Rita Imelda Fernández González

La cultura y el arte en la república feminista

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La república feminista

Muchas de las historias sobre mujeres en la cultura occidental por lo general son narradas por hombres: Madame Bovary, Ana Karenina, Casa de muñecas…

Rita Imelda Fernández

SemMéxico, Cd. de México, 11 de diciembre 2017.- Cuando empecé a escribir esta columna propuse que este espacio sería dedicado a pensar y proponer cómo podemos ir construyendo una república feminista, desde la acción diaria, desde las costumbres y la rutina, desde esta rutina que nos hemos construido en una sociedad altamente tecnologizada y globalizada, pero aún sumida en prejuicios y prácticas tan viejas y rancias como la esclavitud, la trata con fines sexuales, la violencia contra las mujeres, la mutilación genital.

Por ello hoy me vi obligada a regresar a este texto para volver a centrarme en la construcción de esta topia que se hace cada día más urgente, porque la violencia nos ha robado la paz, pero no nos ha robado la esperanza. Porque hemos sido explotados y saqueados, pero aún nos queda la fuerza de los brazos y las palabras para transformar la realidad, para saciar nuestra sed de justicia. Por esta razón decidí hablar sobre el papel de la cultura y las artes dentro de la república feminista.

El arte y la cultura atraviesan cualquier sociedad con cotidianidad, le pertenecen a la humanidad totalmente. Sin embargo, el arte se piensa clasista, en parte lo es, se ha apropiado del término un grupo de personas que desde cierto conocimiento y clase social definen qué es arte y quiénes son artistas por eso debe ser reapropiado, no sólo el arte de galerías es arte.

Debemos cuestionar al arte y sus cánones, tomar los pinceles, cantar, escribir, filmar, tomar fotos. Las artes deben hablar de todas las experiencias de la humanidad, de todas las personas sin importar clases sociales, culturas y géneros.

Laura Freixas señala el terrible caso de la invisibilización de las experiencias femeninas en las artes y obliga a la reflexión cuando pregunta cuántas obras sobre la guerra conocemos y cuántas obras conocemos sobre la maternidad, la crianza y la cotidianidad del hogar.

Seguramente ustedes igual que yo la primera la pudieron responder muy fácilmente, pero la segunda pregunta no fue sencilla. De hecho, aun superando la segunda pregunta nos enfrentamos al cuestionamiento de quiénes han escrito sobre el tema y podríamos ver que muchas de las historias sobre mujeres en la cultura occidental por lo general son relatadas por hombres pensemos en Madame Bovary, Ana Karenina, La casa de muñecas, en fin.

Pero las artes y la cultura requieren como diría V. Woolf de dinero y un cuarto propio, las clases trabajadoras consiguen duramente un salario para necesidades básicas (comer, vestir, bañarse) y la cultura y las artes se dejan como un lujo, porque se cree sólo para ciertas personas las que tienen educación escolarizada, las que tienen dinero, las que le entienden.

Lo que no hemos logrado transmitir es que las artes y cultura atraviesan nuestra vida de manera cotidiana. Las personas a lo largo de la evolución han ocupado distintas formas de arte como parte de su vida cotidiana, pensemos en la pintura rupestre, en los cantos de cuna y alabanza, en los silbidos en el monte que son lenguaje y son canto, en la creación de objetos de barro, piedra, cerámica, cuero para joyería, esculturas, arte objeto. Es importante que distingamos que no tener educación no es lo mismo que no tener cultura. Es necesario señalar ese error, los pueblos indígenas, así como las mujeres son personas a las que se les ha negado el derecho a la educación y a un salario digno, pero eso no ha impedido que desarrollen su cultura.

En Latinoamérica, por ejemplo, culturas diversas antes de la invasión y conquista tenían otra forma de relacionarse con el mundo, con el resto de los seres vivos, con el universo. Las mujeres por nuestra parte hemos desarrollado una cultura de la vida, una cultura para protegernos a nosotras sororalmente, para mantener la vida de nuestra especie, para sostener la vida organizada, para transformar nuestras crías en personas que puedan andar el mundo por sus dos pies y por su propia voluntad.

La invitación entonces es a cambiar nuestra forma de acercarnos a la cultura, de dejar de ser reproductoras de contenidos que limitan a las mujeres a un papel de objeto sexual y a los hombres como proveedores exitosos. De hablar de triunfos bélicos, de competencias, de conquistas y volvernos productoras, reproductoras y defensoras de nuestra cultura por la vida, por la defensa de nuestros territorios y nuestros cuerpos.

@RitaIFdz

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