Bellas y AirosasCOLUMNASElvira Hernández Carballido

Laureana Wright, nuestra inspiración periodística

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BELLAS Y AIROSAS

Elvira Hernández Carballido

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 7 de julio, 2021.-Laureana Wright González, nació el 4 de julio de 1846, en Taxco, Guerrero. Encontrarme con ella marcó mi vida para siempre.

En 1981 entré a estudiar a la UNAM en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, algo ya se revolvía en mi alma cuando levantaba la mano en alguna clase para preguntar por la presencia de las mujeres en la historia del periodismo mexicano. Nadie, no hay ninguna, siguiente pregunta, Carballido ya deja de preguntar eso, hay que necia, no había ninguna que igualara a Francisco Zarco o a Filomeno Mata, entiende caray, protestaban profesores y amigos.

Hasta que mi querida Florence Toussaint nos obligó a estudiar en su clase la prensa del siglo XIX. Qué flojera, ir a la Hemeroteca a ensuciarte las manos revisando esos periódicos amarillentos. Y para mi mala suerte, me tocó analizar una publicación llamada “El Tiempo” fundada por un señor llamado Victoriano Agüeros. Y al encontrar sus datos, ¡sorpresa! Ese hombre colaboró en el semanario “El correo de las señoras”. ¡Había periódicos para público femenino! Entonces, tenía que haber periodistas mujeres en esa época.

Mi maestra adorada me motiva, búscalas, y las encuentro, no solamente donde escribió ese periodista, también me topo con “Las Hijas del Anáhuac”, “El Álbum de la Mujer” y, mi favorita desde el primer día que la consulté, “Violetas del Anáhuac”, fundada por Laureana Wright González.

Durante los dos años que circuló esa publicación, 1887-1889, se abrió un verdadero paraíso para las mexicanas que deseaban escribir, bien dieron en su primer editorial titulado ¡Aquí estamos!:

“Venimos al estadio de la prensa a llenar una necesidad: la de instruirnos y propagar la fe que nos inspiran las ciencias y las artes.

La mujer contemporánea quiere abandonar para siempre el limbo de la ignorancia y con las alas levantadas desea llegar a las regiones de la luz y la verdad.”

Me conmoví profundamente con ese texto, con cada página, ellas escribieron sobre la educación de las mujeres, su emancipación y denunciaron la violencia que se vivía en esos tiempos. Publicaron poemas, ensayos de los más variados temas, desde los meteoros hasta la situación del teatro nacional. Mujeres de otros estados de la república mandaban sus colaboraciones como la hizo Rosa Navarro desde Jalisco. Las portadas eran bellos retratos de mujeres mexicanas, mujeres que precisamente Laureana, fundadora y directora de “Violetas del Anáhuac”, publicaba sus semblanzas.

Ella afirmó que uno de sus mayores intereses al escribir en el semanario era dar a conocer la vida de aquellas mujeres de nuestro país “notables por su ilustración, por sus adelantos o por sus cualidades morales”.

Así pues, insertó alrededor de 18 semblanzas durante 1888.  El primer personaje femenino biografiado fue la esposa del presidente de la República, Doña Carmen Romero Rubio de Díaz. En esta primera biografía, quizá por el renombre de la primera dama de ese tiempo, comenzó con una justificación, la periodista no quería ser tachada de aduladora o interesada, así, en los dos primeros párrafos, de manera sutil declaró que por un acto de justicia al mérito y a las bellas virtudes de la señora Díaz había decidido presentar su semblanza y no por su alta posición social.

“Esta aplicada señora desde sus más tiernos años reveló un carácter bondadoso y afable y una constancia y amor al estudio, que unidos a la esmerada educación que recibió de sus sabios maestros…bien pronto hicieron fructificar las brillantes facultades de su inteligencia, desarrollando en ella una vasta y variada instrucción, realzada por su exquisita modestia y su natural sencillez. Al llegar a la pubertad la inteligente discípula terminó su aprendizaje, poseía a la perfección los idiomas inglés y francés había dominado la música y el canto y ejecutaba varias delicadas labores de aguja, especialmente las de bordados. Era ya, en fin, una cumplida señorita.”

Recuperó la historia de Sor Juana Inés de la Cruz, Isabel Prieto de Landazuri, Dolores Guerrero, Esther Tapia y Gertrudis Tenorio Zavala. De varias profesoras, entre ellas Micaela Hernández que estableció en Querétaro una escuela de instrucción primaria y secundaria, así como una academia de música, una imprenta y una encuadernación para mujeres. Sobre la gran Angela Peralta y su voz privilegiada.

