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Entrevista a Olga Amarís Duarte, ensayista, traductora y estudiosa de la obra de mujeres

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  • “Aceptamos lo que está catalogado como diferente, aparentemente, pero lo que hacemos es adiestrarlo, domesticarlo y meterlo en nuestros baremos sociales”
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‘Una poética del exilio’ es el título de una obra “inclasificable” en la que la autora imagina un encuentro entre Hannah Arendt y María Zambrano, dando lugar a un diálogo que nos interpela

Gloria López

SemMéxico/AmecoPress, Madrid, 1º. de agosto, 2021.- Hannah Arendt y María Zambrano quisieron comprender. Comprender aunando el pensar, el sentir y el hacer, caminando más allá de lo establecido como verdad absoluta y buscando sentido en un caótico y oscuro periodo histórico en el que había que zambullirse para encontrar el eco de la esperanza. Olga Amarís Duarte (Madrid, 1979) también necesita comprender y por eso las busca o es buscada, nunca se sabe, por ellas: dos mujeres que pensaron, inclasificables, adelantadas a su tiempo y con un propósito vital que las llevó a transcender. Tratando de entenderlas va hilando las grandes enseñanzas de ambas, abriendo senderos en lo que no deja de ser un viaje del alma.

‘Una poética del exilio’ (Herder) es el título de una obra “inclasificable” en la que Olga Amarís Duarte imagina un encuentro entre dos de las pensadoras más relevantes del siglo pasado: Hannah Arendt y María Zambrano. Ese diálogo, real aunque no existiera y que aún no ha terminado, abraza el riesgo de vivir y solo así, inspira la búsqueda de esperanza hoy, en nuestro tiempo.

Olga Amarís Duarte, es ensayista, traductora y autora de diversos artículos de investigación académica. Ha estudiado en las Universidades Complutense de Madrid y en la Ludwig Maximilian de Múnich. Tras la publicación de su tesis doctoral sobre el exilio de Hannah Arendt y de María Zambrano continúa dedicándose al estudio de la obra de mujeres a través de conferencias, mesas redondas y publicaciones. Hablamos con ella por videoconferencia.

En ’Una poética del exilio’ lleva a cabo un diálogo entre Hannah Arendt y María Zambrano. ¿Cómo llega a ese diálogo? ¿Por qué ellas? ¿Qué significa el exilio?

El libro es el resultado, o tal vez la conclusión, de una tesis doctoral en la que yo hablaba del exilio desde un punto de vista místico. También la situación de la pandemia la viví un poco como un exilio, me pareció que era como exiliarse de la vida pública, exiliarte en tu casa, una casa que a veces se convirtió en un desierto, sobre todo para los más ancianos. Yo vivo en Alemania y no podía ir a ver a mi familia, eso es el exilio. He utilizado el exilio de ellas un poco como el “espejo justiciero” del que habla María Zambrano para hablar de nuestros exiliados, de esas migraciones forzadas, de esas migraciones económicas, que también son una imposición.

Lo que me parece interesante del exilio es que una experiencia de vida se convierte en un concepto y además un concepto muy amplio, muy dúctil, se puede hablar del exilio como tragedia, como desgarro, pero también como posibilidad, como lugar de creación, que es un poco lo que hacen ellas dos. Me interesó como ellas, pese a tener tonos y perspectivas muy diferentes, plantean los mismos temas, siempre tienen una “mirilla” que es común y llegan a las mismas conclusiones. También fue un poco una provocación, mucha gente del ámbito académico no entendía este diálogo y pensaba que era un diálogo imposible. Simplemente yo fui la mediadora para que ellas llegaran a la comunicación.

¿Qué “cruces” se abordan, se superan y se comprenden hasta llegar a ese diálogo?

