DesobedienciaOlimpia Flores Ortiz

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Los umbrales que pisamos

Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 8 de junio, 2020.- La primera noticia que tuve sobre el anarquismo, fue leyendo a los 11 años, la novela de G. K. Chesterton, El Hombre que fue Jueves, en la que describe así a su personaje Lucian Gregory:

“—El artista es uno con el anarquista; son términos intercambiables. El anarquista es un artista. Artista es el que lanza una bomba, porque todo lo sacrifica a un supremo instante; para él es más un relámpago deslumbrador, el estruendo de una detonación perfecta, que los vulgares cuerpos de unos cuantos policías sin contorno definido. El artista niega todo gobierno, acaba con toda convención. Sólo el desorden place al poeta. De otra suerte, la cosa más poética del mundo sería nuestro tranvía subterráneo.”

Con esa novela me quedó representado el anarquismo por un personaje inglés de la transición del siglo XIX al XX, romántico, de cabellos revueltos, vestido de traje negro, camisa blanca y una rosa roja en el ojal del saco. Y violento.

En estricto sentido, toda filosofía, teoría, persona o movimiento que luche en contra del poder establecido y por abolir el Estado, incurre dentro de la categoría de anarquista, como dice la sentencia de Pierre-Joseph Proudhon “sin amo ni soberano”.

El llamado anarquismo de hoy, viene a resultar en expresiones rabiosas en contra del poder del Estado, Y sus razones tienen. Me precio en Oaxaca de la amistad con alguno que otro que así se identifica, yo que me reconozco en las teorías de la filosofía francesa para desmenuzar el poder y gozo hablar con ellos. Son entrañables, solidarios entre sí, -practican el intercambio- en permanente condición de sobrevivencia y no necesariamente son personas proclives a la violencia, pero la usan como recurso político, su vandalismo es una acción política decidida. Y tienen causas, les atraviesan las disidencias sexuales, el feminismo, el movimiento indígena en contra de las industrias extractivistas, y son jóvenes, a veces muy jóvenes con una visión descarnada y una actitud desafiante; ellos no enarbolan demandas, acusan la farsa y muestran su rechazo, se desmarcan de la esfera del Estado y transgreden su Ley. Viven permanentemente persecución, violencia y asesinato. No esperan nada del aparato, al que le espetan su perversidad estructural y su corrupción, no sólo su ineficacia e insuficiencia en la operación del gobierno. Y son finas personas estos vándalos anarquistas, de eso doy fe.

El debate entre las posiciones respecto de la coerción mediante castigo para cumplir con las ordenanzas sanitarias o apelar a la responsabilidad ciudadana, ha tenido su punto álgido con el asesinato de Giovanni. No importa ya aclarar si fue cierto que el hecho de no traer cubreboca provocó la reacción extrema de los policías. La especie ha sido sembrada y entonces el argumento del señalamiento dice que ha sido consecuencia de la amenaza de castigo que ha dado poder a la policía sobre la gente. Mientras la otra parte sostiene que es respetuosa de la autonomía de las personas y de los derechos humanos y las libertades. Se trata de una querella entre la élite política del momento, en medio como fichas del juego los derechos humanos y la población. Fue evidente, ninguna parte salió limpia de los sucesos de la semana dejando ver las bambalinas políticas. En Guadalajara y en la Ciudad de México, se presentaron los desmanes, la represión, el exceso policíaco y las mismas interrogantes, ¿quiénes y con qué intenciones?

 No tiene ningún sentido pronunciarse a favor o en contra de los personajes involucrados.

En cambio, si es lo nuestro ocuparnos de la perspectiva de país post pandemia. De las elecciones del 2021 para alcanzar un equilibrio entre las fuerzas sin propuesta pero que permitan ventilar el aire.  Y pensemos también en el derecho de manifestación masiva en la calle.

Demócratas de larga data de pronto están por la necesidad de la sanción para que la gente se ordene, Ante el pensamiento mágico, la necesidad, y la irresponsabilidad, ponderan que es necesario endurecer las medidas si se pretende detener a la pandemia. Y no tengo más que sentirme tentada a conceder. Pero esta excepción se normalizará. El Estado de Excepción hace rato que se naturaliza antes de legalizarse. Se sienta un precedente que acompañará a la promisoria nueva normalidad que nos ofrece el régimen actual.

En el mundo, en todos los continentes, ya se está dando una tendencia de los Estados hacia adoptar leyes que socaban los derechos civiles y políticos.

El feminismo de hoy, demostró su fuerza en las convocatorias del 8, la marcha masiva y el 9 de marzo, el paro nacional de mujeres. Es el feminismo del relevo generacional; es el de las mujeres nacidas el siglo XXI. Su fuerza está en la calle. Pero el derecho de manifestación ha pasado a estar en entredicho. Los artículos sexto Constitucional, de la manifestación de las ideas y el noveno, del derecho de reunión aún y cuando se trate de demandas a la autoridad, se ponderarán, en razón del derecho a la vida que resulta un bien mayor a defender ante el riesgo de contagio que no sabemos cuándo podrá ser superado. ¿Cómo recuperar la calle? En España, ni aunque se marche en automóviles.

Cuando recae en la policía la función soberana del Estado, según Giorgio Agamben en su libro “Medios sin fin, notas sobre política”, dice que “Las razones de ´orden público´ y ´seguridad´ sobre las que en cada caso particular debe decidir, configuran una zona de indiferencia entre violencia y derecho que es exactamente simétrica a la de la soberanía.”  El derecho de ´policía´ –dice Walter Benjamin en cita en el mismo libro- indica precisamente el punto en que el Estado, sea por impotencia, sea por las conexiones inmanentes a todo orden jurídico, ya no puede garantizar, por medio de este orden, los objetivos que desea conseguir a toda costa.”  

Estos son los umbrales que pisamos. 

Desde la nueva normalidad en segunda semana de semáforo rojo. Junio 8 de 2020   

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