Bellas y AirosasCOLUMNASElvira Hernández Carballido

Bellas y Airosas| Maestras tatuadas en el corazón

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Elvira Hernández Carballido

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 18 de mayo, 2022.- El 15 de mayo se festejó a los maestros y a las maestras. Claro, el lenguaje sexista da prioridad al término en masculino, pero es muy sencillo evocar que un gran número de la población femenina se dedica a la docencia,

Qué sencillo cerrar los ojos y evocar. No importa la edad. Siempre es fácil recordar a las maestras que nos formaron en nuestra vida. Vamos, hagan el intento. Yo, por ejemplo, recuerdo con tanta sencillez a mis dos maestras del Kínder: Marcelita y Rosita. Dos jovencitas que se vestían muy a “go go”, era la década los sesenta. Ambas tiernas y solidarias, con las que aprendí a dibujar, a recortar y cantar.

Cuando vino la época de la primaria, mis primeros cuatro años estuve en una escuela solamente para niñas y las maestras resultaron exigentes, pero si cumplías las tareas te convertías en una de sus consentidas como me pasó con la maestra Carmelita, ya que memoricé en poco tiempo las tablas de multiplicar,  y la profesora Gloria, que primero me puso un terrible cinco con tinta roja en la boleta, pero más tarde reconoció mi talento y hasta tuve diploma por ser una de las tres mejores alumnas del grupo.  

Después, gracias a un cambio de casa, llegué a una escuela mixta donde el quinto y sexto año los llevé con la querida Martita Martínez y López. Una excelente profesora que todas las mañanas nos ponía hacer ejercicios de caligrafía, a usar el diccionario, el clásico y tenebroso dictado para mejorar ortografía y la clásica repetición de palabras mal escritas, por lo menos una diez veces para no volver a escribir con faltas de ortografía. Luego del recreo estudiábamos historia, geografía o matemáticas.

Y llegó ese cambio extraño, tener un profesor o profesora para cada materia, como lo exige la secundaria. Por supuesto, mis mejores profesoras fueron mujeres, curiosamente las tres se llamaban Josefina, la de Civismo, Inglés e Historia. Exigentes pero cálidas, especialistas en su área y solidarias.

Tres años después llegué al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), plantel Sur. Al principio parecía que no tendría esa maestra que me inspirara y la viera como mi ejemplo. Pero en Lectura de Clásicos llegó una mujer maravillosa que hasta la fecha tenemos contacto y siempre aprendo de ella: Hortensia Moreno.

Me enseñó a amar la literatura y analizar a los personajes, así como las estructuras de la novela y el cuento. En los dos últimos semestres Patricia Corres fue la profesora de Ética, su programa de la materia se enfocaba al estudio del feminismo. Gracias a ella leí por primera vez Fem, a Simone de Beauvoir y organizó un debate en torno al aborto, mis argumentos para que se respetara esta decisión fueron definitivos para persuadir a mi grupo pese a las lágrimas de mi amiga Paty Salinas, que no comprendía que se trataba de un último recurso.

Al entrar a la universidad mi primera gran maestra fue Lourdes Quintanilla, excelente para aprender a mirar críticamente la historia de México, siempre saqué “B” con ella, pero aprendí como nunca. Semestres después llegó mi madre académica, la mujer que me apasionó en la historia de la prensa y que será mi maestra por siempre, Florence Toussaint.

Ya como profesionista del periodismo, mi maestra fue Sara Lovera, gracias a ella respeto y amo el oficio periodístico. Lo mismo me pasó al conocer a Bertha Hiriart y Esperanza Brito, directoras de revista Fem donde escribí durante mucho tiempo.

Hice una especialidad en El Colegio de México y adoré a Alicia Elena Pérez Duarte, Elena Urrutia, Mercedes Blanco, Graciela Hierro y otras mujeres más que fueron mis maestras maravillosas.

Ya inspirada hice la maestría y el doctorado, y ahí estuvo nuevamente Florence Toussaint, pero también personas maravillosas como Susana González Reyna, Lourdes Romero, Silvia Molina, Eva Salgado.

Pero, las maestras nunca terminan de estar presentes en nuestra vida. En estos últimos años llegaron a mi vida Kyra Galván, Mónica Lavín, Gloria G. Fons, Anilú Zavala y Beatriz Escalante, que me han dado la certeza de que la literatura es lo mío.

Y en estos días que ha terminado un semestre más, me doy cuenta que yo también estoy marcado a muchas generaciones. Esos abrazos, esas palabras de reconocimiento, esa exigencia de que vuelva a ser su profesora, me convencen que no hay apostolado, vocación y pasión más genuina que ser maestra. Y tú, ¿cuántas maestras llevas tatuadas en tu corazón?

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