En el libro intenté marcarlo con capítulos y tiene que ver mucho con esa biografía truncada por la historia, o encauzada por la historia. El primer cruce es la infancia, es muy parecida en las dos, son niñas precoces que necesitan ir más allá, adentrarse en ese “pensamiento sin barandillas” que las dos cultivan, tiene que ver con no quedarte con lo que te dan e ir más allá. Son autodidactas y ese proceso de autoaprendizaje no está censurado. Es un proceso muy bonito, donde también está el encuentro con la biblioteca paterna que es como una revelación, ese lugar sagrado, ese templo en el que el niño no debe entrar, pero en el que ellas entran. En esa etapa las dos estuvieron marcadas por la enfermedad y tal vez ese debilitamiento del cuerpo potencia el ejercicio mental y creativo. También están los primeros amores, las dos fueron enamoradizas. Imprescindibles los viajes de la infancia, ellas están en movimiento, en tránsito, que viven como desgarros.

Luego llega la época de la universidad, la entrada en el ámbito académico es como un oasis, encuentran gente como ellas, que piensa, y las dos lo viven como una época muy bella, lo que pasa es que se ve truncada por la por la guerra.

Más tarde aparece lo que yo he querido nombrar en el libro como la vida a quemarropa, esa necesidad de implicarse en los acontecimientos, de no pasar tangencialmente ante lo que estaba pasando. Hannah Arendt dice que el exilio en sí es un acto de rebelión, ya no era posible ser indiferente, ya no se sentía culpable porque ya había hecho algo para intentar cambiar los acontecimientos.

La tercera cruz sería ya en la vida del exilio, cuando el exilio se convierte en tema central. En esta etapa se publica su gran obra, se cierra la parte política. Y entonces, viene la última parte, el exilio está superado, el exilio no es consentido, pero tiene un sentido. En esta etapa la razón poética de María Zambrano lo ocupa todo y en el caso de Hannah Arendt, ella decía que quería llegar a la “transpolítica”, que no llegó a concluir porque murió muy joven. Esta etapa nos habla de la crisis trascendida más que superada. Ahí sitúo yo ese encuentro, donde ya pueden hablar de cómo el exilio es una clave de esperanza, es una clave para la construcción de un nuevo mundo que es lo que ellas estaban haciendo.

¿Qué es lo esencial en ese diálogo?

Yo escribí ese diálogo en la pandemia, pero también estaba embarazada de mi hija y para mí fue un diálogo con ellas y con mi hija que iba a nacer. Era un poco decirle que estas mujeres, pese a todo, fueron muy positivas y nunca cejaron en el empeño de encontrar un sentido, por comprender y ser creadoras y no claudicaron en la desesperanza. El diálogo es muy anacrónico y lo que viene a decir es que todo vuelve y los mecanismos de defensa ante el otro -y el otro tiene muchas formas, también es el virus-, siguen actuando, el otro es extraño, no lo comprendo, me amenaza.

Al comienzo de la pandemia me sorprendió cómo el ciudadano del siglo XXI aceptaba sin crítica, no de denuncia, sino sin espíritu crítico, esas medidas de alerta y de confinamiento y sentí la necesidad de que el ciudadano las aceptara después de haber hecho un ejercicio de reflexión. Se utilizaba el mismo vocabulario, los mismos términos que el opresor, se adoptaba el mismo lenguaje y se naturalizaba. Ellas se hubieran escandalizado ante esta situación. También había mucha gente y muchos filósofos de distintos lugares del mundo que estaban hablando de esa crisis mundial como catalizador de cambio, y quise ver esa visión esperanzadora en estos atisbos de lucidez. Reconozco que ahora ya después de un tiempo me doy cuenta que tal vez era un poco ingenua y en realidad no hemos cambiado tanto.

Rescatar el relato de las mujeres

¿Es distinto el exilio y sobre todo el relato del exilio al narrado por hombres?

