DesobedienciaOlimpia Flores Ortiz

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El nuevo paisaje. La excepción normalizada

* En el permanente estado de guerra, se es sujeto de sospecha

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 26 de marzo 2020.- Tiempos del mundo en el que la organización de la vida y la del Estado están imbuidas de la cuestión de la seguridad y sus técnicas de gobierno. Seguridad relativa a la desigualdad, al crimen y a la violencia generalizada; la seguridad de las fronteras ante la migración masiva; y ahora la seguridad con respecto a la pandemia del Covid 19.

Un permanente estado de excepción del derecho público por medio del acto político que lo suspende. Un vacío entre el orden jurídico y la vida.

Hace ya tiempo que el Estado de Excepción perdió su excepcionalidad. Sin intervalos entre las unas y las otras razones que lo motivan es ya condición permanente.

Hoy se vive en un permanente estado de crisis política en la que priva un estado de excepción que se presenta a sí mismo como una forma legal de lo que de suyo es ilegal y que se justifica a partir de una necesidad. Y así, el estado de excepción ha devenido en estado de normalidad.

En el permanente estado de guerra, se es sujeto de sospecha. Se diluye la fuerza de la ciudadanía, se habita en una situación ambigua en la que los individuos carecen de un estatuto jurídico: “la nuda vida encuentra su máxima indeterminación” (J.Butler) El estado de excepción no constituye en sí un derecho especial, sino una suspensión de tal.

La política, el derecho y la vida, rehenes de la inseguridad como condición de estos tres factores, han renunciado a su autonomía y a su articulación, hacia una anormalidad normalizada.

El Estado de excepción se convierte así en la ausencia de derecho y exceso de la política que cautivan a la vida humana. Es ahora el modelo de control social que se instrumenta para gestionar la vida de todos y todas en una tabla rasa, sin distinción.

La Ley, aparece ahora sin el carácter místico que la dota de fuerza, para ser pura fuerza desnuda, arbitraria y omnipresente.

La paradoja de que el Estado mantenga la vigencia de la norma a través dela suspensión de la misma. La norma se suspende y esta suspensión se vuelve norma. Estamos una vez más ante la vieja falacia de lo excluyente que nunca queda fuera, sino incluido: el Estado de Excepción que “garantiza” por necesidad al Estado de Derecho. Y es en esta indeterminación en donde acontece la vida.

En el Estado de Excepción normalizado, se adopta a la necropolítica como el método decantador de los segmentos poblacionales que vivirán o morirán. Concepto que utiliza Achille Membe, para aludir a una nueva soberanía en la que son los actores internacionales quienes determinan el merecimiento de la vida y de la muerte, atendiendo a criterios estrictamente económicos.

Persecución de jóvenes de las periferias metropolitanas criminalizados, hasta su desaparición y exterminio, es la gentrificación sin oportunidad ni destino. El feminicidio como fenómeno social extendido que manifiesta crudamente el desconcierto masculino y la división social que se resiste a hacer suya la igualdad de las mujeres y sus derechos inherentes, nada más; las disidencias sexuales que se atreven a cuestionar el statu quo binario patriarcal, en la que solo debieran caber los muy hombres y las muy femeninas; campesinos y comunidades indígenas, víctimas de despojo de sus tierras y de los recursos naturales abandonadas a las inclemencias del desorden climático que la avidez depredadora y antropocentrista del capitalismo ha vuelto tierras yertas o regalo para las industrias extractivas. Población desempleada, desgranada del mito del empleo que sólo ofrece la informalidad sobresaturada trabajada mayoritariamente por las mujeres. Comunidades víctimas del acecho criminal desplazadas, que migran y ya no detentan ciudadanía alguna, ni arraigo ni tampoco humanidad. Y ahora, con esta pandemia que nos ha borrado el horizonte, el grupo desechable es el de la gente vieja y enferma a la que no vale la pena salvar; en este incurro y me resisto a vivirme vieja y enferma. El cinismo descarnado de la necropolítica que usurpa el poder de vida y de muerte.

 Sin pudor alguno se expresa como decisión supranacional el dar paso a una selectividad de prioridades en función de las potencialidades productivas de los seres humanos.

En este tiempo de Covid 19, se aplica la eugenesia tácita colectiva porque hoy se trata de que sobrevivan los más aptos.

Vivimos en la plena era de la abolición de facto de los derechos humanos. Las libertades se socaban. No hay derecho a la movilidad, nadie puede ejercer su libre albedrío, se espera y se sobrevive, sin horizonte dibujado.

Es el aislamiento en conectividad una fase superior del individualismo. No importa quiénes viven en la casa de junto. La etiqueta de hoy dicta que no te tocas y no te abrazas ni te reúnes ni paseas por las calles ni te sientas en los parques. Sólo puedes dedicarte a la sobrevivencia básica y la mínima movilidad que ello requiere.

El mundo, tu mundo de pronto sólo es virtual. Todo afecto circula por el inefable espacio de la red.  

La ilusión cibernética que nos ofrece otras formas de vida, pero que realmente la suplantan.

Nos hacemos a la idea de que no hay ausencia en la conectividad. Despliegas tu ingenio para avivar los vínculos y que no se los gane el letargo.

La comunidad ha sido diluida y con ello la política. No ha lugar al discernimiento plural, sólo hay unicidad, porque no hay modo de una ejecución colectiva de las decisiones comunes.

El reduccionismo del lenguaje que captura el mensaje en un críptico y limitado formato banaliza todo acontecimiento. Perdemos la capacidad de nombrar; perdemos la elocuencia. Ya no se tocan las almas entren sí.  A nadie respiro y nadie me respira. No hay posibilidad de la conspiración que es conjunción de las respiraciones.

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