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Las mujeres no necesitan que las autoridades especulen sobre su calidad de victimas.

Justicia para las mujeres, una cuestión psicológica

Yaneth Tamayo

SemMéxico. 24 de abril 2019.- El entorno histórico, social, cultural y jurídico del país es un factor determinante que interviene de forma impactante en la administración de justicia, más cuando se trata de asuntos en los que las mujeres son víctimas de la violencia misógina, en donde al victimario en ocasiones -no tan evidentes- se le considera como un sujeto pasivo que se ve forzado a despertar sus instintos lascivos ante las provocaciones de las mujeres.

Es preciso aclarar que cuando indico -no tan evidentes- me refiero a los casos en que las víctimas no muestran lesiones físicas de gran impacto para los administradores de justicia y que solo pueden ser acreditadas a través de periciales psicológicas.

Aclarado lo anterior, me atrevo a decir que tal argumento es usado por algunas autoridades encargadas de la administración de justicia cuando al tratar de justificar los hechos denunciados  por las mujeres, estas son culpadas y estigmatizadas, negándoles con ello el acceso a la justicia y convirtiéndolas en personas manipuladoras incapaces de sentir sufrimiento alguno.

Quizás mis palabras puedan interpretarse de forma drástica, sin embargo algunas mujeres que han pasado por contextos violentos y que han compartido sus experiencias, han coincidido en que  al momento de acudir a las Fiscalías o a los Organismos no jurisdiccionales han pasado por la dolorosa revictimización y criminalización de los actos denunciados.

Esto, al tener que declarar ante personal no capacitado de manera repetitiva y en infinidad de ocasiones los actos violentos de los que fueron objeto, reviviendo una y otra vez los eventos traumáticos; quienes además al momento de pasar por un tamiz psicológico inadecuado han sido criminalizadas por las autoridades quienes al no identificar supuestamente rasgos o síntomas que sugieran daño emocional o signos traumáticos de violencia típicos, desacreditan su denuncia y las desvalorizan como personas.

Es en ese momento, donde la capacidad de resilencia se transforma en una barrera entre la cual tienen que luchar por la obtención de justicia o por preservar la dignidad que aún les queda, teniendo que tolerar no solo la agresión sufrida, sino el hecho de ser señaladas como responsables de los actos de sus agresores o calificadas como mentirosas.

Acciones que en consecuencia les genera fuertes impactos psicosociales ya que remueven las situaciones traumáticas generadas por la violación a su dignidad y sus derechos; atentando contra su reputación y honor, lo cual repercute en su calidad de vida y bienestar.

Generando dos situaciones, la primera que tiene que ver con la desconfianza para denunciar y / o seguir una denuncia o proceso; y la segunda, que se convierte en impunidad al no ser sancionados los delitos y actos que atentan contra su dignidad  y sus derechos humanos.

Lo anterior, solo demuestra que en México el acceso a la obtención de la justicia sigue siendo diferenciado para la mujer, colocándola no solo en un plano desigualdad sino en una posición en la cual es minimizada e incriminada. Pero además muestra como las instituciones encargadas de impartir justicia, solo simulan la atención a la víctima y la perspectiva de género, ya que no cuentan con un enfoque diferencial y especializado con el cual puedan reconocer las características particulares y el grado de vulnerabilidad que coloca a las mujeres en situaciones de riesgo.

Si bien es cierto el Estado Mexicano ha reconocido a través de sus legislaciones la igualdad de derechos sin hacer distinciones entre hombres y mujeres; y ha modificado sus leyes discriminatorias, lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos llevados a cabo, aún resulta imposible alcanzar una igualdad de facto debido a que las circunstancias de violencia contra la mujer a lo largo de su ciclo vital dimana esencialmente de pautas culturales que de forma omisa o arbitraria son insertadas por algunos operadores de justicia, ocasionando que se siga perpetuado la condición inferior de la mujer.

De ahí que, se requiera de las instituciones encargadas de administrar justicia, el compromiso de dejar de ser omisos e indolentes ante los problemas sufridos por las mujeres, obligando a que todos sus operadores se capaciten en temas de género que les permita evitar entrar en aspectos que justifiquen los acto violentos y eximan de responsabilidad al agente de la agresión, además de evitar culpar y  poner en duda las versiones de la víctima (con preguntas o aseveraciones que transmitan dudas acerca de la veracidad de su experiencia y que agraven su sufrimiento) pero sobre todo que les permita brindar el apoyo necesario a las víctimas.

En definitiva, las mujeres no necesitan que las autoridades especulen sobre su calidad de víctimas y las traten como responsables de la comisión de los hechos que denuncian, ellas requieren que el Estado a través de sus instituciones cumplan con  el principio de máxima protección y remuevan los obstáculos que impiden el acceso real y efectivo de las mujeres al momento de exigir justicia.

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