Bellas y AirosasCOLUMNASElvira Hernández Carballido

Maestra, no está sola

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BELLAS Y AIROSAS

Elvira Hernández Carballido

SemMéxico. Pachuca, Hidalgo. 25 de abril 2021.- Y en el grupo de inmediato buscaron ayuda. Descubrieron que su profesora era humana. La palparon tan desprotegida. Seguramente la impotencia les hizo apretar los puños, maldecir con toda su alma. Demostraron el gran respeto que le tenía, denunciado lo ocurrido. Se dieron cuenta que lo importante no es juzgar, sino ayudar. Advirtieron que la violencia puede estar más cerca de lo que imaginaron.

Supongo que en esa clase virtual estarían como cada chico y cada chica que conozco porque también soy maestra, quizá poniendo atención, tal vez con otras pantallas abiertas para ver el Facebook o con el celular jugando a compartir mensajes irreverentes. Posiblemente estaban en algún rincón de la casa para tener la privacidad que el confinamiento les quitó. Tal vez estaban pidiéndoles a su mamá, que desde la cocina gritaba qué deseaban de cenar, bajar la voz porque la buena señora todavía no comprende la importancia del silencio mientras se está en clase virtual. Quizá la hermana los apuraba a desocupar pronto la única computadora que hay en casa, pues debía hacer la tarea. A lo mejor sí ponían atención a la clase de inglés, a veces entretenida, a veces demasiado sencilla. ¿Quién no va a distinguir que la mujer de la lámina trae un vestido yellow y no un vestido pink? A punto de responder con esa sonrisa de satisfacción, con ese gesto de obviedad, con ese desgano natural de una adolescencia cansada del confinamiento, con esa ilusión de regresar otra vez al salón, desconocen esa voz de la enseñanza, esa voz que orienta y corrige, que motiva e inspira.

¿Pensarían en el mismo tono que ahora surgen nuestras maldiciones? ¿Sentirían ese discreto nudo en la garganta para no llorar? ¿Llorarían como ahora lo hago yo? ¿Le gritarían a su mamá para sentirse menos frágiles? ¿Tomarían con decisión el teléfono para pedir ayuda? ¿Compartirían la escena para denunciar, para sacudirnos, para comprender lo grave de un acto de violencia machista?

Entonces empiezo a bendecirlos porque este acto cruel, quitó muchas corazas de indiferencia. Me conmueve que la reacción haya sido denunciar, no revictimizar, no señalar, no burlarse, no callar. Me identifico con ese miedo de que tus alumnas y tus alumnos se decepcionen de la vida cuando sabes lo difícil que es, pero no quieres desmotivarlos. Quizá por eso, pese a los golpes e insultos, lo que esa maestra quiere es cortar la clase. Que no se escuche su fragilidad ni su pánico. Que no descubran que hay gente mala, machos crueles, tipos basura, sin corazón.

Pero sus alumnos no se decepcionan, pero sus alumnas no se asustan, saben que no hay mayor fuerza que la denuncia, comprenden que una mujer violentada necesita ayuda no señalamientos, que su maestra es humana y ahora necesita de su fuerza.

Los segundos se hacen eternos, qué ganas de cruzar al otro lado de la pantalla y detener esa agresión. Qué ganas de romper todo, de provocar mil gritos. De activar una tecla para paralizar al agresor. De sombrear ese vestido amarillo y convertirlo en una cuerda para escapar por siempre de ese lugar. De engarzar palabras para convertirlas en escudos protectores. De que esa viñeta sea falsa, que la escena que no vemos fuera una estúpida representación como en la televisión.

Pero cada estudiante de esa clase inglés no cierra los ojos, no le cambia de canal, no apaga la computadora, saben que la gente debe enterarse de esa agresión, que la violencia existe, que la violencia no es un invento, y quieren ayudar a su profesora y lo hacen al compartirnos ese momento y unirnos en una protesta.

Entonces, afuera de la escuela, afuera de la casa de su profesora empiezan a pegar carteles: ¡Maestra, no está sola! Me uno a sus gritos, aunque mi voz se quiebra, aunque las lágrimas me ahogan, aunque el dolor es tan inmenso.

Su maestra sigue siendo su maestra, pero la reconocen mujer, humana, frágil, pero sin victimizarla. Y se acercan a ella para brindarle su ayuda, para compartirle la fuerza que el miedo ha debilitado, para contagiarle el coraje que un pánico ciego, confundido con amor o debilidad ha impedido que se aleje de ese hombre.

Maestra, eres fuerte. Maestra, para la violencia no hay tolerancia. Maestra, tú vales mucho. Maestra, alza la voz. Maestra, sé la heroína de esta historia. Maestra, no está sola. Y sí, maestra no está sola.

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