Bellas y AirosasCOLUMNASElvira Hernández Carballido

Bellas y Airosas| Regina. Ella me está olvidando

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Elvira Hernández Carballido

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 30 de marzo, 2022.- Su voz sigue igual de potente como cuando nos conocimos de niñas, pero hay algo en el tono que me duele. La escucho y parece haber envejecido mil años en unos cuantos meses. Lloro bajito cuando reconoce que es conmigo con quien habla por teléfono, pero no se acuerda de mis apellidos, si uso lentes o que soy una morena de cabellos cortos.

Repite mi nombre, el mismo que tantas veces dijo desde que nos conocimos en la escuela y nos íbamos de pinta a la Cineteca, caminábamos abrazadas por calzada de Tlalpan o nos llenábamos de orgullo cuando una profesora reconocía nuestro talento. Aquella época que ella no ha olvidado, a la que parece aferrarse para no irse del todo y es que mi querida amiga Regina ha sido diagnosticada con Demencia Vascular.

 Me está olvidando… Lloro y maldigo, quieren obligarme a vivir un duelo cuando ella sigue aquí, aunque no recuerde cuándo nació o qué estudió. Qué triste es olvidar quién fuiste, qué desgarrador perder tantos recuerdos para siempre. Omitirse sin proponértelo. Desconocerte ante el espejo. Sentirte extraviada dentro de ti. Excluirte sin ningún remedio en tus propias evocaciones.

¿Cómo pierdes a una amiga cuya mente la traiciona sin piedad? ¿Cómo recuperas a una amiga que te desconoce porque su cerebro se está apagando? Que las lágrimas me quiten esta sed de impotencia. Que mi dolor se vuelva fuerza. Que la esperanza no se deje vencer por el desaliento. Ella me está olvidando, pero yo no.

Amiga por siempre

Sí, su voz no ha cambiado, suena igual de traviesa y rebelde al otro lado del teléfono. La misma voz que escuché en 1974, cuando nos tocó formar parte del mismo grupo en la secundaria “Defensores de Churubusco”. Creo escucharla mientras rememoro ese cabello que parecía cascada de ébano, esa nariz que ya no podía crecer más pese a todas las historias que inventaba, una risa escandalosamente juguetona. No me simpatizó en las primeras semanas que empezamos a convivir en la escuela. Cuando iba a su casa ella se recostaba en la alfombra de la sala, me pedía hacer lo mismo y cabeza con cabeza, escuchábamos que la gran consola automática dejaba caer su disco favorito. Al empezar la música, Regina no dejaba de mover el dedo índice al compás de Miles Davis, Ella Fitzgerald o Nina Simone. Por la culpa de mi amiga el jazz entró a mi alma.

Al salir de la secundaria, ella entró a la preparatoria número seis y yo al CCH Sur. A veces entraba a mis clases, pues yo estudiaba en las mañanas y ella en las tardes. Por eso también la acompañé muchas veces a su plantel ubicado en Coyoacán. Ella sabía que se dedicaría a la Arqueología, yo al Periodismo. Cerca y lejos, contentas y enojadas, discutiendo o aliadas, la vida fue cómplice de esta amistad. Viajamos juntas a tantos lugares. Aprendimos a confesar los miedos, a enjugar nuestras lágrimas y hasta a callar algunos secretos. Un mal amor le agujeró su corazón, un embarazo no deseado la hizo tomar esa difícil decisión que tomamos las mujeres cuando dentro de nosotras no hay amor ilusión. Quizá por eso, no se casó, no tuvo hijos.

La primera vez que me di cuenta de que algo andaba mal en su cuerpo fue el 8 de marzo de 2019 cuando mi querida amiga se presentó en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales donde yo daba una conferencia. Desde el pódium la vi entrar, daba pasos lentos e inseguros. En vez del abrazo de siempre, lo primero que hice fue preguntarle como buena madre abnegada: ¿Por qué caminas así? Arrastraba los pies, daba pasos inciertos. Es que he caminado mucho estos meses, solamente es cansancio, me dijo tan segura que no insistí en continuar ese regaño maternal. Meses después, quedamos de cenar en el Sanborns de San Ángel. Ella tan puntual, llegó con media hora de retraso. Y otra vez ese andar tan lento, desesperante. Regina, Regina, ya caminas peor. ¿Segura que es cansancio? En diciembre de ese año nos reunimos con el grupo de nuestra amada secundaria. Después de verla, discretamente se acercaban a mí para preguntar: Oye, ¿por qué camina de esa manera? Algunas compañeras lograron a asustarme: ¿No le dio una embolia? Parece presentar síntomas -dijo una que era enfermera-, además pronuncia raro, como que se le enredan las palabras. Bien querida por ese grupo de amistades, una amiga se comprometió a llevarla, aunque fuera a rastras al médico. Regina de mala gana aceptó, esa respuesta afirmativa me dio cierta calma.

Tres días antes del confinamiento, nos vimos en la ciudad de México. Se quedó a dormir conmigo en el hotel donde me hospedo desde que vivo en el estado de Hidalgo y tengo algún compromiso en la capital del país. ¡Dios! No podía ni subir las escaleras, caminaba peor que nunca. Regina, Regina, eso no es normal. ¿Si fuiste al médico? Regina, debes cuidarte. Regina, no me gusta verte así. Regina, me da miedo que tengas algo grave…

El diagnóstico

Llegó el 2021, entre el miedo y la esperanza, había sobrevivido al confinamiento, en mi familia nadie había enfermado, pero las muertes de personas que no conocí, de todos modos, calaban mi alma. Qué difícil fue 2020, ojalá este nuevo año sea piadoso y solidario.

