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Ahora siguen las elecciones…en los EE.UU.

• No se esperan grandes cambios

Natalia Vidales

SemMéxico, 5 octubre 2018.- Los eventos más importantes para México del próximo mes de noviembre (el día 6) son las elecciones “midterm” (de medio mandato presidencial) en los Estados Unidos, y luego la firma del nuevo tratado comercial de América del Norte (el 28 o el 29, en la puritita víspera de la toma de protesta de AMLO como presidente constitucional).

EE.UU. elegirá a todos los (435) diputados y renovará a un tercio (35) de los senadores; así como a dos tercios (36) de las y los gobernadores, y a miles en otros cargos (alcaldes, concejales, comisarios, fiscales, etcétera) a todo lo largo, ancho y ultramarino de su territorio.

Allá (a diferencia de acá en México) no se esperan grandes cambios por las próximas elecciones, como tampoco ha sucedido en las anteriores. Desde su Constitución Política del siglo XVIII (la más antigua y permanente del mundo), se fijaron las reglas inamovibles de la nación y desde entonces han estado vigentes las mismas normas, sin duda, debido a su simplicidad: se trata de siete artículos contenidos en tres y media páginas; y de un listado de 27 adiciones que se han ido agregando a lo largo del tiempo (añadiendo derechos ciudadanos).  

En México, en cambio (y perdonando la odiosa comparación) lo esperamos todo de cada nuevo gobierno o de los cambios a nuestra Constitución (casi 700 reformas a sus 136 artículos y solo intocados 22). Por cierto, el presidente más modificador en toda la historia, ha sido Peña Nieto, con 147, sin que ello haya significado mejora alguna para la ciudadanía (se espera que AMLO no solo lo supere en reformas, para no quedarse atrás de aquel, sino que además creará otra Carta Magna que ya anunció: la Constitución Moral de México.

Pero, en realidad, tanto en los EE.UU., como aquí en México el margen de maniobra del gobierno para los grandes cambios es muy limitado, y para muchos es incluso innecesario (se trata, dicen, de crecer a partir de lo que ya existe, el famoso cumplir las leyes que tenemos antes que inventar otras). En ambos países, como en la mayoría de todos los demás, hay condiciones previas (sobradas y probadas) que guían todo lo demás: la forma de gobierno y los poderes públicos; los derechos humanos; las garantías sociales; etcétera, que no se pueden cambiar a menos que sobrevenga una revolución o un golpe de estado que las sustituya desde sus cimientos. La libre empresa y los derechos civiles, por ejemplos, no son asuntos en que difieran los republicanos o los demócratas: quien gane las elecciones se sujetará a ellos por un pacto con el pueblo, mayor que sus partidos políticos.

Acá AMLO mismo ya aceptó el nuevo Tratado de Libre Comercio (que había jurado no necesitar). E intentará –Fox no pudo, no quiso o no o dejaron— redireccionar el presupuesto para intentar abatir la pobreza –es cierto- pero sin mayor riqueza solo podrá aliviarse un poco. Y así.

Las elecciones nunca han servido para cambiar diametralmente las cosas, sino para poner a otras personas al mando y ver qué hacen. Los cambios de gobiernos tanto en los EE.UU. como en México, no se traducen en diferencias reales: Trump (¡Trump!)  quiso anular el TLC y solo logró modificarlo un tanto; quiso construir el muro y tampoco, con todo y su mayoría actual en el Congreso; y, pese a su intención y escándalo, ha deportado a menos inmigrantes que el demócrata de Obama.

Y menos logros obtendrá a partir de noviembre, en que históricamente los norteamericanos  suelen quitarle esa mayoría a sus mandatarios en el “midterm” electoral.  

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