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Alejandra Pizarnik, una vida en el abismo entre la genialidad y la locura

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Cincuenta años después de su fallecimiento, Cristina Piña y Patricia Venti publican la emotiva biografía

Se trata de una de las más emblemáticas y enigmáticas poetas del siglo XX

Marta Ailouti*

SemMéxico, Cd. de México, 28 de enero, 2022.- “Van cuatro meses que estoy internada en el Pirovano. Hace cuatro meses intenté morir ingiriendo pastillas. Hace un mes, quise envenenarme con gas”, confesó una cruda y devastada Alejandra Pizarnik en octubre de 1971. No hubo un tercer intento. Cincuenta pastillas de Seconal sódico, ese fue el precio a pagar.

Entre sus últimos papeles de trabajo una inquietante frase: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. Era la madrugada del 25 de septiembre de 1972 y todo se había terminado, “a pesar de la vigilia atenta de quienes tanto la querían”, escriben sus biógrafas Cristina Piña y Patricia Venti. Esa noche cuando, quién sabe si arrepentida, la poeta llamó, nadie contestó al otro lado.
“alejandra, alejandra
debajo estoy yo
alejandra”
Nacida en 1936 descendiente de una familia de inmigrantes de raíces rusas —sus padres habían llegado a Buenos Aires en 1934—, en Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito (Lumen), Piña y Venti nos describen a una mujer extravagante y libre, singularmente inteligente y con un gran sentido del humor. Marcada profundamente por una tartamudez en el habla –que más tarde transformará en una voz ronca, carismática y repleta de personalidad-, el asma, el acné y su acuciante sensación de pesar algunos kilos de más hicieron que pasara la adolescencia “matándose de hambre” y sometida a dietas milagro a base de anfetaminas.
“Quienes la conocieron entonces y luego supieron de su adicción progresiva —alguien recordó que siempre se refería a los sucesivos departamentos que Alejandra tuvo en París y después el de Montevideo como ‘La farmacia’, por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que desbordaban de su botiquín— insistieron en que, sin duda, uno de los orígenes de la tendencia a “empastillarse” hasta llegar a la muerte está en esos remedios para adelgazar que no solo ella sino todas las “gorditas” de principios de los años cincuenta compraban en cualquier farmacia de barrio”, cuentan las biógrafas.
En busca de la palabra exacta
Con vocación de escritora desde su infancia, Pizarnik se matriculó en Filosofía, Periodismo y Letras, carreras que nunca terminó, y pasó brevemente por el taller del pintor Juan Batlle Planas, hasta decidir dedicarse por completo a la escritura. Influenciada por las lecturas de Sartre, Proust, Gide, Claudel, Joyce, los surrealistas franceses y la vanguardia poética, de aquellos años data su primera novela, La tierra más ajena (1955), de la que la poeta siempre renegó por considerarla “demasiado torpe”, hasta el punto de no querer mencionarla nunca cuando citaba el resto de obras.
Sin embargo, fue entre 1960 y 1964 cuando la escritora emprendió un viaje a París que marcó el resto de su vida. Allí desarrolló su carrera como traductora y lectora, pero también trabajó como camarera, empaquetadora y niñera durante un tiempo. Absorta en su escritura y en su vida social, en la capital francesa entabló amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, entre otros muchos.
Fue el Nobel, precisamente, quien le consiguió un puesto en la revista Cuadernos, además de prologar su libro de poemas, Árbol de Diana, constatación de la madurez poética de la escritora y muestra del exhaustivo trabajo que Pizarnik iba a realizar en cada una de sus obras posteriores. Durante horas y horas había revisado aquel libro. “Cada poema es corregido cinco, seis veces. Hay que encontrar la palabra exacta, la expresión más adecuada. Huir del verso fácil y reconciliarse con el idioma. En dos meses lo termina”, escriben las autoras de esta biografía, que han construido a través de una prolija documentación y unas cuantas entrevistas.
Una atmósfera mágica pero agónica
Y es que, aunque generalmente apasionada en todo lo que hacía, si por algo sintió una devoción particular Pizarnik fue por las palabras y la literatura. “Los libros serán mis únicos hijos, los únicos que deseo, los únicos que me corresponde entregar para embellecer un poco la suciedad de este mundo”, escribió en una ocasión. También de su boca salió una especie de conjuro: “Las mujeres feas nunca vamos a tener suerte en el amor”.
Pizarnik, desde luego, no la tuvo. Precisamente de su etapa en París fue su breve y trágico romance con el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, truncado por el accidente del avión en el que viajaba este, en el que fallecieron además otras 110 personas. Si bien a lo largo de su vida tuvo varias relaciones amorosas, con las personas que más quiso, Silvina Ocampo y Martha l. Moia, mantuvo unas relaciones tormentosas sin final feliz.
