Mujeres

Mimunt. El velo islámico: ¿Empoderamiento, cultura, libre elección u otra herramienta de opresión patriarcal?

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Arussi Unda

SemMéxico/LaCostillaRota, Ciudad de México, 23 de septiembre del 2022.- Quisiera contarles un poco de Mimunt Hamido Yahia, cómo la he conocido y lo que ella tan amablemente me ha compartido acerca de sus vivencias, experiencias y conocimientos. Es una mujer con una manera de expresarse tan certera y fuerte, que al encontrarla en Twitter no tuve que leerla mucho para mandarle un mensaje directo y para pedirle que fuera la primera mujer a la que entrevisto. Rápidamente concretamos una cita para encontrarnos en una videollamada. Entre su tarde y mi mañana, se consumieron varios cigarrillos mientras hablábamos de los debates y conversaciones que se han generado tras lo que ocurre en Afganistán y por supuesto, de feminismo, nuestro idioma universal.

Originaria de Melilla, una ciudad española al noroeste de África, fue criada en el seno de una familia musulmana, estricta y religiosa. Apátrida, porque en aquel tiempo de la dictadura franquista, no ser cristiano significaba no ser reconocido como español. Al cumplir 13 años, su familia decide que era momento de retirarla de la escuela para empezar a atender las labores del hogar y prepararse para ser la esposa de un buen musulmán, y aunque logró convencerlos a los 16 de volver a estudiar en un bachillerato nocturno, un par de años bastaron para decidir tomar una maleta y fugarse a la península de España y así tener una posibilidad de crear su propio destino, uno distinto al que habían planeado para ella.

Ya pasaron 41 años de ese día, y confiesa no haberse imaginado que hoy siga siendo una realidad por la que siguen pasando tantas niñas, jóvenes y mujeres. Pero eso, en sus palabras, es lo que la lleva a no agotarse en su activismo y a decidir escribir su libro “No nos taparán“, un ensayo que denuncia al patriarcado en contextos islámicos, que se une a las voces de muchas otras mujeres musulmanas que por años han decidido valientemente hacer públicas sus críticas sociales y culturales, empezando por un elemento clave: El velo.

El velo islámico: ¿Empoderamiento, cultura, libre elección u otra herramienta de opresión patriarcal?

Y es que el uso del velo ha encendido las redes sociales, no tan curiosamente discutir este tema trae otra fobia de la mano, que al parecer también habita mayoritariamente en la mente de las mujeres, en especial de las que cuestionan y critican esta prenda tan cargada de significados. Mimunt me cuenta que hasta hace poco el discurso dominante era ese, que el velo había que respetarlo, un discurso que ella describe como muy occidental y que se está extendiendo peligrosamente a Sudamérica. Y es que mientras mujeres que vienen de contextos musulmanes están luchando ahí para quitarse el hijab o la burka, en Europa se les está diciendo que es una identidad, que empodera y que no respetarlo corresponde una intolerancia conservadora inaceptable. Suena familiar, ¿cierto?

Aunque Mimunt se crio en el Islam, se considera contraria a todas las religiones y es atea, me comparte que no todas las personas sabemos que ser musulmán es algo que no se puede apostatar y que hacerlo representa penas en muchos países del mundo, en el suyo por ejemplo es la cárcel, en otros la muerte -pública, además-, remata. Hay muchas cosas que no sabemos, pero ella me hace ver que en realidad no es tan difícil de entender. Y tiene razón. Nuestra conversación rápidamente se convirtió en un ejercicio de sentido común, como feministas y como defensoras de los derechos de las mujeres.

“¿Por qué mujeres que se dicen feministas nos están diciendo a mujeres que vivimos en contextos musulmanes, a mujeres que viven en Argelia, Túnez, Egipto o Marruecos, que no tenemos la razón, que tenemos que respetar nuestra cultura? Imagínate que yo venga y te diga a ti, que seguramente estás bautizada católica -creas o no creas, lo practiques o no- que tienes que respetar lo que mande el cura de tu pueblo, que si tienes que usar una falda larga, lo hagas. Y encima, decir que eso es feminista. Si no tiene sentido ahí, ¿por qué lo hacen con nosotras?”

