Bellas y AirosasCOLUMNASElvira Hernández Carballido

Bellas y Airosas| EL INVENCIBLE VERANO DE LILIANA… Cristina Rivera Garza comparte el dolor del feminicidio de su hermana

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Elvira Hernández Carballido

“Que haya tenido un gran amor, murmura alguien tímidamente en inglés. Alguien abre los ojos de improviso. La tensión en las manos otra vez. La mandíbula, apretada. El latigazo de reconocimiento que recorre la espina dorsal: caer en cuenta, saberlo todo de golpe, no tener la menor duda. La conciencia funciona a veces así. Alguien conecta los puntos sobre las íes. Sus ojos, recuerda. Sus ojos atribulados. Todo el sol de invierno sobre sus cabellos castaños y, en el rostro a contraluz, en el rostro casi velado, esos grandes ojos detrás de los lentes de aro dorado. Incrédulos. Mortificados. Una pregunta en llamas. Sus ojos, los ojos de mi hermana...”

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 24 de noviembre, 2021.- Y al copiar este párrafo de la página 252 del texto escrito por Cristina Rivera Garza lloro al transcribir cada palabra. Este dolor y esta sensación de abandono total. Esta forma en que su descripción nos acerca a esa sensación de haberse convertido en una autómata para no dejarse apabullar por la rabia y la indignación.

Lloro por alguien que no conocí, pero cuyo asesinato sacude mi alma.

Lloro por una mujer, que por ser mujer, unas manos inhumanas le arrebataron cruelmente la vida. Llorar y comprender ese dolor.

Lloro y me dan ganas de abrazarlas, de abrazarnos entre nosotras, por miedo a perderlas, por temor a no volverlas a ver.

“El invencible verano de Liliana” es la historia de la hermana de Cristina Rivera Garza, una joven mexicana que estudiaba en la Universidad Autónoma Metropolitana, querida por sus amigos, aliada de sus amigas, estimada por sus profesores, con sueños y retos, ejemplo de esas chicas que de algún estado de la república llegan a la ciudad de México para estudiar, convertirse en profesionistas, abrir más escenarios para tantas mujeres que como ella desean triunfar.

Creo que la escritora mexicana se alía en su narración con mi certeza de que para hacer comprender lo grave de la violencia contra las mujeres debes hacer sentir el desgarrador coraje de perderlas, hacer palpar el vacío total que dejan, que su muerte no fue su culpa ni un momento de locura del victimario, que su muerte debe indignarnos, sacudirnos, levantar el puño al ritmo de nuestras lágrimas. Que nadie vuelva a vivir una historia con un final abruptamente cercenado, cortado de tajo.

Es así como Rivera Garza comparte la historia de Liliana, la historia de una joven como cualquier otra adolescente de su edad, juegos y travesuras, un carácter que se va formando por las experiencias o por el amor de la familia, complicidades y distancias, cercanías y respeto por el espacio de la otra. Ella no quiere presentarnos el retrato de una mujer extraordinaria, simplemente quiere que palpemos lo injusto que resulta cuando una mujer, cualquier chica, una muchacha es asesinada. Con la maestría de su pluma nos permite asomarnos a esos rasgos en vida llenos de  anécdotas coloridas. Ella  comparte los apuntes y dibujos del puño de su hermana para demostrarnos que se trata de una persona  única e inolvidable, querida y cercana. Jamás la revictimiza, en ninguna página puede atisbarse una muestra de lástima ni de pretextos o justificaciones, nos hace sentir ese dolor que una madre, que una hija, que una amiga, que una desconocida, que una hermana puede sentir cuando una mujer es asesinada. Liliana fue víctima de un feminicidio el 16 de julio de 1990. Si de cada mujer asesinada conociéramos así su historia, no dejaríamos de llorarlas pero a la vez de exigir justicia, a veces de la palabra escrita para publicarla en columnas como ésta, otras veces con gritos y consignas callejeras, o destruyendo monumentos, señalando a los culpables, zarandeando a los indiferentes, despertando a esta sociedad que todavía no entiende lo grave de estos casos.

Liliana pudo ser mi hermana y por la diferencia de edades enternecerme con sus sueños. Pude conocerla en la universidad y por su carisma querer hacerla mi amiga. Pudo ser mi alumna y por su brillantez motivarla para tatuarle miles de luciérnagas en su cuerpo, en su mirada.

