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Opinión| Entre prejuicios e indiferencias

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Polonio Lecumberri

SemMéxico, Ciudad de México, 28 de diciembre del 2022.- Entro a la barra de un restaurante a pedir una Roca, para que mi estómago intoxicado por un guiso del recalentado navideño, pueda calmarse. El encargado del bar, que conoce gustos y necesidades de sus clientes, es además un apasionado de las bebidas y los guisos. Si por él fuera, tendría su propio negocio, por eso aprovecha las épocas navideñas para tomar sus vacaciones y guisar sus secretas recetas para las y los clientes de la temporada. Ese es el motivo por el que Rafita no está esta noche detrás de la barra; regresa el lunes. Julio me conoce hace 20 años y le hace una llamada de su celular a Rafa, pues él como mesero tampoco sabe cómo se prepara el trago.

De inmediato le responde la llamada e indicando onzas específicas, nos dice en altavoz: Tequila, anís dulce y fernet. Gerardo sigue las instrucciones con cautela poniéndolo en las rocas, como se advirtió. Mi estómago se calma, y no creo que haya sido sólo el guiso grasoso de la noche del 24, sino la experiencia de haber sentido cómo la gente que a última hora antes de la Nochebuena salió a comprar regalos para la familia, ignorando en su mayoría, a la gente en situación de calle. Esta población que tiene ya una identidad en casi cualquier ciudad del mundo, son personas que viven con alguna adicción, o que tienen alguna discapacidad o diferentes problemas de salud (algunos de ellos de nacimiento que les impiden caminar, lo que hace que se asistan de unas muletas o una patineta para desplazarse), y que al paso de los años, es difícil que pueda mantener algún trabajo, sostenerse y accesar a derechos, por lo que está orillada a subsistir de manera muy precaria en la calle y espacios públicos.

En el año 2017 en la Ciudad de México, el Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS) de la Secretaría de Desarrollo Social, coordinó el Censo de Poblaciones Callejeras y publicó que había 100 puntos de alta concentración en donde se podían localizar poco menos de 7 mil personas, en su gran mayoría hombres. Casi en su totalidad, necesita ropa, baño, cobijas, lavado de ropa, corte de cabello, pero sobre todo atención psiquiátrica y médica. Por allá del año 2008 en Saltillo se creó la Casa de Medio Camino, que dependía de Cáritas, institución de la iglesia católica que desarrolla procesos o proyectos de caridad, y que no se pudo o no se quiso sostener con el paso de los años por los altos costos que se requieren para mantener a esta población. Y definitivamente que en Saltillo en este cierre del año 2022 no podemos hablar de cientos de personas indigentes o callejeras, y lo mismo sucede en otras de nuestras pequeñas ciudades. Las calles del centro son las que concentran a esta población, y se les puede ubicar con facilidad, incluso con nombre, gustos y necesidades, como decíamos de nuestro cantinero.

Un estudio de la COPRED de la Ciudad de México reveló que un 82.4 % de la población que vive en la calle sufre maltrato, indiferencia y rechazo. “Su derecho a la integridad, a la libertad y a la seguridad personal es vulnerada, pues “los golpean” y “los explotan” (2019). Eso es exactamente lo que pasó con la señora Santa que estuvo por las calles del centro de Saltillo, Coahuila, este 24 de diciembre. Un señor con cachucha azul que boleaba los zapatos cafés de un cliente en la silla ubicada en calle padre Flores, casi esquina con Ocampo, en 3 ocasiones le dijo grosero que se retirara de ahí cuando ella sólo pedía su Navidad. Ni siquiera se limitó por tener a un cliente frente a él. Otro tipo de botas color café obscuro, en esa misma esquina, la vio burlón y la retó. Cuando ella se acercó a pedir una moneda, él dejó caer con fuerza la moneda de un peso y burlón le preguntó si también agarraba piedras, pues se acercó tanto a ella, que alcanzó a ver que junto con las monedas recabadas, había una piedra. Hubo jóvenes y adolescentes que se burlaban de ella en su cara. Bailaban, la señalaban, se reían de ella.

