Para Saber

ENVEJECER

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Mirta Blostein*

Los 50 años fueron para mí un parteaguas. Me sentía con toda la energía del mundo para disfrutar y crear. Esta fuerza surgió después de haber atravesado por una depresión involutiva que me dejó un miedo profundo a que me vuelva a suceder. En esos años inicié mi proyecto “Tiempo, vida, movimiento”, el cual sigue presente, su objetivo es crear obras a partir de la madurez y en la actualidad desde el envejecimiento.

Comencé con la etapa de los 40 años y la obra fue “El pie, los pies o la historia en el zapato”, “Cincuenta y pico…” y “Cincuenta y pico… ¿y los hombres?”. Los recuerdo como años intensos, aunque en esa etapa comenzaron a estar ausentes los amantes, amigos amantes, y por consiguiente imposibilidad de tener un compañero de ruta. Sucedió entre los 55 y los sesenta años.

De una manera inconsciente, sin darme cuenta, comencé a ver a los viejos, a esos seres extraños para mí, con cierto desprecio y desvaloración, y en muchos momentos del devenir cotidiano, emergía una voz muy interna y lejana, quién sabe de dónde venía, que decía “a mí eso no me va a pasar”.

Me fui dando cuenta con el transcurso de los años hasta qué punto se mete dentro de nosotras, nosotros la desmedida valoración de la juventud. Todo se concentra en ella: la belleza, el poder, la producción, es decir, la vida, esto tan valioso que poseemos, sólo vale en esta cultura cuando se es joven. Sucede, entonces, que cuando entras en la madurez ya no te miran, no te ven, situación difícil sobre todo para la mujer, que va siendo dejada de lado cuando su apariencia deja de ser la de una mujer joven. Es así que vamos descubriendo con tristeza que ya somos invisibles:

¿Dónde estás?

¿Por qué no me ves?

¿Qué es lo que corta el espacio e impide el encuentro? (M. Blostein)

Esta realidad se va haciendo cada vez más fuerte cuando se es vieja. No voy a entrar en las particularidades del hombre, sólo sé lo que está en la superficie, que en general tiene una situación más amable cuando envejece, situación que creo que se revierte cuando está viejo y no tiene dinero.

En innumerables momentos siento se piensa a los ancianos o ancianas como a algo que hay que entretener, porque al parecer ya no pertenecen a la raza humana y menos aún se les considera personas con una historia, sentimientos, emociones, deseos. Entonces, sin darnos cuenta, estos seres se van recluyendo, se van ausentando de la vida.

Al llegar a este punto me dije: ¡alto Mirta no es todo así! Así como cada ser construye la vida, también cada ser tiene la capacidad de elegir y construir la manera de envejecer.

Me detengo reflexiono. ¡Son tantas las ventanas por donde mirar este proceso, el panorama o paisaje es tan amplio! Depende del lugar físico donde se nace, quiénes fueron tus padres, cómo fue tu niñez, tu desarrollo, si pudiste estudiar o no, si vives en una comunidad, a qué capa social perteneces…

Elijo una ventana desde donde observar esta realidad: la capa social a la que pertenezco; la pequeña burguesía, con muy pocos recursos económicos, pero con acceso al conocimiento.

En el siglo pasado se etiquetó con el nombre de “pequeños intelectuales de izquierda”.

Provengo de una familia de escasos recursos: mi padre era obrero, trabajaba en una fábrica, pero no sólo logró terminar la escuela primaria, sino que estudió de noche una carrera técnica que, sumada a su capacidad de estudiar solo (era un gran autodidacta), logró ascender un poco en la escala social. Tuvo una vejez tranquila pero no la recuerdo como una vejez feliz, se entristeció mucho cuando se jubiló. Lo recuerdo con un libro en sus manos, siempre leyendo. Mi madre fue ama de casa sin estudios. Se fue achicando, poco a poco, casi no veía, y al morir mi padre mi hermano la llevó a vivir con él, a los diez meses falleció.

