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La vulgar misoginia que nos atasca

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Rubí de María Gómez Campos.

Decir que un hombre es heterosexual implica solamente que él tiene relaciones sexuales exclusivamente con el sexo opuesto, o sea, mujeres. Todo o casi todo lo que es propio del amor, la mayoría de los hombres hetero lo reservan exclusivamente para otros hombres. Las personas que ellos admiran; respetan; adoran y veneran; honran; quienes ellos imitan, idolatran y con quienes cultivan vínculos más profundos; a quienes están dispuestos a enseñar y con quienes están dispuestos a aprender; aquellos cuyo respeto, admiración, reconocimiento, honra, reverencia y amor ellos desean: estos son, en su enorme mayoría, otros hombres. En sus relaciones con mujeres, lo que es visto como respeto es cortesía, generosidad o paternalismo; lo que es visto como honra es colocar a la mujer como en una campana de cristal. De las mujeres ellos quieren devoción, servidumbre y sexo.

Marilyn Frye, Politics of reality: Essays in feminist theory.

SemMéxico, Morelia, Michoacán, 24 de agosto, 2021.- Mientras las mujeres corren riesgo de muerte en lugares como Afganistán, donde las defensoras de derechos humanos son señaladas con manchas de pintura en las fachadas de sus casas, las artistas y deportistas tienen que huir y otras mujeres menos reconocidas se organizan y claman ayuda internacional para enfrentar al régimen asesino de los talibanes, en México y Latinoamérica se asesina silenciosamente a muchas mujeres en sus hogares, sin que se castigue a los responsables.

Mientras en Pakistán frecuentemente queman con ácido el rostro de mujeres que posteriormente tienen que seguir viviendo con sus victimarios —debido a que no se castiga a sus agresores y no les es fácil obtener empleo— y las celebraciones públicas, patrióticas y religiosas, dan lugar a desnudar a las pocas mujeres que se atreven a asistir a esos espacios, considerados sólo de varones, en México las autoridades responsables de combatir el flagelo de la violencia contra las mujeres se “placean” y hacen ostentación de su trayectoria política de ineficiencia.

Mientras en India se cometen agresiones sexuales sistemáticas, como violaciones tumultuarias y matrimonios de adultos con niñas (concertados por los progenitores), bajo la costumbre ancestral que se mantiene en muchas partes de su geografía a pesar de la creación reciente de leyes que lo prohíben, en Michoacán se deja huir a asesinos feminicidas plenamente identificados y se retrasan indefinidamente los procesos de sanción que deberían ser ejemplares para la erradicación de la violencia.

Mientras en Somalia abundan los crímenes contra las mujeres por “razones de honor” y se mantiene la práctica bárbara de la ablación del clítoris, con graves consecuencias de sufrimiento y complicaciones de salud que vuelven la vida de las mujeres una historia permanente de horror y de injusticia, en Morelia las mujeres jóvenes carecen de garantías de seguridad mínimas, que les permitan transitar libremente por las calles sin sufrir el riesgo permanente del acoso y, en los peores casos, la desaparición.

Mientras en Estados Unidos se ignoran o se matizan las causas de un alto numero de mujeres asesinadas por sus propias parejas y el incremento de asesinos seriales de mujeres, las autoridades universitarias de una de las primeras universidades de Latinoamérica (la Universidad Michoacana) se entretienen en copiar a ese país ideologías estéticas de auto-identificación subjetiva, sin enfrentar su responsabilidad ante los múltiples problemas que la desigualdad entre hombres y mujeres produce y multiplica.

Las agresiones sexuales, violaciones, la violencia feminicida, el acoso escolar y callejero consuetudinario, la violencia doméstica, los abusos de poder en el ámbito político y académico, la discriminación laboral, la impunidad ante los crímenes contra mujeres, el abuso del cuerpo de mujeres y niñas en actividades de comercio, trata y explotación sexual, son ignoradas por las autoridades de todos los niveles, mientras nos acercamos vertiginosamente a los estándares más altos de inhumanidad de un mundo en el que las mujeres aportan la mitad de los recursos humanos, pagan los mismos impuestos que los hombres, crean, desarrollan e innovan en el campo científico, artístico y deportivo, además de cuidar la descendencia y alimentar rayos de luz para el futuro.

Los recientes juegos olímpicos 2020 (llevados a cabo en 2021) dieron muestra (más que nunca) de las portentosas capacidades humanas que las y los deportistas representan. El rechazo de las voleibolistas y de algunas gimnastas a seguir usando trajes minúsculos, que exhiben innecesariamente partes de su cuerpo, mientras los varones usan ropa mas amplia, cómoda y adecuada para la actividad deportiva que realizan; el orgullo mostrado por un campeón de clavados por su orientación erótica y su hábitos manuales, considerados (en ciertos sectores sociales) como labores de mujeres; la valentía de una de las mejores gimnastas del mundo (quien, para colmo, fue violada por el entrenador que agravió a cientos de niñas) de anteponer su salud mental a su éxito deportivo, son un ejemplo deslumbrante de integridad humana, que todas las personas deberíamos aprender y emular.

Los años de inicio del siglo XXI han dado muestra de la importancia de cuidar la indemnidad de las mujeres, como lo demandaran las actrices hollywoodences que denunciaron el acoso sexual en la industria cinematográfica hace cuatro años. El movimiento social llamado “Me too” que las hermosas y talentosas actrices iniciaron con su valentía convocó a muchas mujeres de todo el mundo a denunciar a sus agresores, y logró el castigo de personajes tan sucios como poderosos del nivel de Harvey Weinstein, Jeffrey Epstein y el líder de la secta sexual NXIVM (que contaba con apoyos económicos y morales de grandes empresarias y hasta del Dalai Lama, además de operar con la simpatía, hoy reprimida, de personajes de la política mexicana).

Sin embargo las atrocidades que se cometen contra muchas mujeres aquí y en todo el mundo se siguen perpetrando, mientras la mayoría de las personas desconocen la importancia del movimiento social y político del feminismo —que dio lugar a estas mínimas transformaciones— y las autoridades de todas partes ignoran el profundo valor de la teoría feminista, que orienta esos procesos de construcción de justicia, que las mujeres, como seres humanos, merecemos.

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