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LAS FEMINISTAS Y “EL PRÍNCIPE”

Segunda Parte

Inés Castro Apreza

SemMéxico. Chiapas. 17de septiembre de 2019.- Es septiembre. Estamos solas.

Una joven de 25 años es víctima de abuso sexual por un policía preventivo en la colonia Morelos de la Ciudad de México. En Santiago Tlacotepec una mujer fue encontrada muerta con las manos atadas en un lote baldío. Los cuerpos de una mujer en Almoloya de Juárez y los de otras dos adultas en un fraccionamiento privado en Ciudad Juárez, se sumaron a los feminicidios últimos.

En un mismo día, en Chiapas, dos niñas fueron asesinadas con herbicidas por sus propios familiares; una niña de seis años es raptada y asesinada y una mujer adulta, quemada en su domicilio presuntamente por su esposo.

Son algunas de las estampas de septiembre. Justo el mes del informe presidencial y  de las llamadas fiestas patrias.

Según un recuento difundido, el presidente Andrés Manuel López Obrador mencionó en su tercer informe presidencial la palabra “mujeres” una sola vez. Una sola vez. Un informe del más alto nivel, por lo demás, escrito en clave masculina, en un contexto donde el feminismo y las feministas han alzado sus voces en los espacios públicos. No sólo en México, sino en toda América Latina.

Un contexto donde los mismos funcionarios públicos, una y otra vez, dibujan de lenguaje machista sus acciones como tal, esto es, aquellas que derivan de su investidura en la administración pública.

El último caso, también en este septiembre, fue el de José Manuel Mireles, subdelegado médico del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado, quien habló con desdén y lenguaje injurioso contra las mujeres. El presidente en su mañanera sólo comentó al respecto, a pregunta expresa, que había que “perdonarlo”. Él, Mireles, solícito, prometió tomar talleres de género y presumió de haberlo hecho días después de los dos incidentes públicos en los que se vio envuelto. “Pirujas” y “nalguita” fueron las palabras que dirigió a las mujeres.

Perdón por aquí, perdón por allá, amnistía acullá: eso nos pide el presidente de la república.

Las mujeres no merecemos justicia ni mención siquiera en un informe del más alto nivel: el presidencial. ¿Cómo interpretarlo?

Estamos solas.

Porque no basta ya con hacer aparecer como un triunfo del principio de paridad de género (me refiero a la Cámara de Senadores y la Cámara de Diputados) lo que, en realidad, hay a su lado o detrás de sí: una pugna entre hombres de partido o facciones partidarias.

Porque no basta ya con simular la paridad, cuando detrás de ella siguen siendo hombres quienes llevan la conducción de gobierno. Tal como ocurre en Chiapas en varias de las presidencias municipales de los Altos y de otras regiones.

Si la representación descriptiva, numérica, es importante per se, ahora urge la representación sustantiva. ¿Quiénes representan a las mujeres?

La representación política seguirá en debate interminable porque nada garantiza que mujeres por el hecho de ser mujeres representen a otras. En medio del pluralismo político, además, una mujer (de “centro” o de “derecha”) puede oponerse a los objetivos y las luchas que las feministas hemos llevado a cabo en México por lo menos desde los años setenta del siglo XX.

Tanto frente a las violencias contra las mujeres y los feminicidios no basta, pues, tener mujeres en cargos de elección popular y toma de decisiones. Han de ser mujeres con trayectorias sociopolíticas probadas; han de ser mujeres feministas si queremos soluciones reales  a las problemáticas que vivimos hoy por hoy.

No basta incluso la llamada “agenda de género”, no sólo porque los hombres pueden enarbolarla y por tal vía correr el riesgo de echar reversa a la paridad de género porque lo importante es eso, la agenda de género y no el sexo de quien la impulse. No basta porque la política institucional tiene que abrirse a mujeres con experiencia y trayectoria probadas. Tiene que abrirse a las feministas.

Y además, las feministas en cargos de elección popular y toma de decisiones han de contar con presupuestos. Porque sin recursos no es posible impulsar políticas ni programas de fondo orientados a mujeres.

La política ya no puede ser solamente virtud y fortuna, citando a El Príncipe de Maquiavelo. Ningún discurso oficial serio puede pronunciarse en clave masculina, sin un lenguaje incluyente. Ningún gobierno serio puede simplemente sugerir “el perdón” frente a las violencias masculinas.

La “política de la presencia” –como la llama la teórica feminista Anne Phillips- obliga a la representación descriptiva: género y etnia, género y raza, los ejes centrales (no únicos). El otro gran ausente, precisamente, en el tercer informe de gobierno de Andrés Manuel López Obrador: los pueblos originarios.

La política de la presencia, sin embargo, también ha de derivar, ya mismo, en la representación sustantiva. Y más allá.

Más mujeres con trayectorias sociales y políticas probadas en cargos de elección popular y toma de decisiones.

Más mujeres feministas.

Más presupuestos.

¿Estamos solas?

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