COLUMNASFlorencio Salazar Adame

Humoristas

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De nuevo el mundo/ se divide en dos:/ el Submundo/ y el Inmundo.

Luis Eduardo Aute.

Florencio Salazar

SemMéxico. Chilpancingo, Guerrero. 30 de marzo 2021.- Me parece que fue Groucho Marx quien señaló que la política es el arte de alejar a la gente de las cosas que sí le importan. Lo cierto es que el mismo Groucho otorgó su apotegma al oportunismo: “Estos son mis principios, si nos les gustan tengo otros”.

Humoristas –como los hermanos Marx– dijeron verdades que parecían mentiras. En su juego verbal el humor desplaza la reacción negativa a la crítica para dar paso –incluso reconocerse– a la aceptación por parte de los oyentes y aún de lectores. El humor es fundamentalmente auditivo.

Los humoristas juegan con los registros de su voz, de manera que pueden presentarse sin recursos gestuales y corporales; sin embargo, provocan hilaridad, como ha sido el caso del argentino Juan Verdaguer. Fuera de serie, Chaplin está en el Olimpo.

En México, el humorista sobresaliente por su crítica al poder, causa de varias detenciones en la época del llamado Regente de hierro, Ernesto P. Uruchurtu, fue Jesús Martínez Palillo. Él decía que siempre traía un amparo en el bolsillo.

Héctor Lechuga y Chucho Salinas se anotan como los primeros humoristas de crítica política que tuvieron acceso a la televisión nacional. Excepto el Presidente de la República, políticos de todos los tamaños sufrieron sus sátiras.

Posteriormente, Germán Dehesa brilló por su agudeza sin miramientos y en la Planta de Luz en la Ciudad de México, no dejó moro con cabeza. Dehesa, además, era columnista en Reforma, escritor y académico, por lo que sus dardos llegaban con precisión lo mismo a cardenales que a presidentes –y lo habido de por medio– con representaciones propias de la tradición griega y latina. Más que humorista era un juglar.

El humorista es consanguíneo del actor de teatro. Se presenta con economía en el escenario, de vestuario y de otros personajes, acaso con la asistencia de un patiño, lo cual ha sido frecuente en el humor blanco, tales son los casos de Tin Tan y Marcelo, Cantinflas y Medel, Viruta y Capulina, entre otros. Algunos de ellos hicieron crítica política descafeinada.

Desde hace más de una década el continuador de esta saga de actores humoristas es el creado por Víctor Trujillo, el Payaso Brozo. El suyo ha sido un caso de protagonismo notable, pues ha sabido conjugar el trabajo del presentador de noticias en televisión con el comentario político y la entrevista.

El lenguaje de Brozo siempre ha sido irreverente y no ha temido meterse en la arriesgada camisa de once varas. Despedido de la televisión comercial, se ha asociado con Carlos Loret de Mola en un canal de YouTube. Ambos estuvieron en la cumbre televisiva y salieron por piernas por vértigo en las alturas.

En los surianos lares El Costeño a veces hace de las suyas en el humorismo político. Eso sí, su lenguaje es bastante tropical.

El humorismo político es una forma de expresión popular y tiene una importante utilidad social y sicológica: permite el desfogue de la inconformidad ciudadana. La tensión acumulada, el malestar social, incluso la ira colectiva, encuentran en la sátira del humorismo político la voz que interpreta, el gesto de desaprobación, la elocuencia de los callados.

Al abrir las compuertas de la molestia popular acumulada el humorismo político evita que reviente el dique. La catarsis aploma al ciudadano y evita que la sangre llegue al río. Los reyes tenían bufones para evitar el tedio y criticar a la corte. Los bufones eran intocables. Desempeñaban un papel aparentemente insignificante, pero en su humor había verdades que sólo ellos podían expresar en público.

Con el paso del tiempo, los bufones –alejados de la corte– son objeto de la intolerancia. La democracia necesita la crítica social, y en el caso de los humoristas son ellos los que tocan el hombro al príncipe –igual que a los emperadores romanos– y le dicen al oído a través de medios y redes: recuerda que eres humano.

Los políticos deberían grabar en su mente las palabras del poeta Píndaro: “El mejor médico es el buen estado de ánimo”, pero eso lo entienden solamente aquellos que son capaces de reírse hasta de sí mismos.

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