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Mi personal feminismo institucional

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Olimpia Flores Ortiz

SemMéxico, 7 de septiembre, 2020.- En la decantación del Amor que voy haciendo a estas alturas de mi vida y del mundo, habiendo llegado a la conclusión de que el más grande sentimiento no escapa a ser otro discurso en el cual vive encerrado, me tengo que preguntar acerca de mi proclividad hacia el Estado, que mi hijo mayor califica de amor despechado.

Tengo una relación afectiva con el Estado, me ampara, me ciñe, juego sus reglas (a mi manera, pero lo hago) me da sentido; la República me significa el espacio en el que plasmo la vida. Así pues, conjeturo que lo vivo como una significación de El Padre.

Justo por mi afinidad, -pues le conozco pernicioso, perverso y engañoso, manipulador, invasor de la subjetividad y usurpador de las decisiones de la vida- me perturba un claro sentimiento anarquista que deslegitima a la función del Estado. ¿Dónde queda la libertad? En esa contradicción navego.

Casi sin preguntármelo, asumí como legado paterno al servicio público y supongo que con la conjugación de mi cristianismo (educada por monjas benedictinas, las de “ora et labora”) le di la connotación de ministerio hacia los demás, como deber ser. Que conste que vengo siendo atea y ahora agnóstica desde la preparatoria, mi relación con Dios no es una confesión explícita, sino una rendición colonizada a su patriarcado, anidada y anudada en mi subjetividad y que me confronta.

A pesar de mi contradictoria y conflictiva relación con el Estado, reivindico la necesidad de su función pública -mal necesario si se quiere- como instrumento para organización de la vida en sociedad y la distribución de los recursos. Al feminismo llegué no por la idea, sino por el cuerpo.

En este contexto, mi feminismo en praxis tiene su radicalidad en la deconstrucción del discurso binario que atraviesa a la familia y a las instituciones del Estado. Mueran el mito y su mandato.  Y desde esa perspectiva me sitúo ante la política pública como la plataforma para detonar procesos amplios que favorezcan la mayor conciencia de sí de las sujetas que son el sujeto social de los programas de gobierno.

Mi feminismo institucional, descansa en la responsabilidad que el Estado tiene de propiciar las condiciones para desarrollar la capacidad de autonomía y decisión, por medio de las oportunidades que para ello abre la política pública y las Leyes que la propician.

Desde las instituciones del Estado, toda acción es pedagógica en sí misma: por su propósito y por su modo de ejercicio. Lo cual traduzco en que es en el camino donde está el fin mismo.    

En ese sentido, de entre todos los aspectos que debe cubrir la Política Pública, el de la autonomía económica debe ser el eje y su fin último, sin la cual no obra en las mujeres, ningún poder de decisión. Sin embargo, la agenda del movimiento feminista no ha tenido precisamente esta orientación, sino que ha priorizado la violencia, el aborto, y las posiciones políticas. No se ha enfrascado en la organización de la estructura de gobierno ni tampoco en la articulación institucional hacia la disminución de las diversas brechas que separan a las mujeres para autodeterminarse y que son atravesadas por las diversidades racial, étnica, de pertenencia de clase, de posición en la estructura productiva formal e informal, de sexualidad disidente, y hoy por hoy y para siempre, de conectividad.

No hay una concepción compleja de la fenomenología que abarca la inscripción de las mujeres con toda su heterogeneidad en la sociedad; sino que se actúa fragmentariamente. Como los recursos caminan por rutas separadas, entonces así se concibe la actuación por medio de programas de gobierno que obedecen a propósitos parcelizados.

En tanto es mi feminismo institucional lo reparto hacia la comunidad, no me gusta el ghetto, no creo en la superioridad moral femenina, por lo que no tengo ninguna razón para desdeñar a lo masculino, porque creo que ambos y todo el arcoíris, merecen resignificarse. Y sí me adscribo a la idea de la interacción entre las mujeres y los hombres y no de su confrontación.  Nadie es mejor y nadie escapa a la colonización que es patriarcal, heterosexual y colonialista y nos jode sin excepción.  Aunque por supuesto creo necesaria la especificidad de acciones dirigidas a mujeres. 

