Lupita Ramos Ponce

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Despedir a un hermano

#Recoger las varas

Lupita Ramos

SemMéxico. 20 de diciembre 2018.- Este 20 de diciembre de 2018 mi cumpleaños 55, lo acompaño de una tristeza personal. Despedir a mi hermano Clemente con mucho dolor por su repentina partida y agradecida con la vida por haberlo tenido como hermano y su inacabada alegría en nuestra juventud. Le gustaba cantar y lo hacía bien. Su himno era “el andariego” que hoy acompaña su andar final «y cuando yo me muera, ni luz ni llanto, ni luto ni nada más, ahí junto a mi cruz, tan solo quiero paz”.

Apenas el pasado 16 de diciembre, fueron sus últimos momentos en este espacio terrenal y consternada una amiga querida me repetía un refrán popular: “hay tiempos de lanzar cuetes y hay tiempos de recoger las varas”.  Ahora nos toca levantar las varas, inevitablemente llegan momentos a nuestras vidas que son de infinita tristeza y hay que vivirlos también recordando lo gozado en la alegría.

El 20 de diciembre desde niña esos cuetes simbólicos comenzaban a lanzarse desde temprano, celebrar la vida, las vueltas al sol y la alegría de estar rodeada de la gente querida han sido parte de los festejos decembrinos. Ocho mujeres y tres hombres era parte de los recuentos cotidianos en la infancia cuando le preguntaban a mi mamá por su numerosa prole. Clemente era un año mayor que yo, el séptimo en una familia de once; al ser yo la octava de esa lista familiar, crecimos juntos; tenía la encomienda materna de “cuidar a sus hermanitas” al salir de la escuela para llevarnos a casa. Con mochila a cuestas, en una mano llevaba a Adriana mi hermanita menor y en la otra mano a mí y no nos soltaba hasta llegar a casa, en que se “liberaba de la encomienda”.

Nunca me llamó Lupita como todo mundo. Me decía «Lupe” para hacerme enojar, después ya era de cariño que así me nombrara. Con tan solo un año más que yo de edad, vivió la vida más rápidamente, a los 20 años tuvo su primer hijo y así de jovencitos nos hicimos además de hermanos, compadres en la tradición religiosa de bautizar a su hijo Clementito. Desde entonces, la vida a su lado se convirtió en festejo permanente. El alma de las fiestas familiares con su alegría contagiosa, sus chistes, sus bromas, pero sobre todo, su canto. Llegar con mariachi cantando “el andariego” se hizo una costumbre permanente que mi mamá celebraba con alegría. Siempre fue el «hijito” consentido de mi mamá, quizá por eso lo quiso llevar con ella tan rápidamente, después de que hace apenas dos añitos partiera ella también.

Después de la partida de mi papá hace 10 años, su rostro cambió, se volvió triste y taciturno; su canto cada vez era más esporádico, lo hacía solo para cantarle a mi mamá. Algo pasó, algo cambió en él que los últimos años su cara reflejaba tristeza. Sin embargo, nunca dejó de bromear con las niñas y niños de la familia que creían tener un tío mágico que les sacaba dulces y dinero de atrás de las orejas. Con familia tan numerosa, la casa siempre era una fiesta. Como fiesta hay ahora a dónde llega mi hermanito querido después de partir de este mundo terrenal. Hoy lo despedimos con una tristeza infinita y con la alegría de saberlo tranquilo y sin sufrimiento. Sin duda, hoy además de los cuetes en nuestro corazón por tantos festejos compartidos, también es tiempo de sentir la tristeza, es decir, de recoger las varas. Hoy mi querida mamita recibe serenata: “Perdona mi tardanza te lo ruego, perdona al andariego que hoy te ofrece el corazón”.

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