Al recordar esto descubro, que, a pesar de todo, de la fuerte resignación presente en ellos, tuvieron una vejez digna.

¿Cómo llegué a elegir esta forma de envejecer? ¿Por qué sigo abrazando el camino del arte, de la danza? ¿Por qué sigo insistiendo en el desarrollo de la conciencia y el lenguaje expresivo del cuerpo? ¿Qué es tener conciencia, ser consciente?

Desde mis recuerdos más lejanos, bailo. Bailaba en el patio de la casa, volviendo del cine cuando veía las películas de Fred Astair, en la azotea, en las fiestas familiares, en fin, de año luego del brindis de la media noche. En esos espacios desplegaba toda la imaginación que me era posible a esa edad.

La azotea se convertía en el teatro en cuyo escenario bañado por muchas luces, mucho sol, danzaba y enseñaba. Sí muchos alumnos imaginarios venían a mis clases. La danza y la enseñanza estuvieron presentes en mí desde muy temprana edad.

Comencé a estudiar danza cuando tenía 19 años con María Fux. En aquella época, 1963, no existía en la Argentina una escuela de danza moderna, por lo tanto, la formación se realizaba con maestros particulares. No tenía dinero ni trabajo, había terminado mi preparatoria mediante la cual me recibí de Perito Mercantil, algo cercano a ayudante de contador.

Con mis 19 años cargados de pasión y deseos de ser bailarina, en contra de mi padre, pues tenía prohibido estudiar danza, fui al estudio de María Fux y le dije que quería estudiar con ella pero que no tenía dinero para pagar sus clases. María me miró muy seria y me dijo que necesitaba una secretaria, y dado que yo era perito mercantil podía cobrar a sus alumnos, dar la información que requerían y a cambio podía tomar todas las clases que ella impartía. Mi emoción, felicidad y agradecimiento fueron y siguen siendo infinitos. Al año de estar con ella, me invitó a entrar como bailarina en su compañía, la cual se llamaba GRUPO DE CÁMARA DE MARÍA FUX. Fue la mejor maestra, guía y primera experiencia artística que existía en esos momentos en mi país.

Sus enseñanzas me marcaron. Las clases finalizaban con una improvisación. La improvisación se convirtió en la herramienta de base de todo lo que he desarrollado y continúo desarrollando, tema que abordaré más adelante.

Mucha agua corrió bajo el puente. Estudié ballet, tomaba tres clases diarias, y teatro. En la casa practicaba e improvisaba en la búsqueda constante de encontrar mi propia danza. Creaba obras, la mayoría no se lograron, pero descubría cosas importantes que en esos momentos no podía nombrar. Esta búsqueda apasionada me llevó a encontrar La Técnica para el Movimiento Consciente creada por Fedora Aberasturi. Por medio de esta técnica pude descubrir no sólo la potencialidad de mi energía, sino la fuerza del interior del cuerpo.

Corría la década de los años ochenta y estaba creando CUANDO PELO LA CÁSCARA FINA DE LA CEBOLLA ME HACE LLORAR, improvisando con una media puesta en la cabeza, cuando comenzó a surgir en el movimiento una energía muy fuerte y cadenas de movimientos extrañas. Recuerdo que me puse en contacto con una especialista en metodologías de concientización corporal y me indicó que había llegado a la Eutonía. Me puse en contacto con una eutonista reconocida y viajé a la Argentina para estudiar con ella.

A partir de ese momento todo mi trabajo tuvo y tiene su influencia. Pero no terminó allí. En diciembre del 2012 me titulé como Educadora de Movimiento Somático, formación creada e impartida por Marck Taylor, quien es creador y director de Body Mind Movement, junto con Ray Schwart quien impartía clases.

