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El infinito en un libro

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Florencio Salazar

Leer sin lápiz es como leer sin libro.

José Francisco Ruíz Massieu.

En su breve artículo semanal, publicado en Milenio, ayer Irene Vallejo, la célebre autora de El infinito en un junco, refiere las preocupaciones de Platón sobre la escritura. El filósofo tenía la convicción de que “Es olvido lo que producirán las letras en quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose en los libros, llegarán al recuerdo desde fuera”. Según el autor de los Diálogos, el conocimiento estará disponible en libros, pero no dentro de nuestras cabezas para propiciar la reflexión. Vallejo cabalga aparentemente en la misma dirección: “Estas palabras resuenan con particular fuerza ahora que, gracias a los vertiginosos avances de la técnica, el conocimiento disponible es mayor que nunca pero casi todo se almacena exteriormente, en el exterior de nuestra mente”.

Según Wikipedia cada año se publican 2.2 millones de libros en el mundo; “esta cifra incluye nuevos títulos y reediciones” y se estima que, actualmente, existen 150 millones de títulos en el planeta. En el año 2021 la población mundial fue de 7 mil 800 millones de personas. Es decir, el porcentaje de lectura es de 5.2 por ciento. En el caso de México, el promedio de lectura es 3.6 ejemplares en una población de 128.97 millones de personas, que significa un porcentaje de =.85 por ciento. Mal en el mundo; peor en el país.

A pesar de lo anterior, hoy muchas personas acceden a la información a través de diversas plataformas digitales, que facilitan la vida a periodistas, escritores, académicos, investigadores y estudiantes. Es más rápido y accesible consultar Wikipedia –como lo he hecho ahora– sobre datos de población y lectura, que buscar en textos publicados. Es el caso también de Google o de YouTube, que ofrecen conferencias sobre diversas materias. En YouTube tuve noticias de la 4ta. Revolución Industrial, que ocurre de manera sigilosa, causando alarma a científicos por sus investigaciones y ensayos sobre la modificación de la estructura del ser humano; y nosotros ni enterados. ¿Obtener datos de esta manera nos conecta con dispositivos sin tener conocimiento propio? Por supuesto que no.

Para obtener respuestas hay que saber preguntar. Asunto, tema, autor, son básicos para alcanzar el conocimiento requerido. Los libros se adquieren por tres motivos: porque se van a leer, en algún momento se van a leer o se van a consultar. Son estas consideraciones las que le dan sentido a una biblioteca, de acuerdo al interés del lector.

La preocupación platónica no está suficientemente fundada. El conocimiento no se concentra en la borgiana Biblioteca de Babel; cada día se produce más y se divulga, se dispersa. Imposible que un ser humano pueda saber todo, y por todo me refiero a lo que sea de su interés específico; ya no digamos del conocimiento general. ¿Pero en dónde se mantiene el dedo del filósofo griego? En la llaga de la simulación y la ignorancia.

Un profesor universitario de la UAGro me comentaba de la tragedia –porque es una tragedia– que ocurre en las bibliotecas. Los alumnos tienen tal pereza por la lectura que, para no tomar apuntes, mutilan los libros,arrancan inmisericordes hojas de enciclopedias y textos, algunos de ellos de difícil recuperación. Libros de historia, literatura, ciencias, quedan sin brazos, sin muslos, tartamudos. Muy lamentable que no se alcance a comprender que “tomar apuntes” es revisar cuidadosamente un texto, elaborar una síntesis, lograr una lectura comprensiva. Cuando solamente se copia, nada queda en la cabeza, como temía Platón.

En nuestros días, a través de las redes se accede a bibliotecas virtuales con cientos, incluso miles, de títulos, muchos de ellos gratuitos. La Tablet permite transportar bibliotecas, archivos y videos, para leer, ver y oír en cualquier parte, y hace posible que las horas muertas en antesalas de centrales camioneras, aeropuertos, oficinas, consultorios, etcétera, se vuelvan productivos. En esos casos, lo digital es incomparable.

Una vez atendí a un amigo en mi despacho. Tenía en el escritorio la computadora y una pila de libros. Cuando le dije que estaba escribiendo un discurso, respondió: “Qué chiste, con todos esos libros”. “Si te parece fácil –le dije– siéntate y hazlo”. Recuperó la prudencia. No hay que confundir investigar y obtener datos, con copiar o plagiar. Se debe distinguir entre el uso necesario de los recursos que sustenten un texto y el traslado servil y necio de lo dicho por otros presentándolo como propio.

La Federación de Gremios de Editores de España, solicitó a Irene Vallejo –acogida por miles en su reciente visita a México– la escritura del Manifiesto por la lectura. Se trata de un texto corto lleno de reflexiones (Siruela, 2021). Ella reflexiona para los lectores:

“Anhelamos ver por otros ojos, pensar con otras ideas y sentir otras pasiones”.

“A través de los relatos podemos saber cómo sintieron y soñaron personas muertas antes de nuestro nacimiento, incluso escucharlas vivas dentro de nosotros, un conjuro imposible para ninguna otra especie”.

“Atravesamos tiempos de crisis, de cambio, de incertidumbres. Y precisamente en esas encrucijadas necesitamos volver la mirada a los libros, a los renglones del pasado: nada de lo que ocurre lo vivimos por primera vez”.

“Somos seres entretejidos de relatos, bordados, con hilos de voces, de historia, de filosofía y de ciencia, de leyes y leyendas. Los libros son albergues de la memoria, espejo donde miramos para poder parecernos más a lo que deseamos ser. No puede desaparecer lo que nos salva. Los libros nos recuerdan serenos y siempre dispuestos a desplegarse ante nuestros ojos. La salud de las palabras enraíza en las editoriales, en los círculos de lectura compartida, en las bibliotecas, en las escuelas. Es allí donde imaginamos el futuro que nos une.”

El libro es un amigo fiel y la lectura una patria, un sueño, una libertad absoluta.

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