Mimunt, defiende que la violencia no tiene que atravesarte el cuerpo para poderla denunciar y hacerle frente, así como ella ha denunciado los feminicidios en México sin ser mexicana, las latinas no tenemos que esperar a tener una burka encima para defender los derechos de las mujeres y el feminismo, porque esto no cambia dependiendo donde vivas: Es universal y pensar lo contrario viene con un mensaje de racismo implícito. No son ellas y nosotras, somos todas: las mujeres.

“Si yo no he permitido que el patriarcado me dicte lo que tengo que ponerme, cómo me tengo que comportar, qué reglas morales tengo que seguir, ¿por qué le digo a otras mujeres que sí tienen que respetar lo que les dicta el patriarcado?”. Entonces se me viene a la mente el grave problema de “matrimonios infantiles” en Guerrero, donde familias intercambian a sus hijas por bienes para casarlas con hombres mayores, y cómo el debate de los usos y costumbres en los pueblos originarios se acerca a este tema. ¿Nos quieren hacer pensar que los derechos humanos solo son para algunas y “el buenismo” lo facilita?

Para Mimunt, está claro que el velo -llámese burka, hijab o niqab- uniforma a todas las mujeres que lo portan. “El patriarcado islámico pretende que todas las mujeres sean una sola mujer: la suya”, sentencia. Es el uniforme que el patriarcado impone y como patriarcado que es, lo hará con sus trampas, por eso hay mujeres que dicen elegirlo libremente. Pero el feminismo sabe, o debe saber, lo que hay detrás del mito de la libre elección. ¿De dónde vienen esas elecciones? ¿Por qué los hombres no enfrentan esas elecciones? Elegir ser una mala mujer o una buena mujer, una que acata las normas o una que no lo hace, con todo lo que eso implica. Cuestionar es la base del análisis feminista, pero hacerse las preguntas correctas es un reto al que nos enfrentamos.

El eterno “divide y vencerás”

La clara estrategia que al patriarcado le ha funcionado desde la invención de la rueda, pasó de dividirnos con la enemistad histórica entre mujeres -que aún no nos sacudimos por completo- a los múltiples feminismos que persiguen múltiples agendas y se contraponen entre sí. El 52 por ciento de la población mundial se vuelve a fragmentar defendiendo al individuo y no al colectivo, curiosamente siendo esta una postura liberal que por definición pertenece a la centro-derecha que todas dicen rechazar, y ese individuo puede no corresponder siquiera al sujeto político del feminismo: las costumbres de los hombres, las religiones de los hombres, las identidades de los hombres, el sistema de los hombres. A los hombres.

Podría estar todo el día escribiendo las reflexiones que, Mimunt, puso sobre la mesa en nuestra plática de poco más de una hora, pero esta entrada terminaría siendo tan larga como una tesis doctoral, así que terminaré compartiéndoles una realidad que me ha mostrado y me estremeció profundamente: la pandemia lleva ya casi dos años y la desesperación que causa el confinamiento ha sido un tema constante. No nos hemos detenido a pensar que el encierro es la vida de millones de mujeres en otra parte del mundo, todos los días, desde siempre. Con pandemia o sin ella. Mujeres a las que el sol nunca les toca la piel, privadas de todos sus beneficios, pues cuando salen custodiadas por un hombre una gruesa capa de tela las cubre; bloquea su vista, la deteriora por el esfuerzo de cuidar sus pasos entre esas pequeñas rendijas. Una cárcel andante que los hombres crearon por el delito de ser mujer, la misma cárcel que se extiende por todo el mundo cambiando de forma, pero no de fondo.

“El opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los oprimidos”, es una frase de Simone de Beauvoir y una invitación a todas las feministas a que abramos bien los ojos para no ser cómplices involuntarias del sistema que condena a las mujeres a lo que nos lastima, nos limita, nos somete, nos anula. Abramos los ojos, los oídos y después la boca, para seguir cuestionando, criticando, exigiendo y denunciando. Porque eso es lo que le da miedo al patriarcado y por eso crea tantos velos -ya sea de forma literal o simbólica- para taparnos esa visión feminista que con tanta urgencia necesitamos.

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