¿Por qué les comparto esto? Porque siento/pienso, que cada ser humano guarda en su interior, una historia que nos constituye y es casi seguro que en ella podemos encontrar respuestas y caminos para seguir siendo, pero no pasivamente, sino desde el lugar de la evolución y el crecimiento. La otra realidad importante es desarrollar conciencia de sí misma y, por medio de ella, desarrollar el propio pensamiento, ser creativos. Una de las acciones más importante para ello es la capacidad de jugar. Esta actividad es muy importante, pues nos permite crecer.

No puedo dejar de remarcar que en la actualidad las palabras creatividad y jugar, han sido usadas de tal forma, que perdieron su valor su importancia. Son y han sido manoseadas sin respeto hasta el cansancio, pero será tema para otro texto de reflexión.

¿Qué fui descubriendo a lo largo de esta acotada historia que les compartí, que ahora, a mis 74 años me permite estar viva y no vegetando?

La conciencia. Como todo el mundo, tuve una infancia difícil, ahora sabemos que la infancia no es feliz como nos la pintan, tiene momentos felices, que es algo muy diferente. Esta infancia me dejó marcada por una personalidad muy insegura que me hizo cometer errores, pero sobreviví. Tenía una pasión y vocación: la danza.

Así como necesité nutrir al movimiento y fui al trabajo corporal profundo, de la misma manera, en cuanto pude, inicié un proceso terapéutico. Realicé tres ciclos de terapia psicoanalista en tres momentos de mi vida. El primero duró como seis años, el segundo no recuerdo bien, pero creo que dos y el tercero alrededor de cuatro años. Aunque exista el lecho de roca famoso de Freud y es posible que nunca logremos superar cosas profundas, lo cierto es que en mí funcionó en un alto porcentaje. Tengo resistencias fuertes, como todo ser humano, me pongo muy mal cuando me dicen algo que no me gusta oír, pero intento escucharlo y sé que, si me molesta mucho, algo pasa en mí y me observo y pienso.

Trato de ser lo más sincera y honesta posible conmigo.

Cada ser humano está marcado por un sentimiento, pueden ser celos, competencia, envidia. Los sentimientos o las emociones son propias de los humanos y sirven para crecer, dependiendo de qué se hace con ellos. Forman parte de la vida al igual que los animales forman parte de la cadena de la existencia de la naturaleza; tienen tanto valor el alacrán, la víbora, la araña venenosa como el colibrí, la mariposa o ese pájaro de plumas brillantes.

El problema radica que aceptamos el amor, la ternura, la comprensión, pero nuestra herencia judeo-cristiana nos castiga ante los celos, la competencia o la envidia, por lo que aprendemos a reprimir estos sentimientos y es allí cuando nos dañan o dañamos a otros. Rara vez siento celos y no soy muy competitiva, en realidad creo que mi nivel de competencia es bastante bajo, pero sí siento envidia. En personalidades inseguras pienso que es un sentimiento muy común y pocos se atreven a confesarlo, suelen decir siento envidia, pero de la buena. No existe envidia buena o mala, la envidia es envidia, así de simple. Y qué es la envidia sino el desear lo que los otros tienen y de lo que uno siente que carece.

Claro es posible que no se tenga eso que se desea, pero seguro se tienen otras cosas de valor.

La he trabajado mucho a lo largo de mi vida, de mis procesos terapéuticos y en mi trabajo como artista, pocas veces emerge en estos momentos de mi existencia, pero hace poco tuve

una recaída que me entristeció mucho. No viene al caso relatar la experiencia, pero al tomar conciencia de lo ocurrido, descubrí que una de las realidades que la dispara es la injusticia que surge ante las valoraciones que realizan los grupos de poder. La sociedad en la cual vivimos estimula mucho la competitividad, la importancia de tener, no sólo objetos materiales que nos dan cierto lugar en la sociedad, sino también el valor que se le da a lo que la persona realiza. A partir de ello es lógico que el sentimiento de envidia de color el panorama social. La pregunta surge de inmediato ¿qué hago cuando esto pasa?

