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El ‘Halconazo’ cumple 50 años y sigue en la impunidad en México

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Opinión de Laura Castellanos

Laura Castellanos*

SemMéxico/Washington Post, 10 de junio 2021.- El 10 de junio de 1971 fue Jueves de Corpus. Ese día, al menos 400 paramilitares adiestrados en artes marciales, llamados “Los Halcones”, armados con palos de bambú, varillas y armas largas, atacaron una marcha de 8 mil estudiantes en Ciudad de México. El saldo fue la muerte de 32 estudiantes, de acuerdo a datos de la investigadora Ángeles Magdaleno Cárdenas en la revista Proceso, y de más de 120 según la Universidad Nacional Autónoma de México.

La marcha fue en solidaridad con el estudiantado de la Universidad Autónoma de Nuevo León que buscaba más representación en los órganos internos universitarios. “Los Halcones” eran exsoldados, expolicías, boxeadores, luchadores y jóvenes precarizados. Algunos actuaron como francotiradores desde azoteas. Los financió el gobierno capitalino del Partido Revolucionario Institucional (PRI), entonces en el poder.

El presidente Luis Echeverría Álvarez negó tener responsabilidad alguna, y aceptó la renuncia de Alfonso Martínez Domínguez, a cargo del gobierno local, y Julio Sánchez Vargas, procurador general de la República. Los hechos impunes han trascendido seis gobiernos del PRI, dos del Partido Acción Nacional, y llegan al actual de Morena. La conmemoración de sus 50 años nos da la oportunidad de buscar vías de acceso a la justicia para zanjar tal impunidad histórica.

“La Matanza del Jueves de Corpus” o el “Halconazo”, provocó indignación en grupos estudiantiles. Estaban convencidos de que el Estado que los reprimía no sería derrocado por la vía política ni la electoral, solo por la armada. Una veintena de grupos guerrilleros brotaron durante el sexenio de Echeverría y nutrieron el periodo de mayor actividad guerrillera en la historia moderna del país, como lo documenté en mi libro México armado 1943-1981.

El capítulo de su aplastamiento se conoce como la Guerra sucia. Pero no fue una guerra: el Estado mexicano instauró una política de exterminio, asesorado por el gobierno estadounidense. El mundo vivía la Guerra Fría en la que ese país, en su pugna contra la Unión Soviética por el dominio del orden mundial, impulsó en América Latina el sofocamiento de cualquier expresión de rebelión estudiantil y popular.

El “Halconazo” no detonó por sí mismo la oleada guerrillera, que fue incubada la década anterior. El 10 de junio, Echeverría tenía seis meses en la presidencia cuando reprimió la primera protesta popular que osó salir a las calles de la capital después de la matanza estudiantil de Tlatelolco en 1968, en la que fungió como secretario de Gobernación, bajo el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Si bien ambas masacres marcaron a una generación que optó por la vía armada, también lo hicieron represiones estudiantiles locales como las ocurridas en Morelia, Monterrey, Chihuahua, Guadalajara y Culiacán, entre otras ciudades. De las filas de su estudiantado, junto con el de Ciudad de México, se originaron tres de las guerrillas que tuvieron más repercusión: La Liga Comunista 23 de Septiembre, las 

Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo y Unión del Pueblo.

Esta generación también fue marcada por la negativa del gobierno de otorgarle al Partido Comunista Mexicano (PCM) su registro electoral mientras perseguía y encarcelaba a sus dirigentes. Una parte de la militancia de las Juventudes Comunistas (JC), que llegó a tener 6,000 integrantes, consideró que la masacre de Tlatelolco descartaba de tajo la vía pacífica para establecer una sociedad socialista, al tiempo que veía a la dirección del PCM como burocrática y medrosa.

Una escisión de las JC rompió con el PCM para optar por la vía guerrillera el mismo mes que Echeverría asumió como presidente, en diciembre de 1970.

Ese mismo mes irrumpió públicamente el primer grupo guerrillero, el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), que realizó un asalto a un banco para financiar sus planes revolucionarios. El MAR lo crearon jóvenes que estudiaron en Rusia y fue la única guerrilla entrenada en el extranjero, en Corea del Norte. Sus filas también fueron alimentadas por exmilitantes de la JC.

Tres meses después de la toma de posesión de Echeverría, en marzo de 1971, fue detenida una fracción del MAR. Y tres meses más tarde sucedió el “Halconazo” y brotaron más grupos guerrilleros, la mayoría espontáneos, mal preparados. Los conformaban jóvenes que rondaban los 20 años, la mayoría estudiantes de clase media o popular, la tercera parte mujeres.

El estudiantado de Monterrey se estremeció con la “Matanza del Jueves de Corpus”. De ahí surgieron varios grupos armados, entre ellos un núcleo cristiano radical que se sumó a exmilitantes de la JC para dar vida a la Liga Comunista 23 de septiembre, la guerrilla urbana más grande y con más presencia en el país: una veintena de estados.

Echeverría las aniquiló a todas con acompañamiento contrainsurgente estadounidense. Instalaciones militares y policiacas fueron usadas como cárceles clandestinas, centros de tortura y desaparición forzada. Además, México fue el precursor de los vuelos de la muerte latinoamericanos, en los que personas fueron arrojadas vivas en altamar desde aeronaves militares.

El saldo de la Guerra sucia, que se extendió durante los años 1980, fue de más de un millar de casos de desaparición forzada. La oleada guerrillera pretendió derrocar a un Estado para tomar el poder pero, aún sin quererlo, fue el principal detonante de la reforma política de 1978, durante el gobierno de José López Portillo, que finalmente posibilitó a la izquierda participar en comicios electorales.

Las matanzas estudiantiles y la Guerra sucia quedaron impunes a pesar de la presión de sobrevivientes, activistas estudiantiles, el Comité del 68 e intelectuales. Lograron que durante el gobierno de Vicente Fox (2000-2006) se creara la Fiscalía Especial para Movimientos Políticos y Sociales del Pasado, pero no se hizo justicia contra los victimarios. El gobierno de su sucesor, Felipe Calderón, la desapareció en 2007.

Echeverría fue exonerado judicialmente por el “Halconazo” en 2005, y por la matanza de Tlatelolco en 2009. El Estado mexicano, como excepción en América Latina, tampoco juzgó a los demás victimarios de la Guerra sucia. Echeverría, mientras tanto, sigue vivo. A sus 99 años, fue captado públicamente cuando acudió a vacunarse contra el COVID-19. La impunidad en México parece tener poderes vivificantes. Es hora de que eso termine.

*Laura Castellanos es periodista independiente mexicana que escribe sobre movimientos subversivos, autora de los libros ‘México armado 1943-1981’ y ‘Crónica de un país embozado 1994-2018’.

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