Claudia AlmaguerCOLUMNAS

Desde la mano izquierda: No es amable, pero es útil

406 Vistas

Claudia Almaguer

SemMéxico. San Luis Potosí. 08 de diciembre 2020.- Hace un par de semanas contábamos aquí algunas de las consecuencias que ha enfrentado el personal de salud derivado de la pandemia y la pérdida masiva de vidas humanas. Por las más de 100 mil que van en México hay familias que están enfrentando el duelo de manera inusual, intempestiva y sí, devastadora.

¿Qué fue lo que pasó? De pronto fuimos compelidos a un contexto sumamente complicado, hay que escribirlo, muchas personas en este año se despidieron de su familiar, de su pareja, de su amigo a la entrada del hospital y al día siguiente sino es que a las horas les avisaron de su deceso, a ello cabe añadir la imposibilidad de ver el cuerpo, de asimilar la situación, de atemperar la conciencia, porque  tampoco hubo ni reuniones ni rezos, lo que deja una sensación de algo inacabado o que se hizo no conforme a lo que había.

A pesar de que en México la muerte no suele ser pacífica de algún modo habíamos conservado ciertos rituales de duelo, a según cada cultura, de los muchos que hay en el mundo todos coinciden en elaborar un camino para que las personas podamos procesar esa escisión inevitable. En nuestro caso se trataba de algo muy vinculado a la religión católica, antes del coronavirus había un tiempo para velar el cuerpo donde se oraba y se contaba sobre quien había sido, omitiendo casi siempre los fallos, ensalzando las mejores cosas. Luego probablemente una misa y al cabo un cortejo hasta el cementerio para ser sepultado, todavía incluso quedarían pendientes algunos rosarios para encaminar el alma y volver la nuestra a su sitio a base de atoles, tamales y buena compañía, lo que resume por lo menos dos semanas, por lo más, seis meses y hasta un año.  

Pero la crisis sanitaria nos ha forzado a replantear la conversación que tenemos sobre la muerte.

A todo esto, ¿Sí teníamos una charla sobre nuestro propio morir? ¿Nos habíamos dado el tiempo, sin necesidad de que la tragedia se produzca de tomar decisiones y comunicarlas? Algunas preguntas ahora: ¿Cómo vamos a disponer de nuestros restos? ¿Qué tipo de funeral nos gustaría? ¿Quiénes se quedan con nuestras pertenencias? ¿En dónde se va a conservar nuestra memoria? No podemos afirmar que se nos daba la previsión, ya la partida de las generaciones pasadas nos tomó por sorpresa sin nada listo y ello condujo no sólo al duelo, sino al desgaste psicoemocional y económico, de andar buscando espacio y destino final.

Francamente, amén de ser vendedor de criptas a pocos les interesa esta conversación, por el contrario, se le rehúye como si al platicar de la muerte la convocáramos, pero ahora es tanta que ya da igual, podemos hablarlo. Es posible que la vida (ja), nos encuentre buscando alguno de estos servicios, en mi experiencia puedo decirle que acaba siendo un poco estrafalario, pero no dramático.

Por ejemplo, se puede elegir entre ser inhumado o incinerado, de hecho, ya hay algunos procesos nuevos para reducir su huella ecológica en ese momento y minimizar la cantidad de energía que se emplea, para el depósito de los restos está desde el ataúd tradicional de metal, de madera y ya con algo más de ego los hay grabados o con incrustaciones de plata o de oro, un dispendio que va de los 30 mil a los 800 mil pesos.  Y otra vez, si lo suyo es el reciclado puede optar por una urna ecológica, para ser alimento del mar, del rio o de alguna buena planta.

Sin embargo, aunque es bueno prever estas cosas, dado que le ahorramos algo de amargura al trago de la muerte, hay tareas de las que ningún vendedor, ninguna funeraria se hace cargo. Piense en esto no como usted mismo con el miedo que tenemos todos de morir, sino imaginando a la persona que más quiere en este mundo y lo que desearía quitarle de encima, de su peso, de su cuerpo, de la carga que uno significa en las vidas que ha creado o con las que ha convivido, los hijos e hijas, las amistades, los familiares que de veras nos caen bien, cuando no hablamos de esto, cuando no actuamos, nuestra pérdida acaba siendo un ancla, una tumba para ir a llorar lo que no se hizo o lo que no se dijo.

¿Necesita un lugar de descanso? Porque algo de capitalismo hay, si quiere un nicho, no es lo mismo estar en el pasillo, en el oratorio o en la capilla de determinada iglesia, entre más cerca más cuesta. Desde hace rato que los cementerios están sobrepoblados y que la perpetuidad en la letra pequeña sólo son cien años por mucho que el diccionario se esfuerce en decir que no tiene fin, lo que nos lleva a responder a la siguiente pregunta de dónde queda la idea de lo que hemos sido y si quienes se quedan aquí, los más jóvenes, realmente necesitan un sitio concreto para ir a pensarnos.

Es más, cierre los ojos y recuerde a una de sus personas queridas que ya se ha ido, dudo que venga a la mente ni lápida ni epitafio, sino los momentos compartidos, las enseñanzas, las alegrías, el abrazo, la palabra, lo escrito. Finalmente morir no tiene mayor chiste, ser una buena persona sí, porque vivir es la labor verdadera y ya nos asegura un sitio mejor en el “más allá”. Porque quedamos en la memoria de las personas que nos han querido y con quienes hemos compartido la vida, ese sí que es un buen lugar.  

A más ver, todavía

Comment here

Accesibilidad