En primer lugar, me doy cuenta de que lo estoy sintiendo, etapa un poco triste y dolorosa. Luego analizo cuál es mi conducta, ya que nuestra conducta es la que hace que las otras personas reaccionen o nos evalúen y allí es donde encuentro el quid de la cuestión. No es fácil compartir todo esto, a todos nos cuesta aceptar de que pata cojeamos, pero es maravilloso lo que va sucediendo en el proceso de vida cuando elegimos que no nos pase por encima, sino que elegimos vivir esta experiencia. En mi caso me impulsa a seguir creyendo en lo que hago, entonces puedo estrenar una obra y escribir este texto, por ejemplo, o continuar con la difícil tarea de encontrar un espacio para impartir mi taller de Danza y Creatividad para adultos y adultos mayores, que aún no he logrado.

Al psicoanálisis se agrega mi pasión por la danza y el trabajo corporal profundo y aquí entra la importancia de la improvisación y del desarrollo del lenguaje propio, la propia danza.

En el trabajo corporal profundo se exploran todos los sistemas que conforman el cuerpo humano, Anatomía Vivencial se llama. Sentir y moverse desde la estructura ósea a la piel, es el camino que permite encontrar la conciencia corporal.

La tarea que desarrollo en los grupos está marcada por la pasión, el juego “a fondo” y el amor.

“Ideas sueltas:

no se puede jugar a medias;

si se juega, se juega a fondo.

Para jugar bien hay que apasionarse,

para apasionarse hay que salir del mundo de

lo concreto.

Salir del mundo de lo concreto es introducirse

en el mundo de la locura,

del mundo de la locura hay que aprender a “entrar” y “salir”.

Sin introducirse en la locura no hay creatividad, sin creatividad uno se burocratiza” (E. Pavlovsky y H. Kesselman) Desde este juego a fondo y el deseo de expresar es que las clases comienzan. Puede ser, por ejemplo, un comienzo simple desde una acción cotidiana que es el caminar. Caminata que se realiza en contacto con la emoción y la respiración. La luz tenue, el piso (la tierra) que acogen los pies y los invitan a sentirse. La música acompaña esta caminata que poco a poco se convierte en expresiva por la presencia de la emoción.

Se recorre el cuerpo segmento por segmento, desde los huesos hasta la piel. Uno escucha atenta al mismo, permite que surjan los movimientos que emergen de la acción y el clima que se fue creando.

El fluido de movimiento se va haciendo presente desde cada tramo del cuerpo que se recorre y la emoción se hace carne para abrirse y colorearlo. La música acaricia la piel. La danza puede surgir a partir de un motor corporal: la columna, los omóplatos, las manos o los pies o bien desde el percibir las formas que salen: movimientos curvos o rectos, planos o con volúmenes, o simplemente dejar que el cuerpo vaya encontrando esas cadenas de secuencias, de movimientos que se suceden unos con otros desde la emoción presente.

Manifestación de decires sin palabras, que van poblando el espacio de escenas que comunican relatos que no se dicen, se danzan. Danza particular, cuya fuerza reside en la interioridad de la misma. El juego no es banal, porque él mismo no lo es y parte de la improvisación en la cual: “Un improvisador no actúa a partir de un vacío sin forma, sino a partir de tres billones de años de evolución orgánica; todo lo que fuimos está de alguna manera codificado en algún lugar de nuestro ser” (S. Nachmanovtch).

Y demás está decir que se halla la propia historia. El movimiento encamina al ser humano a encontrarse consigo mismo, a reconocerse y conectarse consigo.

En el caso particular del anciano, que… “sufre de un proceso de indiferenciación temporoespacial por el cual le resulta dificultoso reconocerse en el presente” (M. Katz de Armoza), el hecho de tener contacto con el movimiento desde donde están presentes la percepción, la sensación, el reconocimiento desde una disciplina que integra la creatividad y el arte, desde el lenguaje del cuerpo, le permite lograr integrar su imagen diferenciada de su entorno.