Ahí mismo en la calle Narciso Mendoza y padre Flores, donde los policías municipales están como buitres, desalmados y bribones, al acecho, para robar a los ambulantes mientras les sacan una firma, un par no sólo se burló de ella, sino imitaron su tono gangoso para hablar cuando pasaron junto a ella. La experiencia de la mujer con la policía no fue nada buena, una mujer que daba el paso a peatones y autos en calle Aldama, no respondió ninguno de los tres intentos que hizo al recordar que estábamos festejando la Navidad. Lo mismo sucedió con una religiosa que vestía una falta larga color azul obscuro, como uniforme escolar, y con las orejas cubiertas por el frío.

Ninguna de las dos la volteó a ver en ninguna de las tres ocasiones en que ella les pidió una moneda. Un policía más, frente al hotel Jardín, donde los de su gremio suelen cobrar tarifa a las prostitutas que entran ahí con sus clientes, en lugar de dar un saludo o una moneda, le dijo a la señora: “caminándole, caminándole”, como si una persona no pudiera sentarse en las calles del centro. ¡No se trataba de la Plaza de Armas llena de vallas!

Sí hubo empatía de varias personas. Por ejemplo don Juan, que es de un pueblo de Oaxaca, cerca del estado de Guerrero, estaba tocando el acordeón en una banca. Su hija Diana siempre tiene un trastecito para recibir el dinero que la gente les da, agradeciendo su música. La chica le tuvo cierto miedo a la mujer. Ya sabe que puede haber personas de la calle que son agresivas porque la han pasado mal anteriormente, así que no le quería dar la cara. Sin embargo su papá le decía que no le tuviera miedo.

Juan tenía unas botellas de agua en la banca, y dirigiéndose a la señora Santa, le dijo que retiraría las botellas para que ella pudiera sentarse. Santa colocó en la banca su morral de cosas y sacó un peluche gigante que ya sentado en la banca, era casi del mismo tamaño que Juan. La señora le indicó a Juan que el muñeco era para la niña.

Ni así ella la aceptaba; la señora no le gustaba. El papá siempre amable le pidió que le agradeciera y así sucedió. El muñeco se fue con ella a casa esa Nochebuena.

Eso no sucedió cuando Santa se acercó a una señora que llevaba de la mano a una menor de edad y que haciendo mala cara, la esquivaron, y le sacaron la vuelta tanto a ella como al regalo, como si les hubiera estado ofreciendo una bomba. Había muchas mujeres esa tarde en el centro de Saltillo. La mayor parte de población que le dio dinero a la señora fueron mujeres. Incluso había un grupo de jóvenes que se organizaron para hacer sándwiches para ofrecer en Navidad, los llevaban en una bolsa de basura color negro y entregaban la comida con un refresco. Estuvieron un rato por el Mercado Juárez y sus calles aledañas. También un joven que cargaba en la espalda una mochila negra, pasó varias veces ofreciendo lonches, así vendedores ambulantes y barrenderos ese día especial del Nacimiento de Jesús, recibieron algo de comer.

El señor Domingo fue otra persona que no sólo fue cercana sino empática con la señora. Esa tarde Domingo estaba sentado en el piso cerca de unos puestos de periódico, donde venden también revistas, papas con salsa, paletas, y en esta temporada también se ofrece ropa, pijamas, antenas para televisor, entre otras cosas.

