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Desobediencia| La feria de las contradicciones

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Olimpia Flores Ortiz

¿A ti cómo te va en la feria?

SemMéxico, Ciudad de México, 27 de julio del 2022.- No existe manera de que la organización humana esté exenta de contradicciones. La contradicción que obedece a la posición que se ocupa en la producción, es la madre de toda contradicción. Ninguna contradicción es ajena a la contradicción generadora.

De hecho, esas contradicciones en la Contradicción del capital y el trabajo -cualquiera que sea la fase capitalista y sus especificidades- son la narrativa de los diversos ámbitos sociales.

Y de ahí cómo se jueguen las demás contradicciones imbuidas en un sistema y sus determinaciones históricas y culturales.

Es así como nos estratificamos y concursamos en la feria.

Las contradicciones que organiza el Estado

El Estado es la superestructura política de dominación que ejerce su poder con, por medio y a pesar de las, los, les sujetos mismos que domina en la sociedad capitalista. No es una entelequia en sí mismo, no es una institución más; es como se materializa lo que somos en tanto sociedad.

Las personas todas y cada una, transitamos por diversas contradicciones: la contradicción masculino/femenino; rural/urbana; étnica/hegemonía blanca; normal/anormal: legal/ilegal; moral/inmoral y demás. Pero todas interactuando en la esfera de la gran contradicción entre el capital y el trabajo.

Ahora bien, que tal organización/desorganización es generadora de subjetividades que se derivan de la interacción de todas las contradicciones por las que se transita como sujeto.

La frontera como ficción y fuente de violencia  

Los límites sabemos que son convencionales; es decir políticos y arbitrarios; pura ficción. Y como tal, susceptibles de interpretaciones que interactúan en conflicto. El Estado se pretende el árbitro de la contradicción proponiendo conciliar lo inconciliable. No queda más remedio que la simulación.

La farsa del Estado simula que las diferencias no son asimetrías y las distribuye por jerarquías, las valora, las destina.

Las comunidades indígenas, tampoco están fuera, el lugar que ocupan en la producción es el del despojo y la expoliación. Se necesita a las comunidades indígenas para que haya hegemonía blanca; para que pueda hablarse de un cierto progreso, frente a un cierto atraso; se necesita una marginalidad que confirme al centro; se necesita que su cosmogonía confirme al paradigma Occidental como hegemónico.

La paradoja del Estado

Hay que desmenuzar desde la perspectiva antropológica al Estado mismo y su sistema jurídico. Es decir, más allá del postulado, el programa y la estadística, sus instituciones, políticas públicas, formalidades y rituales, discursos y promesas como técnicas de dominación.

La premisa democrática de la igualdad realmente inexistente e imposible en el capitalismo da lugar a la ambigüedad del Estado: entre el propósito manifiesto y el oculto; entre el postulado y las prácticas; entre los resultados y la estadística. Todas estas contradicciones constitutivas.

La Gran paradoja del Estado consiste en obstaculizar su propio cometido.

O peor aún, la perversidad del Estado que enmascara a la realidad como su intrínseca función atrás de la ambigüedad.

El Estado como enunciados de verdad

La dominación se ampara bajo y se reproduce por medio de enunciados de verdad.

No podría ser de otra manera, una falsa premisa, una promesa, un enunciado de verdad que da lugar a la Ley y la simulación; así como las fantasías, los miedos, las expectativas que suscitan, son los ingredientes para reproducir la dominación.

Ese enunciado de verdad es el que no se cuestiona: se acata o se desacata, siendo el desacato la confirmación de la verdad enunciada, la Ley.

El aparato burocrático

La burocracia es en sí un síntoma de la paradoja. Es la intermediación con el Estado, su corporeidad. Con sus propias tensiones y las inherentes a la Contradicción.

Las y los mediadores de la oferta, los agentes del Estado aportan su propia subjetividad, sus prejuicios y sus intereses en trama institucional: entre el propósito de los programas y la agencia que se ejerce, hay un contra sentido, que al cabo es funcional como no lo es la justicia al capitalismo.

El desorden, la corrupción, la simulación, ingredientes de la ambigüedad que oculta las aviesas intenciones del capitalismo salvaje.

Es por ejemplo muy clara esta ambigüedad de la agencia, en la práctica superficial del pluralismo jurídico en las comunidades indígenas y sus propios, diversos entre sí e incompatibles sistemas jurídicos patrimoniales, con el derecho positivo; conjuntado con falta de profesionalismo y de eficacia institucional como sus atributos. No ha menester el resultado, sino el dato. Un dato valorativo atravesado de subjetividad e intereses.

La contraparte, en este caso el liderazgo comunitario, no está exento ni de su propia subjetividad en este caso compartida culturalmente, que les avala para entrar en un círculo de chantaje a las instituciones y de manipulación y complicidades con sus bases. Una contradicción entre la legitimidad y su desvirtuación.

Dos mundos que median su articulación con pactos tácitos que les permite alimentar sus respectivos cotos de poder.

Léase de otro modo, pero igual, toda suerte de gregariedad en tanto gregarios que somos.  El mundo del trabajo, el magisterio, las organizaciones productivas…

Para terminar

A la pregunta de si ¿es la falta de unidad y orden del Estado un signo de su debilidad? Hay que responder que sí y que es inherente, no transitorio. Esa debilidad le va orillando al ejercicio arbitrario y extendido de la violencia.

MÉXICO SE MILITARIZA

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