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Peña Nieto gana puntos… ¿ya para qué?

• Prepara un acto apoteótico de entrega-recepción

Natalia Vidales

SemMéxico, 31 agosto 2018.- En otra de las cosas inéditas de la política nacional en  éstos nuevos tiempos –mejores quien sabe todavía–, al final de su sexenio, el presidente Enrique Peña Nieto está siendo un poco mejor calificado que hace apenas unas semanas cuando su popularidad era menor al 20 %. Lo habitual es que los mandatarios salientes terminen sus gestiones a la baja ante la opinión pública precisamente por el desgaste a lo largo de sus administraciones o, como ocurría tiempo más atrás por las crisis de finales de sexenio.

Según un sondeo recién realizado Peña Nieto ha incrementado casi un 10 %, para acercarse al 30 % en la aceptación de la gente. La especie se atribuye a su comportamiento luego de aceptar el resultado de las elecciones; de quedar en claro, reconocido y casi agradecido por el propio AMLO que no intervino en las mismas;  de reunirse en buen plan con él; y de prepararse para una sucesión de terciopelo.

Muy diferentes a los casos de, por ejemplos, los expresidnetes Salinas de Gortari, de Felipe Calderón (quien entró y salió por la puerta trasera del Congreso tras protestar el cargo) y del mismo Peña Nieto, en medio de aireados reclamos de la oposición.

Hoy, no: todo será en orden y en medio de aplausos generales, e incluso se prepara un acto apoteótico de entrega-recepción de la bandera nacional el próximo primero de Diciembre.

Se dirá, y con razón, que el enorme triunfo de AMLO hizo imposible cualquier intento de fraude y que, en consecuencia no se le debe nada. Pero el propio gesto de López Obrador dándole ese reconocimiento le traslada a Peña Nieto –se le pega– algo de la fama del tabasqueño a quien, por lo visto,  le sobra para repartir.  

Peña Nieto empezó su sexenio con un índice superior al 50% de agrado, pero lo fue perdiendo a partir del segundo año de gobierno  empezando con el escándalo de la Casa Blanca y luego lo de Ayotzinapa, la matanza en San Fernando en  Tamaulipas, el fracaso de la guerra contra el narco, la pobreza, la reforma fiscal y  la inseguridad,  que fueron empañando las reformas estructurales de principio del sexenio, hasta llegar al imperdonable gasolinazo del año pasado (y que como buen palo ni Dios lo quita, porque AMLO no bajará el precio de los combustibles, el del gas doméstico incluido). Pero ahora por su buen comportamiento ante la sucesión, se le abonan algunos puntos  (sin olvidar la entrevista reciente  en que reconoce errores e incluso piden perdón a quienes haya agraviado, en un acto de contrición que siempre despierta simpatías). 

Donde es más difícil que se le perdone nada es en el PRI, porque de menos a más se está juzgando que su gestión en el gobierno y la imposición de un candidato presidencial ajeno al partido cavaron la tumba electoral del tricolor, quien pasó del primero al tercer sitio.

Se ha querido distraer la atención culpando al PAN del triunfo de AMLO, cuando fue Peña Nieto quien le pavimentó el camino a Los Pinos no solo por la declive de su gobierno,  sino por el ataque que desde la PGR promovió en contra del candidato blanquiazul, de donde surge el nombre de PRIMOR (el PRI y MORENA juntos en el gobierno).  

El PRI en realidad no morirá desde el momento en que fue el germen primero del PRD y después de MORENA, a donde fue a retoñar,  bastando para acreditarlo el hecho de que el propio AMLO, proviene del tricolor (aunque de eso nadie hoy quiere acordarse y quien lo haga pobre de él), y  Bartlett, Muñoz Ledo, Ovalle,  Romo, Durazo y demás  quienes hoy están en la primera línea del nuevo gobierno, también.

Pese al desastre del régimen de Peña Nieto, terminará “bien”, en el “tocador” arreglándose con AMLO,  en una de esas cosas inéditas (aunque perfectamente explicables, como lo apuntamos aquí) que están sucediendo. Todo, claro, por el bien de México.

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