Y en ese mismo sentido entiendo a las políticas públicas como procesos en primer lugar de co-aprendizaje, co-creación y co-producción de la comunidad-y el Estado; no me he ido de lo comunitario, no creo ni me basta el individuo. No pierdo de vista que las relaciones sociales se encuentran imbricadas en la comunidad.  Por lo que la perspectiva de género consiste en un concepto y una metodología de la política pública, de la forma de gobernar y de la relación estructural con los agentes sociales.

El fin último del Estado, pero también del feminismo, sería el de desaparecer, ambos por innecesarios, tal utopía me anima porque le imprime sentido a mi idea del hacer: un feminismo liberador y un aparato de Estado que fortalece la autonomía y la autogestión. Tal vez con esa visión los parámetros contables para demostrar resultados no fueran una camisa de fuerza para todo despliegue de esfuerzo que tergiversa propósito y ejecución.

En la medida en que a la perspectiva de género se le comprende como un algo más que se sobrepone a la política pública, es su aspecto visible en donde se pone el énfasis, que no en su funcionalidad; no es una filosofía que transforma, sino una variable con la que se cumple.

El feminismo institucional está inscrito en el sistema, enraizado en la cultura y sometido a la resistencia simbólica de los agentes y las agencias de gobierno; pero también a sus vicios burocráticos, a los intereses facciosos y a la corrupción.

Son también muchos los factores que inciden en su determinación. No puede escapar a la coyuntura política, depende de los criterios de distribución del gasto en el presupuesto, está sometido al estilo de gobierno en turno, sigue los ritmos administrativos del año fiscal, y no se escapa de la dinámica de relación administrativa entre la Federación y las entidades federativas; como tampoco al estado general de la economía.

¿Cómo traducir el Derecho a una vida libre de violencia y la igualdad de oportunidades en el contexto de toda la heterogeneidad que en el país de manifiesta atendiendo a una visión en la que la autonomía y la no violencia vayan de la mano? ¿Dónde radica el fin último?

Para un Movimiento de mujeres que tiene reticencias para asumirse feminista, el resultado está puesto en los factores de bienestar; para el feminismo debiera estar en la autosuficiencia de las mujeres para autodeterminarse cabalmente y decidir su vida sexual, su función reproductiva (así, por separado), su vocación, con quien convivir (hay matrimonios arreglados y bajo presión social) el lugar donde habitar, la distribución de su tiempo, su imagen sin complacencias, su actitud social…su vinculación con el infinito.     

Sin embargo, el feminismo institucional no tenía por qué cocerse aparte y es arena de disputas partidistas, facciosas, de intereses económicos. A las agencias del Estado les acomoda mejor allegarse al feminismo de transacción, a las interlocutoras de los holdings. Parece idiosincrático el enredo caciquil en este país de poderes fácticos, incluso en el feminismo.

El espectro organizado de la sociedad civil que abarca toda la gama de colores, juega dos papeles en la distribución de recursos, se confunde y juega en varias pistas: quiere tomar parte en la planeación, en las decisiones, en la ejecución y en la evaluación de la política pública. Se enquistan y entonces entorpecen y desvían los propósitos. Se arman redes de complicidad para justificar la mediocridad y el desatino; y por supuesto el ejercicio de los recursos.

A la ya de por sí complicada situación del feminismo institucional y su peso específico para incidir, al tamiz de las feministas de holding, a la agenda fragmentada, a la precariedad de los recursos, en 2020 tenemos que sumar el desdén presidencial, por la cuestión y por las propuestas de la amplia esfera de la sociedad civil organizada, (en ello yo no sabría cómo inscribirme), la crisis económica, y la interacción institucional y con la ciudadanía de un feminismo por zoom.

Los conflictos de género, como los define Daniela Cerva Cerna de la Universidad Autónoma de Morelos, https://www.redalyc.org/jatsRepo/5696/569660565007/html/index.html se comprenden como los que se producen en la oposición de los roles sociales entre las mujeres y los hombres en sus condiciones específicas, entonces están presentes en todas las expresiones de la vida pública y privada de las personas y ameritan estrategias diferenciales. No son temas, o necesidades o intereses de las mujeres. Los conflictos de género constituyen a la sociedad que somos. Y el Estado de ello es parte.

No veo por ahora espacio de conciliación para mi despecho.

Llegamos a septiembre sin modificar el escenario de incertidumbre total. Pero nos movemos. Sigo confinada en Oaxaca.

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