Totalmente, y ese entre otras cosas sería el interés del libro, hay un relato que no conocemos, hay una historia apócrifa que no se ha contado. Es esencial escuchar esta historia, la historia de las mujeres. Hay un cuadro que he incluido en el libro, de Max Ernst, titulado ‘Marlen (madre e hijo)’, de 1940, que representa cómo la mujer nunca va sola al exilio, es un recipiente, se lleva todo. María Zambrano quería llevarse a su madre, pero murió y se lleva a su hermana, un poco como Antígona y el lazarillo; Hannah Arendt también se lleva a su madre al exilio. Ese no estar sola también tiene que ver con una forma diferente de contar al exilio. El exilio de las mujeres es mucho más corporal, es más somático. También sucede con la guerra. Tampoco se ejerce la violencia del mismo modo sobre el hombre que sobre la mujer. El pudor es algo esencial en el caso de las mujeres. En definitiva, es una historia silenciada a la que hay que dar voz. Y el relato del exilio de las mujeres siempre es fragmentario, escriben cuando pueden, por muy poetas, filósofas y buenas escritoras que sean, siempre están también cuidando y eso tampoco se puede olvidar. Todo eso hace muy peculiar y único el relato de las mujeres y hay que rescatarlo.

Es una historia que se da en los márgenes. Últimamente han tomado cuerpo iniciativas que reclaman la inclusión de la obra de pensadoras y filósofas en los itinerarios educativos y en general contribuir a su divulgación.

Mi necesidad de acercarme a ellas está relacionada con mi necesidad de entenderlas. Es cierto que luego, viendo todo lo que aportan, me parece muy loable la labor de darlas a conocer y como mujer tengo más afinidad y sintonía con voces de mujeres.

La obra de Hannah Arendt y María Zambrano profundiza en temas universales, atemporales y también actuales. ¿Por qué abordarlos con ellas o a través de ellas en estos momentos? ¿Qué puede aportar la mirada de estas dos mujeres al complejo momento que atraviesa la humanidad?

Los temas que ellas abarcan son los mismos que hoy nos ocupan, las migraciones, las ideologías totalizantes que anteponen cuestiones técnicas, tecnológicas, económicas, a las personas. Esta sociedad tan mediática, está ausencia de la filosofía en la educación de los más jóvenes y del ámbito académico, tratar de meter la filosofía en los márgenes económicos para que ayude a las otras ciencias que supuestamente son las valiosas y no defender que la filosofía tiene su lugar como madre y como base…

También ese pensamiento de mujer, creo que hay que feminizar la filosofía, todo el ámbito académico, que todavía sigue siendo masculino. En Alemania, por ejemplo, todas las facultades de letras están llenas de chicas, el 99% del alumnado son chicas, sin embargo, los catedráticos son hombres. La mujer suele ser reacia llamarse filósofa, dice yo no soy filósofa, yo hago filosofía, mientras que el hombre sí se denomina a sí mismo filósofo. Al hombre le interesa el saber constituido y a la mujer el saber constituyente, de la labor, del proceso. De hecho Hannah Arendt nunca quiso ser considerada filósofa, renegaba de la filosofía, y María Zambrano hace algo muy interesante, ella no se consideraba feminista sino femenina y no se denominaba filósofa sino filósofo y creo que si hubiera seguido desarrollando su obra hubiera llegado a profundizar en esa figura tan importante en ella que es la figura del andrógino, no tanto de superación de la dicotomía que está tan de moda en estos momentos, sino de trascendencia mediante la unión de ambos. Hannah Arendt también va por ahí. Ese pensamiento andrógino que ellas ofrecen puede ser una guía muy buena para este momento. Ellas representan eso de que a la mujer le interesa más el hacer: es ese pensamiento sin barandillas de Arendt, la concepción de la filosofía de Zambrano, un camino que se va haciendo al andar. Esa necesidad de ir más allá, de superar los límites del pensamiento y de introducir los márgenes se encuentra en la obra de ellas dos y eso tiene que ver con esa forma que entendían ellas de ser y de estar como individuos y como mujeres.

¿Cómo superan los límites de lo exclusivamente racional a la hora de profundizar en temas esenciales y complejos –siendo rigurosas-, a qué apelan?

