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Es honda la tristeza

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Desobediencia

Hay un lugar que yo me sé en este mundo, nada menos, adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie llegase a dar por un instante será, en verdad, como no estarse.

Fragmento de TRILCE. César Vallejo


Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 19 de abril, 2021.- La falta que nos inquieta es inefable, ¿qué nos falta? O, ¿de qué se nos ha despojado? En el orden de lo indecible la tristeza que se anida.

Desde el Génesis bíblico, tras la mítica expulsión del Paraíso, la melancolía nos es propia en tanto civilización, porque nos atormenta la culpa primigenia; después crucificamos a Jesús, el hijo de Dios hecho hombre; y para colmo en la región colonizada de Occidente, hemos sido despojados.

Para Walter Benjamin la melancolía vendría siendo el sentimiento que surge del lamento profundo de la naturaleza que se revela por medio del lenguaje que al mismo tiempo que contempla su tristeza constitutiva y padece su dolor, sabe que no hay redención posible. Destino trágico.

Retrato de Sofía de Julio Galán. 1991. Formó parte del catálogo que con el título de Melancolía se expusiera en el Museo de Arte Moderno en 2017 con obra de autores y autoras mexicanas. 

Freud en Duelo y Melancolía (1916) hace la distinción entre ambas afecciones, situando al duelo en el orden de lo temporal como un luto respecto de una pérdida tangible de lo amado y que se procesa en el tiempo. La melancolía a su vez carece de temporalidad. Ambos estados se querellan con el mundo, pero uno tiene fin y el otro no. Del duelo sabemos el origen, de la melancolía, no.

La melancolía que nos invade no surge con la pandemia; el virus SARS-CoV-2 es un espejo que refleja a una sociedad en crisis que se has rebasado a sí misma. Para Zizek y Byung-Chul Han, la sociedad neoliberal del rendimiento, produce cansancio. Aceptamos que nuestra realización personal se inscribe en las reglas de la compulsión productiva. Nos capacitamos, nos certificamos, concursamos, nos ponemos a prueba, competimos para permanecer y ni siquiera necesitamos que nos fustiguen, lo hacemos nosotras-nosotros mismos en una autoexigencia implacable que obedece a un imperativo internalizado. Foucault cuando nos desmenuzó la operación sistémica de la vigilancia y la obediencia por medio de dispositivos, en Vigilar y Castigar, no alcanzó a vislumbrar la deriva de esta era de autoexplotación voluntaria y reclusión doméstica del teletrabajo.  Y para colmo, bajo la ilusión además de que es un régimen de libertad y de que ejercemos nuestra soberanía personal.

Pero ahora sucede que en el confinamiento estamos quietos y nos percibimos descarnadamente, bajo el sometimiento a un luto imposible de procesar en la atmósfera fúnebre que vivimos en el mundo. El tsunami de muertes que se nos ciernen y no parecen tener fin, es ya un luto permanente que se funde con el estado de melancolía que produce la civilización en sus manifestaciones tradicionales y contemporáneas.

Nos ocupa sobrevivir y no hay espacio para vivir; hemos renunciado a querer o no, a todo lo que hace que la vida sea digna de vivirse, para empezar la proximidad. Incluso vamos acatando las restricciones a los derechos fundamentales, en aras de esa supervivencia y colocamos a la virtud, a la moral y a la responsabilidad ciudadana bajo los condicionamientos de ese estado de excepción; toda vez que todo otro/otra ha devenido en un riesgo potencial. La distancia social destruye a lo social.

Duelo, dolor, sufrimiento, angustia e incertidumbre que anidados y anudados reeditan a la ancestral melancolía de la civilización. En estado de abatimiento nos preguntamos ¿dónde nos queda ahora el Deseo? Sin derrotero, enfrente está el vacío; las variantes al alcance no nos permiten tomar decisiones, hay parálisis porque hay falta de sentido.

Las pérdidas se repiten incesantemente, en medio del despojo del modo de vida conocido y de la dilución de los referentes que nos daban estructura.  Podría resignarme y seguir adelante ante la objetivación de las pérdidas, pero además de que no cesan, yo me he perdido a mí misma/mismo. Soy mi objeto perdido. Si en la pérdida objetiva opera mi yo para conciliarme, en la melancolía crónica es el inconsciente el que se lía y no es sencillo descifrarlo.

El aislamiento enloquece, pero también la toxicidad de la convivencia que adquiere rasgos insuperables. No hay más manera de ocultarse o simular ante aquellos y aquellas que me observan incesantemente. Mis vínculos más próximos en estado de ambivalencia y violencia; me domina la culpa.

¿Cuáles son las estrategias para habitar este nuevo mudo? ¿Dónde poso el aprecio por la vida? Me busco en las redes de interacción entre mis pares; pero también en la capacidad de adaptabilidad de la gente joven que pone pecho a lo hecho. Siempre habrá caminos para persistir en la búsqueda del imposible mundo aceptable.

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@euphrasina (amor por la elocuencia)

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