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Bajo el dominio de la ira

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Estrago de la pandemia

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, Zaachila, Oaxaca, 26 de abril 2021.- Estas manos de Guayasamín están en el justo momento de la crispación; en el instante en que, a punto de perder mi poder, se lo cederé a la ira.  ¿Hacia dónde me hago? En absoluta soledad soy yo la que retendré mi poder de autogobierno o me abandonaré.

Ante la incapacidad de manejar las circunstancias, doy rienda suelta a la ira. He perdido de inicio.

La ira es una emoción primaria que revela que he sido sobrepasada y que soy su víctima. A nadie le va bien con la ira. Ser su presa, sucumbir, darle paso, dejarla enseñorearse, me desintegra. Imposible resarcir la dignidad bajo la ira.

Las manos de la ira del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín

Surge como fuerza oscura y cegadora que hace presa de mi voluntad. Ser consecuente con la ira equivale a equivocarse. ¿Es agresión? Es violencia sí, que se me revierte en primer lugar; es en realidad un acto defensivo que surge de la indignidad, la humillación o la impotencia. Las circunstancias me agravian.

Al dejarme tomar por la ira, renuncio a gobernarme.  Doy paso al hermano simbiótico de la ira que es el orgullo siempre estéril, mi yo estúpidamente revestido cede todo el poder en un acto de renuncia. Soy despreciable en mi desgobierno.

¿Hay ira buena e ira mala? ¿Ira justa e ira injusta? ¿Hay gloria en la ira?

La justa cólera que conlleva gloria es el eje del conflicto en la Ilíada de Homero el rapsoda, en torno al cual se desarrolla la Guerra de Troya. La ira de Aquiles se percibe en el primer canto, sentimiento provocado por los actos de Agamenón, al dar respuesta a Agamenón quien ha tomado a su esclava Briseida, además objeto de su amor.

Aquiles decide mantenerse al margen de la guerra contra los troyanos. Decisión transgresora. Ir a la guerra es un trasunto del honor y de la gloria.

“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos (…)”

Para Aristóteles, en su Retórica, sí: “[…] con respecto al hecho de encolerizarse: si somos irascibles en exceso, tenemos una mala actitud respecto a la ira, pero si no nos encolerizamos en absoluto en aquellos casos en los que es preciso hacerlo, nuestra disposición es igualmente mala. Por tanto, el estar en un término medio consiste en no encolerizarse en exceso ni ser completamente insensibles. Pues bien, cuando nos encontramos en esa disposición, nuestra actitud es buena. Y parecidamente con respecto a los otros sentimientos semejantes. Pues el buen temple y la mansedumbre se encuentran en el término medio entre la ira y la insensibilidad a la ira.”

Ni el abandono a la ira, ni la impasibilidad ante lo que de suyo debiera indignarnos. Tomarse en propia mano la venganza vendría siendo una consecuencia de la ira desatada, un ir más allá de un deseo pasional irrefrenado en su naturaleza, a la búsqueda de una satisfacción; y de la carencia de temple “es el deseo de devolver un sufrimiento”. El mejor aliado para no dejarse dominar por la ira es el tiempo que obra en mí para domeñar la pasión eruptiva; o en su caso para que las circunstancias cambien.

Para Séneca, en cambio, la ira es una enfermedad del alma y de la que reconoce no tener que ver con la razón en tanto es un sentimiento, una pasión provocada por la impotencia. Y puede tener en consecuencia la venganza que deviene de no haber sabido “sostener la dignidad”.

¿A qué le he conferido el poder de mi persona? Sólo puede vencer quien no se permite la ira. Es decir que, en primer lugar, se vence a sí. ¿Por qué dejarme atropellar por dicha emoción? ¡Ah! Porque estoy triste, o enojada, algo me pasa y así desemboca.

La ira, como sea, siempre es perturbadora, está en mi lado oscuro. Séneca advierte que dejarte dominar por la ira te convierte en lo que abominas. Valdría deconstruir los elementos que la generan que no tienen que ver con los hechos, sino que me son inherentes. En mí está la causalidad de la ira.

Tomás de Aquino piensa la ira como “el deseo de causar daño a otro bajo la razón de justa venganza” Las injurias provocadoras, ¿no son el desdén, el impedimento de ejercer la propia voluntad y el insulto?  Nadie puede quedar impávido. Pero la explosión iracunda, entraña tanto el pesar por el agravio, como la exigencia esperanzada de ser resarcida.

El catolicismo sitúa a la ira entre sus siete pecados capitales, aquéllos de la conducta humana que me parecen más asertivos que las prohibiciones de los Diez Mandamientos de las Tablas de Moisés, porque interpelan a tu vida interior-

¿En qué caso la ira me enardece el rostro y en cuál me lo empalidece? Cuidado con la ira soterrada, la que es paciente y elabora. La rabia súbita se disipa. La otra se anuda con el odio y la tristeza. Estas son las iras de Descartes.

Sea cual sea la causa de la ira, el corto circuito que se produce se externaliza o interioriza. Si descargo hacia afuera, obtengo satisfacción, si es hacia dentro, los efectos psíquicos y corporales, ya se dejarán sentir. Sea hacia adentro o hacia afuera la expresión, se acompaña de la angustia, pareja de la pasión, en la idea de Freud.

Lacan propone a la cólera como un afecto que se presenta cuando las cosas no encajan como uno espera. Se ocupa de cómo se hace presente el compromiso del cuerpo en su afectación cuando señala que “la cólera es una pasión, sin duda, que se manifiesta por cierto correlato orgánico o fisiológico, por cierto, sentimiento más o menos hipertónico, incluso de elación; pero que quizás necesita algo así la cólera como una reacción del sujeto a una decepción, al fracaso de una correlación esperada entre un orden simbólico y la respuesta de lo real. (Lacan 2000, p. 127)

En el seminario 6 Lacan hace una referencia a la “cólera” diciendo de manera insuperable: “un afecto fundamental como la cólera no es otra cosa que esto: lo real que llega en el momento en que hemos hecho una muy bella trama simbólica, en que todo va muy bien, el orden, la ley (…). De repente nos damos cuenta de que las clavijas no entran en los agujeritos”.

Frente a ese quiebre estamos: las clavijas ya no encajan.

Pero nos dice Buttler: “También recordemos que la palabra enojo se expresa en el griego thymos, y que este último además significa inspirarse. Si uno pierde ese espíritu animoso todo junto, uno ha perdido el sentido de la vida. Esto no significa que “el enojo” es el único modo de sentir ese sentido de la vida, pero es un modo. Lo que finalmente terminamos “haciendo” con una pasión que amenaza con matarnos o arruinarnos, o con matar o arruinar a otros, es otro tema. Mi sensación es que el odio es otro tema. El odio generalmente se focaliza en su objeto, mientras que el enojo tiene más de pasión ocasionada por una condición o un objeto, pero que excede cualquier cosa que lo solicita. (Judith Buttler. 2015). Reportaje. Revista Estrategias. Psicoanálisis y Salud Mental. Dossier La ira y las pasiones tristes.

Toda pasión que me afecte es sólo mía. En las condiciones presentes que se comparten globalmente, las estrategias personales han de ponernos en movimiento a partir del reconocimiento de la impotencia.

Valdría superar la nostalgia y dejar de aferrarse el modelo que ya pasó y no es más. Y asumir que sólo yo tengo la responsabilidad de mi subjetividad ante los hechos. Cómo me afecta la crisis de la época.

Y es mía la decisión de hacia dónde me hago.

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Twitter: @euphrasina

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