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Las reporteras, los reporteros y el presidente

Salvador Camarena

SemMéxico. 29 de octubre 2019.- Las reporteras y los reporteros son latosxs, impertinentes, metiches, preguntones, insistentes. Muchos se prohíben decir una mentira al reportear, pero de vez en cuando, para ganar una noticia, se comen parte de la verdad si eso les hará cumplir con su deber, que es llevar información a la sociedad. Saben que lo único que no hay en su profesión es un buen pretexto para justificar el haber perdido una nota.

En medio de una asignación, las reporteras y los reporteros duermen donde caiga, comen lo que les den y/o encuentren, a menudo aguantan 24 horas, y más, sin dormir para transmitir sus notas.

Ahora hay computadoras y celulares e internet; y ahora, muchas veces, se puede transmitir cuando y donde sea. Pero dos décadas atrás, desde rudimentarias cabinas telefónicas los periodistas dictaban su información de corridito a un capturista –muchas veces otro reportero(a)—, asegurando poner de inmediato los datos y el estilo indispensables, sabedores de que los editores machetearían (machetearíamos, quimosabi) sus renglones sin misericordia “porque mandaste mucho”. Apenas terminaban de dictar, se iban corriendo a la siguiente cobertura.

Pero la tecnología no ha alivianado el trabajo, lo ha incrementado: antes de finalizar un evento, hoy los reporteros de raza ya redactaron varios párrafos para mandarlos a su portal, pueden entrar al aire de inmediato, dan bullets para un gráfico, cortan audios y/o videos para las redes… y todavía siguen en el evento.

Si para cientos de reporteras y reporteros mexicanos no hay límites ni barreras a la hora de perseguir la nota, ¿qué tan cierto es que el Estado Mexicano, así con mayúsculas, es incapaz –alegando cuestiones de “austeridad”– de garantizar a la prensa la logística adecuada para el ejercicio de su profesión, que no es otra que el deber de informar, cuando cubre las giras del presidente Andrés Manuel López Obrador?

Una decena de colegas pueden contar, algunos con heridas graves pero vivos todos, que el sábado derrapó el transporte que les consiguió la Presidencia de la República para seguir la visita de AMLO a Sonora.

Eso me faltó decirlo. Reporteras y reporteros asumen riesgos que gente sensata encontraría de locura. Pero volvamos: la camioneta que transportaba a periodistas falló ese día. Ya había fallado y ya había sido reportada. Yo no creo en los accidentes, pero digamos que en una de esas hubo falla mecánica imprevisible, o circunstancia en el camino realmente azarosa (acá en cambio se habla de, al menos, velocidad imprudente y mantenimiento deficiente).

Pasado el susto, con un nivel raquítico de empatía, López Obrador pretende zafarse de su responsabilidad al advertir que si las reporteras y los reporteros encuentran inseguro seguirle el ritmo, que se queden en casa, y que los medios lo cubran mediante corresponsales.

Quien como candidato le diera la vuelta al país varias veces sabe que así como no hay cobertura telefónica en todo el territorio nacional, tampoco existe medio en México –salvo acaso una televisora– que tenga desplegada una buena red de corresponsales.

Yo he sido reportero pocas veces, y editor muchísimas. Envidio el temple, agudeza, ánimo, rapidez de reflejos, aguante, capacidad, inteligencia y arrojo de las reporteras y los reporteros. Y lamento las reacciones pueriles que la Presidencia de la República ha tenido frente a un percance que salió barato, pero que de ninguna manera podemos darnos el lujo que la próxima vez salga más caro.

Parte del mandato de cualquier titular del Ejecutivo en nuestro país es hacer guardar el ejercicio del derecho a informar y de ser informados. Al Presidente le toca generar esas condiciones. Ello incluye una logística, eficiente y segura. No necesariamente gratuita, pero sí a precios razonables para los medios profesionales. Paleros están bien en la Fórmula 1. O no están bien, pero ese es otro tema.

Si esta administración renuncia a garantizar que la prensa haga su trabajo, en giras y en otros ámbitos, será por comodina marrullería: mejor para el Presidente que nadie más que los suyos le vean, mejor para el mandatario que nadie crítico le observe, narre sus giras, detecte el humor de la gente, en las buenas y en las malas.

La prensa es una lata para los gobernantes. Una lata saludable; y parte de la obligación de cualquier gobierno es que los periodistas gocen condiciones, adecuadas y seguras, para trabajar. No es ni una graciosa concesión del poder, ni un gasto superfluo (hubo abusos, si persisten que se castiguen, pero ese sambenito ya no debe servir de espantapájaros).

Con un gasto público razonable en transporte y logística, las empresas de los periodistas pueden poner la parte de los costos que les correspondan. Es, en todo caso, una buena inversión del dinero de los mexicanos. Porque es un derecho democrático y el gobierno de López Obrador prometió un cambio… democrático.

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