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Se han movilizado y unido fuerzas tremendas, el sol, la luna, las estrellas, los rayos, que toda voluntad te ha puesto en su punto de mira. Sándor Márai

Por: Florencio Salazar Adame

SemMéxico. 16 de junio 2020.- No imagino tu cuerpo menudo encerrado en un catafalco. No alcanzo a comprender como, de pronto, la energía de tus manos estalló en tu cabeza. Hay mucho de incomprensible en el hecho de haber pasado al silencio inviolable. Tus manos hacen retoñar los árboles, devolver vida a los troncos y a las ramas secas, iluminar las hojas; de ellas emergen las huellas de los páramos. Punzar el cobre o la madera para vaciar lo que tus ojos han visto,  hablar con el lenguaje de la imaginación. Eres creación al tocar el bosque.

No imagino tu silencio definitivo. Cálida la conversación, cultas las palabras, con esos gestos de sorpresa que empequeñecen aún más tus ojos, contraen tu rostro y vuelven  a su estado natural una vez dichas dos o tres cosas de risa o de reclamo. Largas conversaciones sobre proyectos de grabados y libros. O por la nostalgia grupal de los años.

No imagino tus oídos cubiertos de nada. Aquellos discos de 33rpm que escuchabas en la pequeña biblioteca universitaria; sitio donde custodiabas y distribuías el acervo para atender el afán de los estudiantes. Sinfonías, oberturas… Libros de filosofía, literatura, poesía… Toda esa música y las muchas lecturas las dejaste fluir en tu obra gráfica, en tu voz. Titulada en Filosofía y Letras, siempre sobresaliente, entiendes al ser, su entorno, sus angustias y afanes, y lo interpretas.

No te imagino inerme. Sorprende tu partida, educada como eres, sin voltear siquiera. ¿Qué rayo fulminante? ¿qué piedras desprendidas? ¿qué hacha brutal? ¿qué espada brillante? ¿qué daga imperceptible? ¿qué alfileres montoneros? ¿en dónde estabas? ¿qué hacías?  ¿cuáles fueron tus miradas, tus pensamientos últimos? Ella tiene muchos modos de arribar: abrupta, a trote, de larga amenaza, mediante aviso, descalza… Había más arena en tu reloj y se vació estrellado.

No imagino vacías de ti las calles de Zacatecas. Me guiaste en los museos de Coronel, Pedro Goitia, Felguérez. Me llevaste a la casa de Poncho Monreal y a la Galería de Irma Valeria, que exhibía obra  tuya. En el taller  Julio Ruelas el maestro Alejandro Nava te enseñaba los secretos del grabado. Ahí me mostraste buriles, láminas, tórculos, ácidos y barnices. Entonces entendí la fuerza de tus manos; se hicieron poderosas para domar al hierro y al zinc y exigirles la reproducción de tus diseños, de tus sueños y trasladarlos con sus tintas del duro material al papel sedoso.

No imagino tu tenacidad desfallecida. Muros de ciudades, nuestras y extranjeras, acogieron tu obra. La exitosa exposición en la XXII Feria Internacional del Libro de Bogotá (2009), en la que México fue invitado de honor. Enseguida la Expo Zubillaga recorrió Colombia: Medellín, Cartagena, Cali, Santa Martha, Barranquilla, Ipiales, Ibagué y no sé cuántas más para terminar extraviada en los laberintos de la burocracia de nuestra Embajada, cuando yo estaba de vuelta en México. Gestiones y promesas de devolución fueron saliva. Me alivia suponer el interés despertado, pero eso no quita que hurtaron tu trabajo.

Te reconocieron con el Premio José Guadalupe Posadas de Aguascalientes y la Medalla Juan Ruiz de Alarcón del gobierno de Guerrero. Grabados tuyos forman parte de diversos libros de arte. Eres trabajadora incansable, enseñando, aprendiendo, moviendo el universo de las estrellas vegetales.

El virus impidió presentar el libro ¿Dónde está el perfume del árbol más reciente? junto con la exposición gráfica en Nicaragua y España, invitados por las embajadoras Carmen Moreno y Roberta Lujous. También quedó pendiente Zacatecas, Chilpancingo, Ciudad de México, Oaxaca, Guadalajara, Colima… Sin tu compañía, apenas en un pisa y corre, lo llevé a Bogotá. Las librerías En un lugar de la Mancha, estaban listas para su venta. Libros, raíces esperando salir al aire puro.

No imagino como podría haberse publicado sin ti ¿Dónde está el perfume del árbol más reciente? libro de arte que hiciste sin concesión ni tregua. Celosa del diseño, del mínimo detalle, de su calidad. Motivo de discusiones, lo sé, estériles. Seleccionaste el formato, el papel, la tipografía, los colores; estuviste como leona al cuidado de la edición. Lo patrocinaron el Instituto Zacatecano de la Cultura, la Universidad Autónoma de Guerrero y la Tertulia Literaria de Gloria Luz Gutiérrez de Bogotá. Obtuviste la presentación de Sofía Gamboa y Alberto Ruy Sánchez. Entusiasta, me dijiste que había una propuesta para una edición bilingüe en Italia; en eso estábamos. Y estamos en la publicación de tus poemas; los tuyos, poeta discreta, poeta.

Sobre las ilustraciones del libro con acierto dice Sofía Gamboa: “Leticia recoge troncos, ramas, hojas y raíces, trozos de vigorosas cortezas ya fracturadas”, porque “ella pinta imágenes, y ambos generan mieles, aceites para la salud, para avivar el aliento mientras se aspiran bálsamos”, pues es “Perfume de dos dispuestos en muchas manos, sonrisa, suspiros”.

Y Alberto Ruy Sánchez: “La fuerza expresiva del arte de Leticia Zubillaga es fiel a esta paradójica verdad natural y, más aún, nos permite verla, sentirla, tocarla con los ojos. Y si nos acercamos lo suficiente, nuestra imaginación y nuestra memoria, nos permite olerla. Para comprender la lengua de los árboles y trasmitirnos su experiencia, la artista tuvo que reinventarla en sus términos”.

No imagino tu ausencia. En donde estoy obra tuya está conmigo. Conservo la edición completa de tus primeros monotipos. Esas flores y macetas de pequeño formato que son vivo jardín; imperceptibles vuelan tus libélulas emblemáticas. Conservo las piedras de río, pulidas y redondas; y el jaguar de jade del tamaño de la punta del meñique. Oriunda de Chilpancingo, seguirás a la sombra del Cerro de la Bufa conversando con los tuyos.

Imagino el momento en Nínive cuando el misterio te dictó el poema: “Busca/ el alma completarse/ se abre despacio/ a la luz de lo infinito/  y va tomando todos mis sentidos…/ percibo entonces/ el agua que circula/ acaricia/ y arrebata”.

Te imagino, Leticia, como agua. Te transformas y llenas la vida.

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