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En la cuerda floja

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Florencio Salazar

A la memoria de Héctor de Jesús Hernández Ramos.

Hace unos días una abogada me preguntaba sobre la pertinencia de legislar para que servidores públicos y legisladores se capaciten como condición para asumir el cargo. Los cursos o seminarios usualmente se organizan con ese propósito. Cuando fui coordinador de la 55 Legislatura local nos reunimos en Acapulco todos los diputados electos –sin distinción de partido– y escuchamos conferencias magistrales de reconocidos politólogos, como Soledad Loaeza y José F. Fernández Santillán.

Una vez que asumimos el cargo, tomamos una serie de decisiones que enriquecieron el trabajo legislativo. Voy a referir dos que dieron sentido a la pluralidad democrática legislativa: celebrar el debate buscando el consenso y conocer las mejores prácticas legislativas.

El debate no siempre tuvo la altura deseable, pero tampoco cayó a los bajos fondos. Un diputado dijo en tribuna que Acapulco era un puerto afrodi-síaco. Otra, tratando de corregirlo le refutó: “Es paradisíaco”. Replicó el primero: “Lo paradisíaco es también afrodisíaco”. Risas de todos. Hubo algunas intervenciones ríspidas porque nunca falta algún legislador ocurrente; y cuando el discurso es o parece ofensivo, la respuesta se da en el mismo tono. Es impensable que en las sesiones no se expresen las rivalidades políticas y en ese caso los coordinadores de las fracciones deben moderar a sus compañeros. ¿Pasión política? Si no la hubiera el Congreso sería menos que una mesa de café.

La mayoría actuó con responsabilidad; esa responsabilidad condujo a reconocer a la oposición propuestas legítimas. Al incorporarse propuestas sustantivas del PRD –mayoría en la minoría– fue aprobada por unanimidad la importante reforma electoral. Entre las diversas fracciones siempre se encontraron puntos de entendimiento. Si la mayoría no convence a la oposición sobre algún tema sólidamente explicado y expuesto, entonces debe actuar como tal; de la misma manera que la minoría debe usar sus recursos políticos para no ser aplastada cuando tiene la razón. No siempre se pueden conservar los equilibrios, pero en el Congreso quien no aprenda a caminar en la cuerda floja, debe buscarse otro oficio.

Tanto la mayoría como la minoría tienen el deber de acordar para evitar la maquinaria aplastante y la obstaculización permanente. Ese es el propósito de los acuerdos previos al pleno, pues el debate sin acuerdo es estéril; y el acuerdo sin debate, subordinación. Cada fracción tiene valores políticos que defender, programas que impulsar, decisiones que asumir. El pleno no es un tianguis de feria. Ahí se reúnen las voluntades de los representantes de una sociedad. Cómo se comporten y expresen evidencian al pueblo que representan.

Los legisladores, para arribar al Congreso, pasan inevitablemente dos filtros. El de los partidos que proponen candidatos y el de los ciudadanos que eligen. Se supone que para alcanzar una candidatura hay que tener carrera política; es decir, experiencia en el trabajo social, la organización política, la lucha electoral, la dirigencia partidista y el desempeño de cargos, por modestos que sean, en la administración pública. La tarea fundamental de todo legislador es mejorar las condiciones de la población a través de leyes y de la gestión social. Por lo tanto, debe ser un cuadro político calificado

De ahí la importancia de conocer las mejores prácticas legislativas. Propuse a los coordinadores de todas fracciones, especialmente al diputado Saúl López Sollano del PRD, aceptar las invitaciones a foros, seminarios y encuentros de otros congresos, tanto locales como extranjeros. Diferentes diputados asistimos a Uruguay, Puerto Rico –asistí con Enrique Caballero y David Guzmán–, España, Canadá y otros países. Igualmente, a diversas capitales de la República.

López Sollano fue a Montreal. Asombrado me contó su experiencia en el Parlamento. (En el régimen parlamentario el primer ministro y los miembros de su gabinete tienen asientos en el Parlamento, pueden concurrir libremente a las sesiones y participar en ellas). Dos parlamentarios canadienses se trenzaron en un debate tenso y acalorado. “Creí que iban a llegar a los golpes”, me dijo el diputado perredista. Y cuál fue su sorpresa: al concluir la sesión se fueron juntos en el mismo automóvil hablando de sus familias. “Pues eso es lo que debemos lograr –respondí–, el debate no debe convertirnos en enemigos. Debemos actuar con civilidad sin renunciar a nuestras convicciones políticas. Conocer esas prácticas es la idea de estos viajes. Hay que mejorar nuestra actitud”.

El poder político no es para aplicar el capricho. El legislador, igual que el servidor público, debe tener presente su principal responsabilidad: es servir al conjunto de la sociedad, sin confundir pluralidad con división, confrontación con ruptura y diferencia con intolerancia. El Congreso es la mejor escuela política que pueda existir. El Congreso es como una cancha de futbol, hay faltas, sanciones y el público observa y se manifiesta. Pero no es el Circo Romano, en donde los gladiadores se levantan sobre la sangre de sus adversarios.

Los acuerdos en política significan la solución al conflicto en forma civilizada. Los gladiadores, tarde o temprano, también caen.

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