Dulce María Sauri Riancho

Gran acuerdo nacional

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De la periferia al centro

Por: Dulce María Sauri Riancho

SemMéxico. Mérida, Yucatán. 22 de abril 2020.- ¡Unidad! ¡Acuerdo! En los últimos días estas dos exigencias han dominado el escenario público. ¿Es posible conformar un acuerdo nacional para enfrentarse a la pandemia del Covid-19? Salta de inmediato la respuesta: además de posible, resulta indispensable.

Desafortunadamente, de las palabras a los hechos ha habido un gran trecho.

En la misma conferencia mañanera el presidente de la República hace el llamado a la unidad y descalifica a sus posibles interlocutores. Otros relevantes actores políticos, como son los gobernadores, plantean la necesidad de revisar el pacto fiscal. Demanda justa, sin duda, pero difícil de atender en la situación de emergencia a que nos enfrentamos.

El Consejo Coordinador Empresarial presentó su propuesta de programa de emergencia, después de que el presidente López Obrador ignoró la mayoría de sus aportaciones.

Cada estado de la República trata de sobrellevar la situación de la mejor manera posible, librados a sus propias fuerzas y con sus limitados recursos. Ante esta situación, ¿quién o quiénes podrían convocar a este gran acuerdo de unidad?

La historia reciente señala que, en tiempos de crisis, ha sido la voz del presidente de la República y la voluntad de su gobierno la base sobre la cual se han realizado las negociaciones que culminan con acuerdos básicos y propuestas concretas para lograr los objetivos comprometidos. Así sucedió en 1987, cuando la inflación desbocada y el nulo crecimiento económico, acompañados de la tragedia del sismo de 1985, dio origen al Pacto de Solidaridad Económica, que sumó al gobierno, a las organizaciones sindicales y empresariales.

En 2012, el Pacto por México fue construido mediante una negociación desarrollada por el presidente electo, y dado a conocer al iniciar su mandato el 1º de diciembre de 2012. La suma de los partidos políticos, organizaciones empresariales y gobierno hizo posible la conformación de una agenda legislativa que propició un conjunto de cambios de gran impacto en diversos órdenes de la vida nacional.

La experiencia acumulada comienza a hacer agua en 2020. El presidente López Obrador, en una extraña decisión para un hombre de izquierda, ha adoptado el más rancio “dejar hacer, dejar pasar”, marginando al gobierno federal del papel protagónico en la conducción de la emergencia nacional.

En lenguaje llano, López Obrador se ha conducido como un fiel seguidor del neoliberalismo más rancio, ese que reclama dejar al Estado reducido a mero espectador del desempeño de las fuerzas del mercado, para entenderse —eso sí— con aquellas que sobrevivan a la debacle.

Una especie de “selección natural de las especies”, en este caso, empresas y empleos, haciendo a un lado la fuerza y los recursos del gobierno para apoyarlas en este tránsito. Los días pasan y cada vez se percibe más difícil que el Ejecutivo federal reconsidere su posición y asuma su papel como promotor de un acuerdo de unidad nacional frente a la pandemia.

Ante esta realidad, las opciones son sencillas: quedarse rumiando la tristeza mientras las personas y las familias sufren, y todo aquello que hemos construido y logrado en décadas de esfuerzo se venga abajo, o encontrar nuevos caminos que nos lleven a escenarios inéditos, lejos de experiencias previas y de la centralidad de la figura presidencial para construir acuerdos de gran calado.

Surge entonces una tercera pregunta: ¿es posible conformar un acuerdo de unidad nacional sin que el presidente de la República sea la fuerza que lo impulse? La experiencia nacional muestra que, sin la voluntad presidencial, nada se movía. El centro, es decir, el presidente y su gabinete, iniciaban las negociaciones con sindicatos, empresarios y más recientemente, a partir de 1988, con las oposiciones partidistas.

Después se sumaban gobernadores y grupos de interés de las distintas regiones del país. Ante la actitud neoliberal del presidente López Obrador, algunas acciones de estos últimos días apuntan a que lo imposible de imaginar, la terca realidad lo haga posible: la periferia, es decir, desde los estados, gobierno, agrupaciones sociales y empresariales se han organizado para trazar una estrategia que les permita enfrentarse a la situación con los recursos disponibles.

En las 32 entidades federativas, sus gobernador@s y congresos, con el apoyo de sus conciudadanos, han tomado decisiones por delante de las determinaciones federales para afrontar los aspectos sanitarios de la pandemia. Siguen luchando para atender las más urgentes necesidades de equipamiento, instalaciones hospitalarias, profesionales de la salud y personal de apoyo, en tanto aplican programas para amortiguar la falta de ingresos y la pérdida de empleos en numerosas familias.

Basta dar un vistazo al listado de las medidas adoptadas por cada estado de la República desde marzo pasado para percatarse de que no esperaron al “gran benefactor” presidencial y que procedieron a realizar las acciones necesarias, incluso algunas más allá de sus posibilidades legales y materiales.

En palabras del presidente del Consejo Coordinador Empresarial: “Comenzar ‘a una mano’ a escribir un Gran Acuerdo Nacional que refleje: Unión, Organización y Objetivos comunes”. O del llamado al “Diálogo Nacional” que realizaron legislador@s de cuatro partidos políticos representados en la Cámara de Diputados.

En el mismo sentido se han manifestado distinguidos personajes de la vida pública nacional, clamando por la urgente necesidad de sumar voluntades. Nadie pretende desconocer la importancia de la presencia y participación del presidente de la República y de los recursos de que dispone el gobierno federal. Las puertas están abiertas para su incorporación, sólo que el impulso inicial ya surgió en la periferia del sistema, en el seno de una sociedad civil que parecía desdibujada después del 1º de julio de 2018.

Por el bien de México, sigo esperando que López Obrador se sume. A diferencia de sus antecesores, ya no tendrá el liderazgo, porque lo habrá cedido a la sociedad que, ante el vacío de su presencia, decidió ser protagonista de su propio destino.

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