DesobedienciaOlimpia Flores Ortiz

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Depresión y pandemia

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 27 de julio, 2020.- Nos puede fallar todo, menos la cabeza; esa sí no. Todos nuestros órganos tienen derecho de hacer reclamos, pero la cabeza debe estar siempre en su lugar. Perder el control no es honorable. Es moralmente dudoso. La especie humana tiene en alta estima su racionalidad; tanto que cree que por ello es hegemónica en el planeta. La racionalidad se entiende como la capacidad de control de sí del sujeto y del medio que le circunda, para obtener beneficios económicos. El sujeto decente es un sujeto productivo. Y ese es el parámetro de la normalidad occidental.

Desde 1946, para la Organización Mundial de la Salud, se define al concepto de salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente (como) la ausencia de afecciones o enfermedades». Pero el cuidado del estado mental, es espinoso. No lo reconoce quien padece una afección por ignorancia y por negación; y no lo reconocen sus cercanos por las mismas razones. Las alteraciones mentales o emocionales, no son socialmente aceptadas, son motivo de estigma.

Nos conviene situar el tema en el contexto de la pandemia. La crítica situación de violencia además con su vertiente machista y feminicida, la corrosión social y la decadencia moral, la corrupción generalizada, la desvalorización de la vida, la inseguridad pública y la precariedad económica eran ya arena para el profundo malestar social que propiciaron el advenimiento del régimen autoritario y populista de López Obrador que por sí mismo es un factor que ha agudizado todas las contradicciones; a todo lo cual se suman  el ritmo y las presiones de la vida. Sobre estas circunstancias prexistentes la pandemia de la Covid 19 sienta sus reales y con ella se recrudece el malestar, pero no se reconoce.

Como otra pandemia silenciosa, dentro de las paredes de las casas, invade la depresión. Las personas lidian consigo y con los suyos. La irritación por la convivencia forzada, la masiva pérdida de empleos, la bancarrota de los negocios o la disminución de ingresos, la violencia doméstica recrudecida, el confinamiento, la reducción de la movilidad y del contacto humano, los duelos sin funeral con su amplio espectro de deudos sin procesar y la incertidumbre sobre el tiempo inmediato, derruyen el estado de ánimo y socaban la voluntad.

Con el agudizamiento de la crisis económica derivada de la pandemia, tendremos una atmósfera generalizada de tristeza de esa que va más allá del goce melancólico para ser total obstrucción de la vida. ¿Qué haremos con la falta de ímpetu social? ¿Hacia dónde derivará la impotencia? ¿Cómo sale adelante un país en el que además se ahonda la polarización política?

No sería cosa de emprender una campaña de diagnóstico clínico de todo mundo; como tampoco de requerir legiones de psicólogos o psiquiatras. Ni de que se puedan distribuir masivamente antidepresivos. No hay recursos ni personal suficientes, ni es lo más adecuado.  Pero sí es un problema de salud pública que además no entra en las consideraciones de quienes toman las decisiones y que es urgente atender.

El sujeto, nunca es fragmentado; tanto el sujeto laboral, como el sujeto en su tiempo de vida, es el mismo, o sentado frente a la computadora con la jornada indiferenciada. Atender un problema de salud pública de la sociedad deprimida e inmovilizada, requiere de estrategias que comprendan al sujeto de manera integral. Además, el sujeto es soberano:

“Por nuestra parte, -dice Freud- rehusamos decididamente adueñarnos del paciente que se pone en nuestras manos y estructurar su destino, imponerle nuestros ideales y formarle, con orgullo creador a nuestra imagen y semejanza…Mi opinión continúa siendo hoy contraria a semejante conducta, que, además de transgredir los límites de la actuación médica, carece de toda utilidad para la obtención de nuestro fin terapéutico.” Los caminos de la terapia psicoanalítica. V Congreso Psicoanalítico, Budapest 1918.

Las escuelas y los centros de trabajo, habrían de proponer a sus núcleos sociales medidas de contención colectiva que contribuyan a mitigar los efectos depresivos. Las personas tienen que hablar y tiene que haber escucha.

El sector salud si atiende a la indicación del Artículo 4 Constitucional de garantizar la salud integral de las personas, tendría que hacerse cargo del estado de depresión que se va extendiendo socialmente y promover estas medias de contención.

Asumir la responsabilidad de la salud integral involucra a la salud mental y esta no puede administrarse bajo una clasificación de manual psiquiátrico de las personas en donde el sujeto es abordado de modo escindido y bajo parámetros establecidos de normalidad prejuiciada y sexista; y la oferta perversa de la industria farmacéutica.

Desde la perspectiva de la Neurociencia, se piensa a la depresión u otros males mentales, en términos de patología, resultado de una falla orgánica, por lo tanto, se vale terapéuticamente de soluciones farmacológicas, conductuales, e incluso quirúrgicas, como medidas correctivas. No siempre, no sólo y no así.

Roberto Bertholet, de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina afirma: “No ubicamos a la depresión como un “trastorno del estado de ánimo”, ni como un “episodio afectivo”, sino que volvemos a incluir al sujeto del inconsciente, al significante, tanto como a la sexualidad y al goce como las dos dimensiones a tomar en cuenta en toda depresión neurótica”

 La pandemia no es la causa espontánea de la depresión presente, sino su catalizador, entendamos por eso con Bertholet que: “El malestar en la cultura, evidentemente, se expresa en la “depresión” moderna, depresión a la que la ciencia biológica y sus aplicaciones médicas y comerciales resaltan como fenómeno central del que ocuparse, sin incluir la dimensión del inconsciente y la sexualidad.”

 Por eso es necesario que cada sujeto enuncie su propia narrativa, en la que se atrapa; y que cada sujeto tenga acceso a la escucha y pueda liberarse sin juicios, de las traiciones a sí mismo.

Con la pandemia Covid, la depresión se ha democratizado; el derecho a la salud mental debe democratizarse, por tanto.

En Oaxaca, asumiendo la nueva normalidad como excepción permanente. Se va terminando julio de 2020.

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