COLUMNASFlorencio Salazar Adame

La rebeldía de la voluntad

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Un barco impulsado por galeotes, y los hombres del partido eran los encargados de azotar a los remeros. Isaiah Berlin.

Florencio Salazar

SemMéxico. 02 de febrero 2021.- La poesía se abre paso entre los escombros, entre las murallas, entre los decretos que silencian a los intelectuales. Preparada para el momento, surge con fuerza coral dentro de una bóveda. Es así porque la poesía no exige lecturas de largas historias: es literatura y filosofía comprimida. Se prende, pues, a la memoria; sobre todo, al ánimo, al alma. Por eso se oye su voz necesaria.

Isaiah Berlin, fue a Moscú en 1945 para ocupar un puesto en la Embajada Británica. Advirtió que la guerra civil y el caos, no impidieron que siguiera “produciéndose un arte revolucionario de extraordinaria vitalidad”. Bajo el régimen estalinista, la mínima crítica era sancionada con el destierro a las heladas estepas siberianas, incluso con el asesinato, (no había garantías, juicio, nada que acreditara un acto mínimamente legal).

Fiel a toda dictadura, la estalinista veía en cada intelectual un opositor. Sus pasos eran seguidos, sus casas vigiladas, sus teléfonos intervenidos. Cualquier visita a un intelectual ruso causaba extrañeza en los cuerpos de seguridad. Era arriesgado, para un intelectual, recibir a un extranjero. Esto lo sabía bien Isaiah Berlín.

Pero el diplomático inglés era sobre todo un intelectual, uno de los pensadores contemporáneos de mayor hondura. Alentado por la sobresaliente figura de Boris Pasternak, Premio Nobel de Literatura y autor de una única novela: la célebre

El doctor Zhivago, fue a visitarlo a su dacha en septiembre de 1945. Los rusos que carecían de permiso para asistir a eventos públicos, obviamente estaban aislados. Aquella visita fue temeraria.

Como todo pensador profundo, Berlín, audaz en sus movimientos, era cauto con sus palabras. En su ensayo

El estudio adecuado de la humanidad (FCE, 2009, México), en 29 páginas de observación certera, el autor refiere la personalidad de Boris Pasternak, quien “hablaba como en grandes saltos; su empleo de las palabras era el más imaginativo que haya yo conocido; era extraño y sumamente conmovedor”.

El poeta ha viajado fuera de la URSS y a pesar de que le ha sido ofrecido asilo en Gran Bretaña, en donde viviría con desahogo y recibiría el reconocimiento de su obra, siempre vuelve a su patria. Lo hacía sabiendo que un poeta como él se exponía a caminar en la cuerda floja. Refiere Berlín la conversación con Pasternak cuando éste le dice haber recibido una llamada del propio Stalin, quien le preguntó si él –Pasternak– había estado presente cuando Mandel’shtam leyó una sátira y por la cual “finalmente fue muerto unos años después”. Pasternak no había sabido defenderlo.

En las conversaciones Berlín-Pasternak surgen nombres, delaciones, acusaciones de alta traición, ejecuciones. Refiere un caso patético: “Un hombre le pidió firmar una carta abierta, condenando al mariscal Tukhachevski. Cuando Pasternak se negó explicando su negativa, el hombre se echó a llorar, dijo que el poeta era el ser humano más noble y santo que había conocido, lo abrazó de la manera más ferviente, y luego se fue directo a la policía secreta y lo denunció”.

“Pasternak era el escritor más grande producido por Rusia durante décadas y sería destruido, como tantos otros, por el Estado. Ésta es una herencia del régimen zarista. Cualquiera que fueran las diferencias entre la antigua y la nueva Rusia, en ambas eran comunes la desconfianza y la persecución de escritores y artistas”. Varias de sus amigas poetas, vivieron con la angustia permanente de la detención, de la vigilancia, sin oportunidad al respiro.

La capacidad de Berlín para profundizar en la psique del interlocutor y relacionar a cabalidad con el entresijo del autor del poemario

Mi hermana la vida, ofrece la lectura de un tiempo de malvados, en el cual el poeta se yergue sobre la amenaza. Guardar silencio ante el tumulto de las barbaridades, nunca será consuelo. Ante todo el valor de la convicción; por ello, sus poemas se cantaban en las trincheras por anónimos soldados bolcheviques.

Boris Pasternak murió de cáncer en 1960, a la edad de 70. Poeta disidente, expulsado “con escándalo” de la Unión de Escritores, gremio oficial del Estado para la elaboración de la propaganda soviética. Gabriel García Márquez, escribe un artículo en

El País, el 18 de octubre de 1983.

Afirma el Nobel colombiano: “Le llevé flores a su tumba”.

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