Siendo así, podrá integrarse al mundo, no de manera pasiva, sino desde una adaptación activa a la realidad, que dará lugar a un encuentro con el otro.

La comunicación en función de un intercambio activo, implica la ubicación en un registro temporal presente que obliga al paciente añoso al despegue y diferenciación de su pasado y, sin negarlo, emprender su presente aceptándose a sí mismo y a los demás en su vejez (M. Katz de Armoza).

Poder compartir espacios cuyos contenidos son la creatividad y la presencia del arte, en este caso desde el movimiento, con seres afines a sus etapas de vida, cualquiera esta sea, permiten la reconciliación consigo mismo, con sus limitaciones y pérdidas, con los recuerdos, pero con lo que todavía se puede hacer y ser.

Les comparto un fragmento de un poema que salió de mi propio quehacer en movimiento.

Cuando lo escribí tenía 56 años, estaba trabajando una obra cuyo título es: “Cincuenta y pico”.

Esta tristeza rara que amanece conmigo y no se va

Se pega como garrapata en el centro del pecho y duele

Pero es tierna, dulce

Juega en los espacios del recuerdo:

Con lo que ya fue, ya no está, ya se hizo, ya no me queda

Ya no puedo. Ya pasó. Ya lo tuve…

¡y ahora?

Soledad

Silencio lleno de ruidos de lo que está

De lo que permanece, de lo que vibra con el sol, los nubarrones,

la lluvia, la tierra, el smog, la polución, los olores.

Deseo: ¿de qué?

De todo y de nada.

De vida y de muerte, de quietud y movimiento

De arriba y de abajo, de volar y arrastrarse

De encontrar de amar de llorar de reír

Deseo

De lo que no me atrevo a decir a actuar a confesar a realizar

¿Cómo hacer para saltar hacia fuera y no quedarme atrapada en mi propio ombligo?

Enredada en el goce del laberinto de los agridulces hilos de la melancolía

Deshilvanarlos, sacarlos uno a uno,

Despejar el pecho, el hígado y la garganta

Aclarar la voz, el llanto y la risa.

Llegar a la carcajada y encontrarse con los otros

Salir a la calle

Salir a la calle y una vez más como antes

Agarrar a cachetadas a la mugre, al hambre, al dolor

Jugar

Poder jugar con lo que una tiene

Y no morirse antes que la muerte llegue (M. Blostein)

La posibilidad de ser desde el lugar del movimiento. La posibilidad de suavizar heridas, apapachar las arrugas, reconocerse en el cuerpo cambiado, con achaques, con formas y redondeces que antes no estaban. Encontrarse en esta realidad sin despreciarla. Valorar, comprender, finalmente, poder aceptar que todavía se tiene un tramo de vida “y no morirse antes que la muerte llegue”.

Bibliografía:

M. Blostien. Fragmento del poema ¿Dónde estás?, de la obra de danza “Cincuenta y Pico y ¿los Hombre? Estrenada en el Teatro Flores Canelo. CNA, 2004.

E. Pavlosky y H. Kesselman (1980) Espacio y creatividad. Buenos Aires: Ediciones

Búsqueda.

S. Nachmanovitch (2004). “Free Play”. La improvisación en la vida y en el arte. Madrid: Paidós.

Marcela Katz de Armoza (1994). Técnicas corporales para la tercera edad. Madrid: Paidós.

*Mirta Blostein es bailarina y coreógrafa de Danza Contemporánea, licenciada en Educación Artística, (INBA), Maestra en Psicología Social de Grupos e Instituciones (UAM Xochimilco). Profesora de Expresión Corporal, Educadora de Movimiento Somático (BMM), cofundadora de La Maravilla Corporal, institución dedicada a la práctica e investigación de la Expresión Corporal y la Creatividad (Años: 2000/2011). Maestra Titular de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del Instituto Nacional de Bellas Artes, e imparte la materia Proyecto Escénico.

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