseccionalidad y nos parece un discurso pobre y limitante. La inclusión del feminismo en partidos políticos y medios de comunicación, el llamado feminismo mainstream ha ensanchado la base social del movimiento y esto también conlleva riesgos, como que el propio capital se aproveche de esta hegemonía, sacando beneficios económicos con la utilización de un mensaje vaciado de su significado (con la venta de camisetas, por ejemplo, con eslóganes feministas mientras precariza el empleo en aquellos lugares donde se fabrican y en donde la mayoría de estos trabajos, en este caso en el sector textil, son ocupados por mujeres de la “periferia”). Por esto, es imprescindible que seamos capaces de transmitir la inseparable relación entre feminismo y justicia social y a su vez, encontrar alternativas discursivas a los envites del neoliberalismo cultural.

Tanto las que nos acercamos a la política a través del 15M como las que lo hacen a través del 8M compartimos una experiencia vital como juventud precarizada y concienciada, lo que nos hace tener un capital emocional común, capaz de trazar alternativas y seguir imaginando otros mundos posibles en donde la calidad de un sistema se mida en la capacidad de poner la vida en el centro.

Hoy, desde un espacio diferente, institucional, desde la dirección del Instituto Aragonés de las Mujeres, mantengo las ganas intactas por aportar en la construcción de otro modelo de sociedad. Nos encontramos con enormes dificultades y contradicciones. De un lado, estructuras rígidas con grandes resistencias al cambio, intereses partidistas, la disputa por la llamada hegemonía del feminismo institucional, un gobierno cuatripartito que abarca un amplio espectro ideológico… y, del otro, las contradicciones propias de alguien con una trayectoria como la mía. No es fácil, pero nadie dijo que lo fuera.

Son imprescindibles los puentes para no perder el norte, la alianza con mujeres en otros espacios para no olvidar lo realmente importante, no dejarse llevar por la inercia de una administración todavía poco adaptada a los tiempos que vivimos.

Lo mejor, la enorme red de mujeres que hacen que avancemos juntas, y por su puesto sabernos herederas de todas aquellas que rechazaron el modelo de mujer impuesto y trabajaron por una sociedad más justa.

«Lo que nuestras madres plantaron, nosotras lo cosechamos. Plantaron libertades, sueños, desmanes, quejas, lo nuevo, lo por venir. Les dijeron que no crecería pero plantaron. Las llamaron locas pero plantaron. Y como lo plantado tenía fuerte raíz (por lo que también las llamaron radicales), todo llegó a nosotras, la cosecha de nuestras madres» (Horas y Horas, la Editorial feminista).

Con el firme convencimiento de que juntas, pensaremos y construiremos otras realidades posibles, este texto ha sido reflexionado y elaborado por diferentes mujeres a las que admiro y nos une algo más que una generación, la creencia de que un futuro feminista, es posible.

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