Soledad Jarquín EdgarUncategorized

La gente que nos salvó

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Mujeres y política

Después de una semana de intensas lluvias, nada, la respuesta oficial sigue ausente

Soledad Jarquín Edgar

SemMéxico, 25 septiembre 2017.- Los terremotos de septiembre, innombrables, para olvidar, nos dejan que las autoridades han quedado rebasadas por la propia ciudadanía. Ya lo decía hace dos entregas, sobre el costo político que tendría para el sistema mexicano en las ya muy cercanas elecciones presidenciales y de otros más de tres mil cargos a elegir en 2018. Aunado al rechazo, casi sistemático que se da a quienes representan el “poder” por mínimo que éste sea.

Una lástima –insisto- tener que revolver la gimnasia con la magnesia, pero no hay de otra. La clave era la respuesta: oportuna y sin oportunismos que las instituciones podrían dar a todas las personas afectadas por el sismo del 7 de septiembre en Oaxaca y Chiapas.

Luego vino la otra catástrofe, la repetición de una historia- que nadie quisiera volver a vivir, el 19 de septiembre, como 32 años atrás de nueva cuenta volvió a cimbrarse la tierra, la Ciudad de México volvió a repetir las imágenes tan parecidas a entonces, además de otras ciudades como Puebla y Morelos, principalmente, donde el paso destructor dejó, como en Oaxaca, Chiapas, Guerrero y la Ciudad de México, ese olor a desgracias, esa sensación de muerte, esas imágenes de destrucción, los sonidos de una cotidianidad interrumpida y un lenguaje de angustia que buscaba en su diccionario respuestas a sus preguntas.

En todas estas ciudades y municipios azotados, devastados, derruidos por los movimientos telúricos, incluido el del pasado sábado 23 de septiembre que dejó más muertos, más daños, está la gente: los juanes, los miguelangel, las eréndiras, las cecilias, los rodrigos, los santiagos y sebastianes, las marthas, las lupitas, las amarantas, los netza, las rogelias… en fin, todos los nombres, aquí dejo un espacio para que usted los nombre: __________________________________________________________________.

Mujeres y hombres que entienden que la única razón de su existencia es, en esos momentos, reaccionar y actuar, vencer el miedo propio, arriesgar su vida, tragar polvo, consolar la desesperación de personas desconocidas, soportar el dolor de sus llagas, caminar interminablemente para llevar comida, agua, medicamentos, herramientas o una lona para pasar la lluvia.

Y es el despertar de la gente el mayor temor del poder. Porque la ciudadanía despierta arropando por el sufrimiento de las demás personas y abraza venturosamente a sus iguales, salva vidas y se alegra, rescata cuerpos inertes y se sangra por dentro.

La Brigada Feminista que mereció el reconocimiento de la sociedad, su ayuda se concentró con las costureras atrapadas en la ciudad de México, para que no se repitiera la historia de hace 32 años, pero todo indica que se volvió a repetir.

Mujeres que igual rascaron la tierra hasta que las sacaron y les robaron ¡Qué vergüenza! Son esas mujeres fuertes de cuerpo y alma, que rompen los estereotipos y eso no les gusta a muchos hombres. En Chiapas, Oaxaca, Puebla y Morelos también están las mujeres recorren calles, vigilan, defienden con uñas y dientes su dignidad herida, denuncian, exigen, trabajan, hacen comida, pero también cargan piedras, atienden heridos, organizan…

Con los hombres y mujeres del Ejército y la Marina, el gobierno pone a sus peones a rescatar y salvar, ¡qué bueno! Ellos y ellas también se desgarran el alma y el cuerpo, nadie lo niega. Pero también obedecen órdenes, incluso contra su voluntad, cumplen misiones increíbles y atroces, como el invento de Frida Sofía, creado por mentes retorcidas que confunden la realidad y los escenarios.

Alimentan el morbo de televidentes, esa fracción de la población que no ha podido apagar el aparato televisor porque es –creen- su único entretenimiento en la vida.

Otra vez las televisoras comerciales nos muestran de qué están hechas y a quién sirven.

Es la ciudadanía la que despierta, la que sale del letargo cotidiano de la indiferencia, la que junta despensas, la que lleva lo que puede, hasta el último grumo de su propio pan. La que saca de sus ahorros y dispone de su dinero para dárselo a las otras personas. Hay quienes se organizan, hacen grupos de ayuda para la infancia que sufre la tragedia y que ha perdido el sueño frente a la posibilidad de la muerte o porque la muerte le arrebató todo.

Quizá este país, fracturado por la política y los políticos, se reconstruya todo a partir de cada piedra que se remueve tras la tragedia. Hemos aprendido en unos cuantos días lo que podemos hacer cuando actuamos en grupo, marcados por una circunstancia fundamental, y tenemos un mismo objetivo, ayudar sin recibir nada a cambio, sin publicitar la ayuda, sin que tu mano derecha sepa que hizo tu mano izquierda.

Los sismos también han revelado la corrupción, ese mal que nos aqueja, como un cáncer que se combate de un lado y nos sale por el otro. En la Ciudad de México otra vez las edificaciones mal hechas con el fin de ahorrarse unos cuantos pesos.

En Oaxaca, Morelos y Puebla la queja es la misma, la ayuda no llega. En Oaxaca han pasado casi 20 días desde que la tierra nos sacudió con 8.2 de intensidad y hasta hoy la queja es la misma.

Ya lo decía mi abuela, cuando el río suena es que agua lleva. Y sí, la lluvia es hoy un terrible azote para quienes perdieron sus viviendas (casi 60 mil viviendas en Oaxaca). De todos los municipios istmeños el clamor en los últimos días ha sido el mismo: ¡Lonas, se necesitan lonas! Y después de una semana de intensas lluvias, nada, la respuesta oficial sigue ausente, la gente que vive a la intemperie se tiene que resguardar como puede.

Esa es la corrupción que azota Oaxaca, insufrible de verdad porque la ambición del poder, institucional o partidista, no tiene límite alguno. ¿A dónde se dirigen los tres o cuatro tráileres, cada uno con siete toneladas de acuerdo con los estándares de la SCT, que cada noche salen del gimnasio Ricardo Flores Magón? ¿Por qué la tanta gente sigue clamando lo mismo? En fin, no tenemos respuesta.

Cierto, la reconstrucción podría tardar muchos años, será parte de las letras chiquitas del contrato que firme quien gobierne México el próximo año, las mismas letras chiquitas que no leyó el gobernador Alejandro Murat sobre lo peligroso y riesgoso que es gobernar Oaxaca, como me decía una compañera recientemente.

Lo importante de este desastre es que nos muestra quiénes somos y definirá hacia dónde queremos ir. Y aunque muchos ya se frotan las manos pensando que tendrán el camino libre, hay un sentimiento real entre la ciudadanía, México solo se puede reconstruir con su ciudadanía, lo permite la ley; los otros, los políticos y sus partidos, han sido tan destructores como los sismos.

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