Para realizar esta historia Cristina además de reunir las cartas y textos de su hermana, habló con sus amigos que la recuerdan a su manera, con sus profesores que vieron ese brillo, con sus compañeras que se aliaron con ella para cumplir tareas, para enamorarse, para escaparse a la playa. Las vemos estudiar y caminar juntas rumbo a su cas. Palpamos esos lentes de la joven Liliana, la escuchamos y reconocemos hasta su perfume.

No hay villanos, ni monstruos. Tampoco venganzas ni señalamientos, la autora traza sin maldiciones el perfil de ese hombre que apareció en la vida de su hermana, el mismo que cruelmente se la arrebatará. No es necesario describirlo, sus acciones y detalles permiten atisbar esas señales que no vemos, que no queremos ver, que no queremos creer la existencia de hombres violentos que pueden aparecer en nuestra vida llena de paz. ¿Cómo alejarse de ellos? ¿Cómo sacarlos de nuestra vida, acusarlos, denunciarlos, señalarlos? ¿Cómo exigir una investigación que los persiga, los encuentre y se les juzgue por sus actos? ¿En quién confiar para compartir ese miedo, para pedir la ayuda necesaria, la distancia urgente? ¿Cómo sacudirte esta educación que nos hace creer que es necesario callar, que las cosas son así, que el patriarcado no se puede derribar?

La historia narrada provoca miles de preguntas, para la sensibilidad de Cristina Garza Rivera permite humanizar sensiblemente a su hermana, víctima de un feminicidio, no es un número más, no puede ser solamente un dato estadístico, menos el tema para una efímera nota roja o el “pretexto” para espectaculizar un caso en los medios de comunicación todavía insensible a estas tragedias. No, la gran escritora mexicana aprovecha su bella pluma para clavarnos hasta el fondo del alma la vida que se perdió, el rostro que ya no se podrá acariciar, los sueños pisoteados, la muerte violenta de una mujer. Y nos unimos a esa reacción autómata, para no desvanecerte del dolor, Cristina debe actuar después de recibir la fatal noticia y tomar un avión de Estados Unidos a México para asistir al entierro de su hermana, escuchar la forma en que su primo tuvo que identificarla, intentar ser fuerte para levantar a su madre y a su padre muertos en vida después de conocer lo ocurrido con su amada hija. La mirada sorprendida de los amigos, el miedo en las amigas, la indignación de cada persona que trató a Liliana.

Todo es tan triste, tan injusto, tan doloroso, hoy Cristina tuvo fuerza para escribir sobre su hermana, para asomarse a sus recuerdos, para revisar todas las cosas que ella dejó y ordenarlas para compartirlas con el público lector, para reiterarnos que esto ya no debe pasar, que ya no debería estar pasando.

“Las respuestas son pocas y, los hechos, incontrovertibles: desde hace treinta años, extraño a Liliana cada día y, dentro de cada día, cada hora de cada día. Cada segundo. El duelo para los que han perdido seres queridos, mujeres queridas, debido a actos de terrorismo de pareja es una cosa torcida. Como bien lo ha analizado Snyder en “No Visible Bruises”, los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o a su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador. El dolor que no se separa, ni un milímetro de la culpa o de la vergüenza, se atora antes de llegar propiamente al duelo, quedándose en un limbo informe donde las palabras pierden sentido y la conexión con los otros y con el mundo se desvanece poco a poco.”

Leer “El invencible verano de Liliana” obliga a sensibilizarnos, a provocar que la gente más alejada del tema sobre violencia a las mujeres deban recorrer su mirada sobre esta historia para palpar el dolor que deja el feminicidio. Que se exija la acción justa de las autoridades, que se mueva mar y cielo para que se erradique esta violencia contra las mujeres. Que nunca olvidemos que detrás de una mujer hay una historia, gente que la amó, sueños que no se cumplieron, un dolor que jamás dejará de sentirse.

Cristina Rivera Garza no solamente es una gran escritora, es una amiga que nos comparte con su alma desgarrada haber perdido de manera tan trágica a su hermana. Su narración es una aliada que de manera magistralmente sensible provoca sentir la fatal tristeza de vivir un feminicidio.

“Quiero volver a encontrarla en el agua. Quiero nadar, como siempre, al lado de mi hermana”.
Cristina Rivera Garza. (2021). El invencible verano de Liliana. Literatura Random House, México.

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