Una de sus semblanzas que más me gusta es la que hizo sobre la primera mujer que estudió medicina en México, Matilde P. Montoya ya que valoró todo el esfuerzo y la manera en que esa mujer enfrentó prejuicios y discriminación:

“Difícil la tarea sería la de enumerar las diversas versiones injuriosas que se propalaban por todas partes contra esta virtuosa neófita de la ciencia, durante los largos años de sus estudios; por lo que sólo mencionaremos y desmentiremos una sola de las acusaciones gratuitas que se le lanzaron y que es la de declararla ausente de todo pudor, haciendo circular la especie de que asistía al anfiteatro con todos sus condiscípulos y que trabajaba sobre cadáveres desnudos, lo cual es absolutamente falso; pues este fue de los grandes escollos que tuvo que vencer habiendo conseguido, aunque con gran trabajo, que el Director de la Escuela permitiera que los cadáveres se cubriesen convenientemente, cuando tenía que asistir a las clases, y cuando la materia que se iba a tratar era de tal naturaleza, que se exigía que el cadáver permaneciese descubierto, los mismos alumnos le avisaban y no asistía a clase, sino que esperaba a que todos se retiraran para encerrarse sola en el anfiteatro y hacer sus estudios sin testigos”.

          El segundo texto es el que escribió sobre Agustina Ramírez de Rodríguez. No ofreció datos biográficos de Doña Agustina, simplemente mencionó que esta mujer había perdido tanto a sus doce hijos como a su marido en la guerra de Intervención y que la legislatura del Estado tardó más de quince años en determinar cuál sería la cantidad precisa de dinero que merecía la señora como pensión, según lo estipulado por la ley. En el transcurso de ese tiempo Doña Agustina vivió en la miseria total y cuando por fin los legisladores concedieron ofrecerle lo que a su parecer era lo justo, la mujer ya no pudo disfrutarlo porque estaba a punto de morir.  

Esas semblanzas y otras que escribió después fueron publicadas en el libro “Mujeres notables mexicanas”, desgraciadamente ya de manera póstuma, pues Laureana murió en 1896.

Al consultar “Violetas del Anáhuac”, ahora en consulta digital gracias a la Hemeroteca Nacional, puede observarse el dominio de Laureana en una gran variedad de temas, aunque en estos últimos días han circulado pequeños carteles que recuperan datos biográficos donde señalan erróneamente que abordó el sufragio femenino, tema que al menos en el semanario de 1887 nunca abordó. Sin embargo, sí ofreció una postura sobre Jesucristo, a quien más que el hijo de Dios, lo vio como un político, un demócrata y un reformador. Considero que uno de los primeros análisis sobre la situación del periodismo nacional lo hizo ella en un ensayo con excelentes datos sobre el número de diarios que circulaban en esa época, sus líneas editoriales y hasta su ética periodística. Hizo referencia al materialismo y a la historia de México, crónicas de viajes y poemas.

Las colaboradoras la querían y respetaban, la veían como su maestra e inspiración. Me encanta la anécdota cuando a escondidas decidieron hacer una semblanza de Laureana y destacar también su trayectoria.

“Bien sabemos que la señora Kleinhans, que no posee una modestia artificial, va a mortificarse verdaderamente; ella nos había advertido con toda sinceridad que no se hablara de su persona en nuestra publicación. Pero, nuestro caballeroso editor apoyó nuestra idea y hemos decidido engalanar este número con el retrato y la biografía de nuestra estimada Laureanita. Ya que ella se ha distinguido por sus atrevidos rasgos y por sus filosóficas conclusiones, cualidades que, si en un hombre son aplaudibles, en una mujer son título bastante para engrandecerla”.      

Considerada en este siglo XXI precursora del feminismo mexicano publicó dos ensayos significativos “La emancipación de la mujer” y “Educación errónea de la mujer y medios prácticos para corregirla, los cuales gracias a la doctora María de Lourdes Alvarado ahora pueden leerse y cuyo libro está línea. Por supuesto, yo me quedo con el texto que Laureana publicó en 1893, titulado la “Mujer perfecta”, que sintetiza su postura y su apuesta por la mujer mexicana que deseaba construir en su utopía:

Lo mismo que se le priva del libro, del telescopio y del botiquín, se le priva de la cámara fotográfica, del burril y de la vara de medir, quedándoles solo como representación humana la maternidad, como representación social la subyugación ante el hombre, como elementos de distracción y de trabajo el tocador, la aguja, la cocina.

Delante de tal desequilibrio y de tanta usurpación, la mujer perfecta, hasta donde puede serlo nuestra raza, será la que tomándose los derechos y los recursos que indebidamente se le niegan, se levante de la inutilidad en que vegeta, la que sea digna de las altas misiones a que puede hallarse obligada, la que sea capaz de dirigir por si sola al puerto de salvación la frágil embarcación de su porvenir, la que lo mismo sepa ser esposa que socia; mecer la cuna del tierno infante y educar el párvulo, que formar al adulto conforme a la razón y a la ciencia; la que lo mismo sepa invertir el capital del marido según la profesión u oficio que posea, y la que, en fin, extendiendo la alegría, la moral y la virtud del hogar a la sociedad entera, lo mismo sepa dar lucimiento a una soirée con distinción y gracia, que asistir a una asociación filantrópica, mutualista, progresista o cívica.

¿Qué necesita la mujer para llegar a esta perfección?

Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y, sobre todo, amor a sí misma y a su sexo para trabajar por él, para rescatarlo de los últimos restos de la esclavitud que por inercia conserva.

Laureana Wright.

“La mujer perfecta”.

El correo de las señoras, 5 de junio de 1893.

Laureanita querida, gracias por estar en mi vida desde que escribí mi tesis en 1986. ¡Feliz cumpleaños!

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