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Prostitución y feminismo

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Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 24 de agosto, 2020.- Durante mi fugaz paso por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, en el primer lustro del 2000, tuve relación con un grupo de mujeres prostitutas que se reconocían a sí mismas como independientes: sin proxeneta y sin organizaciones sociales de asistencia o activismo feminista. Defendían un espacio en el Centro Histórico que funcionaba como casa de salud y centro de reunión. Me llamó la atención la identidad que asumían. Y con ellas aprendí varias cuestiones sobre la cuestión: En el negocio de la prostitución, intervienen muy variados agentes, entre ellos las todavía entonces autoridades delegacionales al más alto nivel, partícipes de las ganancias de la renta del suelo. Nadie quería por tanto entender ni actuar frente al fenómeno que en ese entonces se extendía por toda la ciudad indiscriminadamente.

Y aprendí de su temple: se cuecen aparte, su actitud es impenetrable, no están buscando simpatía, aceptación ni adhesión, ellas son. Pero más importante que nada, me aproximé a la relación con el propio cuerpo en tanto su instrumento de trabajo, al que no asumen como “recinto sagrado”. Ellas trabajan y están orgullosas de sacar a sus hijos adelante, dicen. Prescinden de la culpa, que las aniquilaría. Las conocí de diferentes edades -todas adultas- incluyendo abuelas que siguen trabajando porque no tienen manera de pensionarse.

De aquella experiencia, mi aprendizaje sustancial fue el de su relación con el cuerpo en tanto instrumento de trabajo, y su manera de disociarlo en sus relaciones afectivas y sexuales fuera de transacción.

Fue en 2014, diez años después, que Patricia Mercado, Secretaria del Trabajo en la Ciudad de México, credencializó a grupos de trabajadoras y trabajadores sexuales para evitar que la policía les extorsionara. Estos grupos de beneficiarios querían que se credencializara también a sus clientes, igualmente extorsionados por la policía capitalina. Era el principio de un plan que debería haber llevado a estos segmentos sociales hacia la seguridad social y la vivienda.

II

Encuentro que la objeción feminista a la regulación del trabajo sexual tiene un origen moral: el dogmatismo al respecto se alimenta de la noción “sagrada” del cuerpo y su connotación pecaminosa que es religiosa. Este convencimiento irreductible, no cae en la cuenta de que proviene de las mismas nociones que el feminismo combate de las que se derivan la división de los sexos, la división sexual del trabajo, la opresión de las mujeres, la represión sexual y sus derivaciones sociales y políticas. No les gustan las prostitutas, les escuecen, pero ese es problema suyo.

No me cabe duda de la articulación entre prostitución y pobreza, esa es la premisa de la que parte el feminismo abolicionista. Y tampoco dudo de que la relación del prostituyente con la prostituta, así sea trans, es una relación de poder. ¿Las relaciones que no se transaccionan con dinero en efectivo, están exentas de esa lucha de poder?

Sin embargo, el fenómeno no desparecerá por decreto de ley; existe de por sí por razones multifactoriales; es demasiado poder el que le otorgan a la Ley sin darse cuenta también de que entran al juego de la Nueva Razón Penal, que empieza por segmentarnos en grupos de riesgo para después alimentar un nuevo modelo penal que por cierto es neoliberal: todos y todas potenciales delincuentes. No sólo no erradicarán a la prostitución, sino que además criminalizarán a servidoras y clientes, arrojándoles a un estado mucho mayor de clandestinaje y vulnerabilidad y encarecerá la extorsión de las autoridades.

Que el fenómeno se asocia con el mercado de la trata de personas y se vincula a las corrientes de migración, es verdad, y justo por ello habría que reglamentar estas transacciones que solo deben darse entre la servidora y el consumidor. Penalizar, al contrario de lo que se pretende, que es abolir la esclavitud sexual, la fomentará, dejando a las trabajadoras sexuales a merced de los tratantes, esos sí delincuentes.

Ahora bien, si la prostitución es consecuencia de la pobreza, la conclusión es poco operativa: ¿se tiene la estrategia de incorporación de los contingentes de prostitutas al mercado del trabajo “decente”? Y ¿Por qué no se combate con la misma furia la esclavitud laboral de las maquiladoras, por ejemplo? ¿Esa explotación sí es moral?

¿O más aún, -y he aquí la contradicción mayor- si las condiciones fomentan la prostitución, como lo hacen con la migración, el trabajo de jornaleras agrícolas, el trabajo doméstico externo y el trabajo doméstico de las amas de casa, será cosa de criminalizar todas estas actividades económicas? O de reglamentarlas. 

Conviene tomar en cuenta que es mejor una prostitución reglamentada que una prostitución ilegal y clandestina, para bien de las trabajadoras sexuales mujeres y trans (esta última oferta predilecta del machismo mexicano, 2 en 1).

La regulación favorece además el control de la violencia y la prevención de enfermedades de transmisión sexual y el VIH-SIDA.

Y la proclividad penalista no tendrá buen fin: es igual que con el principio de la Libertad de Expresión que también debate el feminismo. ¿Prohibimos todo lo que nos parece que atenta contra la igualdad y la dignidad de las mujeres? ¿Y se cancela el principio? La censura nos alcanzará.

¿Prohibimos la prostitución porque nos parece horrorosa? Y se cancela un principio de libertad como es la transacción comercial entre dos adultos que ya sabrán lo que hacen con sus cuerpos.  Terminaremos en un grupo de riesgo y acechadas por la policía.

La prostitución NO es deseable, pero tampoco negable. Junto con las otras actividades económicas que relato y más, que resultan verdaderas obscenidades, lo que sí se amerita, es modificar el contexto que las genera, no queda más que redistribuir la riqueza y hace posible el ejercicio efectivo de los derechos y mejores oportunidades laborales. Pero esta agenda es la que ha sido desdeñada por el feminismo elitista del dogma, enfrascado en sacar adelante las agendas de sus financiadoras extranjeras, que han sido la despenalización del aborto, la violencia familiar y la participación en las posiciones de representatividad del poder público. No se incluyen las reivindicaciones sociales.

III

En la diversificación de la mirada se producen hallazgos: no todo el feminismo es occidental; y la emancipación se produce a partir de agendas específicas que contribuyan a que las mujeres de los diferentes segmentos sociales modifiquen sus condiciones reales de existencia.  

No ha imperado el razonamiento estructural, por lo que tampoco hay propuestas estructurales. Impera en el feminismo una visión fragmentada del mundo que no logra integrarse a partir de la mirada de la otredad, y desglosar la agenda más que en un pliego petitorio, en una propuesta epistémica de transformación de la vida en el mundo para todo el mundo.

En Oaxaca, hacia el final de agosto bajo una atmósfera de confrontación agobiante, peligrosa y deleznable. Lucio mi nieto de 5 años ya tiene dispuesta su área de trabajo en su casa para la rutina escolar.

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