DesobedienciaOlimpia Flores Ortiz

Desobediencia

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Encuentro con lo insondable

* ¿De qué está hecho el cielo?

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 12 de marzo 2020.- Un día de mi infancia, antes de entrar a la primaria, descubrí el cielo, es decir me fijé en él. Aún vivíamos en aquel condominio con un amplio oasis verde en la parte de atrás donde jugábamos mis hermanos y yo, en el departamento 7 de Avenida Centenario 16 en Coyoacán, justo frente al jardín en donde al fondo se erige la churrigueresca Basílica de San Juan Bautista.

Y digo que descubrí el cielo, porque aquella bóveda celeste del paisaje, me parecía una constante dada por hecho. Pero aquel día, echada sobre el pasto boca arriba abrazando a mi muñeca, -debo haber tenido máximo cinco años- percibí lo insondable: Entre más indagara en la bóveda con pretensión de acercarla, más misteriosa y más inalcanzable. ¿De qué está hecho el cielo?

Nunca ninguna narración mágico-religiosa de mis primeros adoctrinamientos había obrado en mí descubriéndome una realidad insondable e indescifrable. Una certeza acerca de lo incierto, imposible de desconocer. Está allí, por siempre, como una constante de la gran pregunta. ¿Qué hay en el más allá? ¿Hay un atrás o más arriba del cielo en donde podamos encontrar a lo divino o tal vez a lo extraterrestre? ¿Por qué el cielo es inasible? ¿Dónde empieza y acaba todo? El cielo está y no está.

Mirar al cielo y topar con la sensación de lo infinito. Lo no tangible pero presente. El deseo de perpetuar el instante de la contemplación, la primera apreciación estética de la vida.

De pronto todo adquiría unidad, el olor del pasto, la sensación del vientecillo en mi cara, y el cielo que entre más mirado más difuso; una sensación física del pertenecer a un Todo indescriptible.

Así fue mi primera noción de embriaguez de los sentidos percibiéndolo todo; siendo parte de ese todo, dichosa de ser regalándome un placer sereno y humilde ante la incógnita.

De ese trance me sacó abruptamente un gañán, primo mayor que me arrebató mi muñeca y la destrozó torciéndole el cuello. Fechoría que su madre, hermana de la mía, celebró a carcajadas. Hasta la fecha es un gañán y un pusilánime y su madre lo avaló hasta morir. Esa también fue una experiencia primordial.

En la vida el máximo placer se acompaña inevitablemente del máximo dolor, porque siempre hay desprendimiento.

Y los gañanes siguen apareciendo.

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