Mujer y PoderNatalia Vidales

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El Lustro de Ayotzinapa

Natalia Vidales Rodríguez

SemMéxico. 27 de septiembre 2019.- Los Lustros en la Roma antigua –que se celebraban cada cinco años y de ahí el término actual— era una costumbre  que tenía por objeto limpiar,  renovarse  mediante una serie de ritos y ceremoniales para dar paso a lo purificado (acá en México le llamaríamos sexenio, por aquello de que cada Presidente cree que llegó para  partir  los montes).

Así, la investigación sobre los homicidios de los 43 normalistas de Ayotzinapa, se iniciará “de cero”, dando por hecho de que todo lo descubierto anteriormente  sobre el caso  está corrompido.

Pero ¿qué pregunta de los deudos de los estudiantes no ha sido ya contestada hasta lo ministerialmente posible?: Pasó que los jóvenes fueron secuestrados, asesinados, incinerados y sus  restos arrojados al Río San Juan en las cercanías de un basurero de Cocula para hacerlos desaparecer.

Pero los padres de los jóvenes piden que les regresen a  sus hijos vivos, tal y como se los llevaron, lo cual es imposible, y, a sabiendas,  el actual gobierno alimenta irresponsablemente la  vana esperanza  de que eso suceda.     

La ley señala, por cierto,  que, en un caso como ese, tras dos años de la desaparición de una persona ha de tenérsele por presuntamente muerta.  

Y es paradójico que el gobierno se refiera a los parientes de los desaparecidos como deudos, mientras  éstos elevan la petición de que “si vivos se los llevaron, vivos los queremos”. La esperanza de los padres ha sido avivada por el nuevo régimen, aunque todo indica que el tema  se limitará en realidad a culpar a los responsables de la investigación del sexenio pasado,  para saciar,  de alguna manera,  aquella legítima exigencia de Justicia,  mezclándola con lo espurio de exhibir al gobierno anterior como incapaz  (una obsesión que ya no provoca ninguna reacción de la ciudadanía porque ahora la responsabilidad es del nuevo régimen).  

Lo elemental ya está probado:  que los jóvenes fueron secuestrados, asesinados, incinerados y sus restos arrojados a un río,  por el grupo Guerrero Unidos,  apoyados por policías municipales de Iguala, en el Estado de Guerrero, al haber sido señalados como miembros de la banda rival Los Rojos, en hechos  derivados luego de que el alcalde, José Luis Abarca,  ordenara la intercepción del autobús en que viajaban suponiendo que llegaban  a  boicotear,  al día siguiente,  un evento de su esposa, María de los Ángeles Pineda, directora del DIF municipal ( hoy ambos presos), cuando en realidad  ahí solo iban de paso a la CDMX para estar presentes en la conmemoración del ´68.  

Pero ese resultado ministerial –producto  de testimonios de  participantes  en los hechos, de peritajes, exámenes y demás–  simplemente no es aceptado por los familiares de los jóvenes, porque, y  como es muy frecuente en los casos de las desapariciones, no se aceptan los hechos por el pesar que significan y suele  construirse una realidad diferente.

Ni la versión  del padre Alejandro Solalinde (sacerdote  de cabecera del Presidente López Obrador),  de que uno de los criminales le confesó sacramentalmente que así ocurrieron las cosas; ni la localización de restos óseos en el basurero de uno de ellos, Alexander Mora Venancio; ni el hecho de que en el    enfrentamiento inicial  con la policía, al ser interceptados,  murieron seis personas, entre ellos tres normalistas,  25 más resultaron heridas y los  43 estudiantes entregados a la banda de criminales; nada de ello  ha convencido a los deudos. Y menos ocurrirá mientras el gobierno les siga dando falsas esperanzas y que solo  alargará el periodo de aceptación de la realidad  (“la única verdad histórica es que no hay verdad”, dijo el nuevo encargado de las investigaciones, Alejandro Encinas, reanimando ya no la esperanza de los deudos sino solo su fe ciega).

Es la realidad –no las entelequias del actual gobierno–    la que lleva a  la resignación: de haber operado normalmente el proceso de duelo, hoy, por  el tiempo transcurrido,  ya le hubiera restado  un tanto de dolor  a la pérdida, dándose paso  al recuerdo del ser querido ya desprovisto de la ira, la negación y demás períodos tanatológicos.

Lo que hoy requieren los deudos es confortación para  dar esos pasos aceptando los hechos; pero el gobierno les remueve la herida y, así, permanecen  atrapados sin salida.

Todas las personas hemos pasado por momentos de duelo y hemos creído no poder superar la tristeza o el coraje, pero,  como escribió Séneca,  el Tiempo es un Dios que todo lo cura, que le va quitando  el ingrediente de dolor y dejando limpio  al recuerdo.  Sin embargo,  es menester aceptar  la presunción de la muerte, en este caso la desaparición definitiva de  los jóvenes  (dado los hechos) para que empiece a correr ese tiempo.

De otra manera serán rehenes de un gobierno que aprovecha también esta ocasión para decir que él purificará los hechos, como ocurría en la Roma antigua cada Lustro.

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