Eso es lo que las hace únicas y lo que las hermana. Al comienzo mucha gente no entendía ese diálogo porque veían a María Zambrano como muy volátil y mística y a Hannah Arendt como totalmente racional y política, pero eso no es así. Ellas dos son inclasificables. María Zambrano tiene cuatro obras políticas y Hannah Arendt se dedica a la política, pero creaba unos conceptos tan maravillosos como es la imaginación creadora, habla de los sueños como una fuente de conocimiento -eso es totalmente revolucionario- y del corazón comprensivo, que es un símbolo místico. Y, por otra parte, la poesía es algo que las hermana, ellas privilegian la poesía como la forma más unida al pensamiento, como la forma más fiel de plasmar el pensamiento.

En un momento en el que se habla de memoria, en el que cada cual apela a la reminiscencia de lo que considera el pasado. ¿Qué significa reconciliar?

Es la palabra clave, reconciliación, no es perdón. El perdón lleva consigo el olvido. La reconciliación supone una comprensión del pasado, un volver a él, no podemos reconciliarnos con algo que no comprendemos. Además, la única forma de que el mundo de los seres humanos siga girando y podamos mirar a los ojos a nuestro conciudadano es comprendiendo. La memoria es esencial en ellas, sin obviar nada, ni a los criminales ni a los héroes.

El encuentro con «el otro»

Las conclusiones de ese diálogo, desde mi punto de vista, nos interpelan hoy y trazan un puente de esperanza hacia el futuro. Son muchas las temáticas y conflictos que surgen: las personas refugiadas, desplazadas y la convivencia entre las distintas culturas en un mundo absolutamente conectado, pero a la vez con un tejido social fragmentado, por ejemplo. ¿Es posible abrirse al encuentro con el otro, como proponen las autoras?

Es deseable. Algo esencial es ese encuentro con el otro que está en la obra de las dos y que ambas reivindican. Creo que un peligro que corremos actualmente es la sensación de que todo vale, y no todo vale. Aceptamos lo que está catalogado como diferente, aparentemente, pero lo que hacemos es adiestrarlo, domesticarlo y meterlo en nuestros baremos sociales. Lo importante sería no hacer el trabajo de adiestramiento de la diferencia. La diferencia es un reto para comprendernos a nosotros mismos. Nosotros también somos el otro. El otro está ahí para mostrarnos nuestros comportamientos nefastos y también la irrealidad de nuestras vidas y el virus ha sido eso gran medida, una oportunidad para mirar la irrealidad de nuestras vidas y la ficción de nuestro bienestar. La diferencia está ahí para algo y no hay que adiestrarla, sino que hay que aceptarla en su radical diferencia.

Quisiera preguntarle también si ha podido extraer algunas conclusiones de la crisis mundial generada por la pandemia.

A nivel personal, con esa aceptación de lo dado, de ese poder estatal me ha sugerido más la necesidad de no adormecer el espíritu crítico. Creo que nuestro cuerpo ha dejado de ser tan individual y se ha convertido en algo más social, esa conciencia de pertenecer a un cuerpo colectivo, creo que va a quedar, la actitud de pensar cómo afectan mis comportamientos en el otro. Yo creí que se iban a modificar comportamientos y que íbamos a ser más cuidadosos con el medio ambiente, más conscientes de no consumir más allá de lo necesario, pero estoy viendo que se está produciendo lo contrario, je, je.

¿En qué proyectos está trabajando?

Voy a seguir ese diálogo entre Hannah Arendt y María Zambrano y creo que va ser con forma de obra de teatro. También la figura del andrógino me parece muy fascinante y me gustaría hacer una obra más de pensamiento, más reflexiva, acerca de esa figura, creo que sería una alternativa a esta dicotomía entre hombre y mujer.

Fotos archivo AmecoPress, de la web de la editorial Herder
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Cultura – Libros – Escritoras – Mujeres creadoras – Voces de Mujeres; 30 de julio. 21. AmecoPress

 

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