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La traición al feminismo

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Desobediencia

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, Oaxaca, Oax. 9 de noviembre 2020.- La intolerancia no corresponde al feminismo; es con la intolerancia con la que debemos ser intolerantes.

Esa paradoja la estableció en 1945 el filósofo austriaco Karl Popper, revelando una vez más que los extremos se tocan: La tolerancia infinita, alcanza a la intolerancia cerrando un círculo.

De esa paradoja es actualmente presa el feminismo que hoy va por encima del principio de igualdad ante la Ley; del derecho a la presunción de inocencia y del derecho a un juicio justo cuando señala a un hombre como acosador sexual. ¿El feminismo puede permitirse esta contradicción totalitaria?

No puede, se traiciona. El principio de igualdad que le es inherente, se pervierte. El feminismo sí puede juzgar por encima de la Ley e infligir el castigo del descrédito bastando sólo su voz acusatoria y sin respetar el derecho a la presunción de inocencia.  Las mujeres con una denuncia en red de acoso sexual, acaban moralmente con la vida de un individuo.

Tan incorrecto es poner siempre en entredicho la voz de una mujer que denuncia, haciéndola sin más sospechosa, -si no es que culpable- de haber provocado el acoso varonil por como actúa, se viste, se expresa, se mueve; que su voz sea equivalente a un enunciado de verdad incuestionable. ¿Lo es siempre? ¿Sin matices? ¿Realmente las mujeres somos incapaces de la maquinación perversa u dolosa?

No siempre es verdad la veracidad de las mujeres, no tiene por qué serlo como dogma. Para el feminismo, en la correlación víctima-victimario, se debe presuponer una condición de honestidad dada por hecho de la primera. Es un exceso y es una temeridad.

A las víctimas, se les apoya porque lo son y el Estado tiene que responderles por eso; no porque sean virtuosas, son humanas.

La irrupción del movimiento Me Too por las redes en 2017, tuvo el acierto de lograr la visibilidad del acoso sexual como un problema público basado en la discriminación de las mujeres y que nos remite al conflicto entre los sexos.

La deriva de ese movimiento me parece peligrosa, porque ha colocado el conflicto como una guerra contra los hombres, basada además en un concepto tan gelatinoso como lo es el acoso sexual tal y como indiscriminadamente se usa hoy día para calificar todo tipo de acercamiento o manifestación de interés de los hombres hacia las mujeres. Incluso, es instrumento de denostación política en las esferas donde se disputa el poder.

Por acoso no sólo se entiende lo que tipifica la legislación mexicana para las situaciones que se generan en el espacio laboral o en el doméstico (muchas veces con complicidad u omisión maternal), sino una generalización que alcanza al espacio público entendiendo por acoso incluso al flirteo o al piropo y al albur. Esta molestia tiene su origen en la violencia que viven las mujeres en el espacio público que va de lo ofensivo a la agresión sexual y física; pero carece de definiciones y límites.

Estas posturas francamente tienen un tufo conservador que nos regresa a una situación en la que se pone en cuestión el libre ejercicio de la sexualidad.

Este retroceso se lo autoinflige el feminismo en esa deriva delirante de rechazo total a los hombres y a todo lo masculino.    

Las posturas separatistas o aquellas corrientes irreductibles que pretenden que los hombres son una suerte de plaga en extinción, son violentas y violatorias de derechos. Y debe denunciarse para empezar ante los ojos del mismo feminismo como una contradicción flagrante e inadmisible. Es decir que se amerita una reflexión autocrítica que no se permita la autocomplacencia de colocarnos como género, moralmente superiores a los hombres, que no los somos de ninguna manera.

El bache filosófico aquí consiste en reproducir la relación binaria entre los sexos como victimas-victimarios; cuando las mujeres tampoco estamos libradas por el hecho de serlo, de la ideología heteropatriarcal (no porque lo hetero sea condenable, sino porque no es universalizable) y sus constitutivas y sutiles violencias. No hay grupo humano, por radical que sea que pueda erigirse en puro factor de bondad social. Ni las mujeres, como grupo, ni las lesbianas en tanto tal, encarnan el bien abstracto.

Resulta que esa misma radicalidad que surge del legítimo enojo y hartazgo, no contribuye de ninguna manera a la pedagogía colectiva. No hay espacio para la transformación, porque ese feminismo se regodea en el aspaviento iracundo y se solaza en la banalidad de la reyerta.

El vuelco que significó el movimiento Me too para denunciar el acoso sexual como violencia, sobre todo por el efecto mediático de los casos de actrices denunciantes, ha trastocado al espíritu del feminismo que encuentra en la democracia una aspiración permanente y en la igualdad un principio irreductible para orientar a las reglas de la convivencia.

Mi feminismo tiene un doble horizonte: acabar con la amenaza sexual en todos los espacios; pero a la par e intensamente, reivindicar el derecho al placer sexual. Comienza por la reivindicación del derecho a la seducción.      

Traicionar al feminismo no consiste en acusar estos excesos, sino en solaparlos.

Trump es una ignominia humana. Gana el mundo por ello; no por la correlación de fuerzas geográfica. Día de muertos en época de cosecha y abundancia. Mi ritual solitario en Zaachila, sólo mis muertos y yo.

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