Y justo el día de los santos Reyes, mi corazón dio un brinco cuando en el identificador de llamadas de mi celular leo el nombre de Regina. Seguía viviendo en esa gran casona que su mamá había comprado. Ahí Regina tenía su propia habitación independiente, más arriba vivía su hermana Ana y en otro departamento su hermanastro Sebastián. Su padrastro había muerto de cáncer el año pasado. La locura senil que padecía su mamá se acentuó ante ese triste evento. La señora Bertha había sido una gran modista, pero la edad y una enfermedad la había hecho detener el ritmo.

En febrero recibí otra llamada de Regina, estaba desesperada por no poder salir e ir alguna biblioteca, el atraso de la beca la angustiaba.  Fue la última vez que charlamos como antes, como siempre. Al día siguiente, no respondió. Ni el siguiente, ni el otro, ni en marzo, tampoco en abril. Nunca dejaba de llamarme en mi cumpleaños, esta vez su silencio más que dolerme me hacía presentir que algo malo había pasado. Marqué al número de la casa de su mamá que había memorizado desde niña, nada. Le escribí mensajes, la quise contactar por su correo, por Facebook y Messenger. Nada, silencio total, silencio doloroso, silencio preocupante. Tres días después de mi cumpleaños recibí un mensaje: “Hola, soy Mena, tu compañera de la secundaria. ¿Recuerdas que atendía a Regina en mi consultorio para la limpieza de sus dientes y alguna curación? Me acaba de mandar un recado su hermana Ana, Regina tuvo un infarto cerebral. Te paso el número de Ana. Le urge te comuniques”.

El celular se cayó de mis manos, no paraba de llorar. Mis lágrimas brotaban como mil mares salados. Soy una sirena que naufraga, que olvidó nadar y respirar bajo el agua. Me asfixio, me falta el aire, tiemblo, no dejo de llorar. Entonces, tomo el celular. Marco al número que me facilitaron, pero una grabación avisa que está suspendido o fuera del área. Marco otra vez, diez, quince veces, nada.  Con la mano temblorosa, empiezo a escribirle a su hermana Ana un mensaje. Con el alma hecha pedazos intento retomar mi rutina… No puedo. Hay tanto dolor, qué vacío, la total desesperanza, la absoluta impotencia. Reviso el teléfono cada segundo, ninguna respuesta hasta que por fin llega el mensaje.  Ana me detalla lo que pasó. Todo ocurrió en febrero. Regina visitaba a una vecina cuando se puso mal. Se desmayó, no reaccionaba. Casi a rastras lograron llevarla hasta su casa. Al reaccionar mira y no mira a Ana, dice su hermana que mi amiga parecía una muñeca de trapo, sin movimiento, sin luz en sus ojos. Sin dinero, sin ayuda, Regina no tiene seguro ni tampoco es derechohabiente del IMSS ni del ISSSTE. Ana recuerda ese consultorio donde atienden a gente de escasos recursos. Después de una minuciosa revisión, el diagnóstico: “Síntomas de enfermedad cardiovascular no especificada”. Ana no entiende bien, no sabe a quién acudir, no puede dejar sola a su mamá cuya demencia senil avanza rápidamente. Pero, cuando le sugieren internar a Regina en el San Bernardino, sin dudarlo responde que no, que buscará ayuda, que a su hermana no la van a tener dopada, que su hermana no está loca.

La solidaridad existe

Cuando Ana recibe mi mensaje, ya no se siente tan sola. Al responderlo no me pide ayuda, más bien se desahoga, comparte el miedo, la soledad amenazante. Yo tampoco me atrevo a prometerle nada, sin embargo, luego de ese intercambio de mensajes, quería correr hasta la casa de mi amiga, verla con mis propios ojos, que de esa manera palpara su gravedad, que de esa manera se me ocurriera cómo ayudarla. Si alguien pudiera ir a visitarla, si alguien pudiera entrar a su casa. Entonces, recuerdo a los compañeros y compañeras de la secundaria, seguimos en contacto casi diario pues se creó un grupo de WhatsApp y cada día nos mandamos saludos con cualquier pretexto. Les escribo de inmediato, les pido ayuda, las lágrimas no me permiten escribir con la rapidez deseada. A los pocos minutos llegan las reacciones: ¡No puede ser! ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo ayudarla? Nadie muestra lástima ni tampoco indiferencia, otra vez las preguntas: ¿Qué podemos hacer? Proponen buscar a otro especialista para tener un diagnóstico más preciso. Elizabeth ofrece al médico de su mamá. La cita se realiza:

Se trata de un paciente femenino de 58 años con alteraciones de marcha, alteración de lenguaje y alteración de memoria que progresan hasta limitarla de sus actividades. Dificultad de comprensión y repetición de frases. Alteración de la memoria episódica, memoria de trabajo y semántica. Debilidad de predominio en miembros pélvicos. Enfermedad multiinfarto. Demencia vascular.

¿Y ahora? ¿Qué se puede hacer? Sí, comprar los medicamentos. Pero, qué más, qué puedo hacer por mi amiga. Su vida se va borrando, sus recuerdos desapareciendo, es y no es la Regina que ha estado tantos años cerca de mí.  Regina está olvidando, pero yo sigo muy pendiente de ella. Ahora tocando la puerta de Villas de Ocaranza.

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