“Alejandra podía irradiar, hasta un nivel inigualable, una atmósfera mágica, donde las disonancias y esa especie de despiste general que la caracterizaban adquirían una comicidad maravillosa”, cuentan sus biógrafas sobre la poeta, una especie de “criatura agónica y metafísicamente a la intemperie, fascinada por la muerte y al borde mismo de las experiencias límites del ser” que, al mismo tiempo, era “una muchacha casi salvaje en su corrosivo y encantador manejo del humor”.
De una personalidad extravagante, resulta especialmente atractivo imaginarla con aquella debilidad que relatan por “los papeles exquisitos de colores y texturas únicas, los lápices, las lapiceras y las plumas de escribir, las delicatesen de librería que se convertirían en un rasgo prototípico de sus cartas y tarjetas a los amigos” hasta el punto de que como Olga Orozco afirmó en una ocasión “medio en broma, medio en serio”, se gastó “la prestigiosa Beca Guggenheim que ganó en 1968 en papeles, cuadernitos, biromes y libretitas”.
Un camino hacia el suicidio
Autora de libros de poemas como Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura, El infierno musical, entre julio y agosto de 1969 escribió el único texto teatral de su producción, Los poseídos entre lilas, y cosechó además el trabajo en prosa con La condesa sangrienta –“la primera articulación explícita entre la fascinación por la muerte —presente en sus poemas— y la fascinación por el sexo —manifiesta, además de su vida, en sus juegos verbales obscenos— que caracterizan a la autora”-.
Asidua desde antes de ese primer viaje a París a practicar terapia con el psicoanalista León Ostrov, al que le dedicó su poema El despertar —“señor / la jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado / y mi corazón está loco / porque aúlla a la muerte / y sonríe detrás del viento / a mis delirios”—, hay quienes opinan que su declive mental llegó tras la muerte de su padre en 1966, aunque ya un año antes había empezado unas sesiones con el doctor Pichon Rivière, “una relación terapéutica absolutamente ambivalente y tan destructiva como positiva”.
Tras un fugaz viaje a París que le dejó una sensación más bien amarga, “Alejandra inició un lento proceso de clausura progresiva que tendría una primera culminación en 1970, con el primer intento de suicidio”, comentan Venti y Piña. Ya de finales de su vida es este fragmento que recuperan las autoras sobre el estado nervioso de la poeta:
“Según cuenta Antonio López Crespo, una noche a Alejandra le pareció que las molestias —de sus vecinos de arriba— eran demasiado intolerables, por lo que subió a golpearles la puerta y, cuando al verla no la dejaron pasar, puso la bota para tratar de vencer su resistencia, pero no pudo entrar. Entonces bajó a buscar una plancha a su departamento y con ella golpeó en tal forma la puerta que le hizo un agujero. Ante esto, el estupefacto y aterrorizado matrimonio mayor llamó a la policía, que cuando llegó, se la llevó a la seccional”.
Un final sin palabras
Esta profunda angustia le llevó a seguir aumentando el consumo de anfetaminas, en búsqueda de esa excitación lúcida para escribir, y de pastillas para dormir, en esa especie de espiral tóxica que no hizo más que agravar sus desequilibrios mentales y depresivos. “Así, los amigos una noche podían escucharla hablar incansablemente, seductora, divertida, lúcida y genial, y al día siguiente percibir que había caído en un pozo de donde nada ni nadie parecía poder sacarla. Una criatura agotada y rota que se aferraba llena de miedo a los demás”.
Hasta que llegó el 25 de septiembre de 1972 y tras Pizarnik no quedaron palabras. “No / las palabras / no hacen el amor / si digo agua ¿beberé? /si digo pan ¿comeré?”. Dicen que, tras su muerte, su íntimo amigo López Crespo, a quien la poeta había estado llamando aquella fatídica noche y había dejado algún mensaje implorando su ayuda, estuvo varios días sin poder hablar.
“Como no hubo palabras que respondieran a los llamados telefónicos de Olga al día siguiente, a la una, a la dos, a las cinco, hasta que Olga supuso que Alejandra había cambiado de planes y optó por irse al cine con Valerio y después a comer. Y tampoco las hubo para su amiga Ana Becciu, que debía pasar a buscar unos libros esa tarde y que, cansada de tocar el timbre, recurrió al portero para que le abriera y se los dejara retirar. Después las hubo menos aún: apenas el cuerpo de Alejandra todavía con un hálito mínimo de vida y el caos: un taxi, un hospital, una morgue, los llamados y llantos y silencios que siguieron después”.
“en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se veque equivale a mentir
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible”

Texto publicado originalmente el 23 de enero en el Diario El Español, sección cultural

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