Domingo nació con un problema en las piernas y es como si no las tuviera. Se levanta con la ayuda de unas muletas, por fortuna una amiga suya le cocina, lava su ropa y le ayuda en su casa en la colonia Loma Linda. Así que él pide dinero con su cachucha negra. Cuando Santa llegó a sentarse junto a él, la corrió. No había manera de que quisiera competencia. Le gritó que se moviera hasta que se cansó. Recargado en un poste junto a sus muletas, de barba y cabello cano, él veía al poniente, y ella con su morral, al norte. La gente se agachaba para poner una moneda en la cachucha de él y otra en el vaso de ella. Pasaron señoras, señores, niñas y niños. Santa le ofreció pan de pulque y él agradeció. Después de unos minutos, él le ofreció a ella de los fritos que Ana le había fiado por 35 pesos. Santa no comió, se retiró, pero fue como si hubiera habido una conexión entre ambos. No eran amigos, sino vecinos o quizás más propiamente, colegas. La gente compartía con ambos sus monedas y ellos compartían entre sí lo que tenían.

La persona que con mayor tacto y prudencia se acercó a Santa, fue una persona de barrido manual que, además de barrer el lugar en el que la señora estaba sentada, tenía que retirar la basura del basurero donde ella estaba recargada, para colocarla en su carro. Le pidió permiso casi disculpándose de molestarla para poder hacer su trabajo. Fue muy dulce esa escena. Hay una diferencia brutal entre la prepotencia delincuencial de los policías que cobran piso a cualquier vendedor ambulante, que este otro empleado municipal empático y educado, que sabe tratar a un ser humano con dignidad.

Hubo muchas personas que se impresionaron de la facha de la mujer; la mujer que estuvo siempre sentadita en la calle, veía el rostro de niñas y niños. Estaban a su altura. Unos jóvenes a los que ella les “bajó” un cigarro, mismos que tuvieron que encendérselo, no la vieron mal, y sólo expresaron algo así como: “Es normal, llegan y te piden un cigarro”. Y una señora con una sonrisa que reflejaba bondad le agradeció un regalo y sacó unas monedas para ella para que se comprara un refresco, como en una especia de trueque regalo/monedas. Sin embargo, hubo otras personas que cuando ella les entregaba un regalo, se paralizaban y reaccionaban minutos más tarde. Este fue el caso de un par de mujeres con una bebé y una niña, que se regresaron a buscarla para agradecerle unos regalos que recibieron de ella, y le dieron unos billetes como para retribuirle.

En la Plaza Manuel Acuña hubo algunos señores, de esos que pasan horas a diario ahí, que murmuraban entre ellos que la señora no les convencía, que parecía que no era real, que su rostro estaba muy sucio, cuando su cabello no lo estaba tanto. No decían más ni se burlaban, pero no se engancharon. Sin embargo en esa misma plaza hubo otra reacción con la presencia de la señora Santa, y es que quienes han sido víctimas del fracaso de la estrategia militar en México, han visto muchas cosas. Pocos sobrevivientes hay que hayan salido no sólo vivos, sino libres y sin ataduras tras el trabajo con algún cártel en cualquiera de las áreas de operación que estos tienen, sea en el área jurídica o de relaciones políticas, en el área financiera, o en la de la compra, producción, almacenamiento y cuidado de marihuana, coca o drogas sintéticas. Uno de estos que trabajó en el Triángulo Dorado, estaba tranquilo, solo, cuando llegó a su lado la señora. Cuando ella se sentó con su costal, no tuvo intención ni interés de moverse ni para alejarse ni para dejarle más lugar. No le llamó la atención, ni tampoco se asustó. Ella le mostró el vasito color celeste con monedas y sin que ninguno de los 2 dijera palabra, él colocó unas monedas en el interior de éste. Ella buscó entre sus bolsos y sacó un bastón de caramelo navideño y se lo entregó. Cerró su costal, y se fue. De sus cosas, él sacó papel sanitario y lo envolvió en su mano derecha.

Observando el caramelo que tenía frente a él, no podía dejar de llorar. “De las personas que menos tienen, y de las que menos esperas, te dan una lección”, dijo mientras las lágrimas brotaban de su interior. Se ve que Cristo le ha dado ya oportunidades para remediar daños hechos a la sociedad.

Otra lección fuerte sucedió afuera del templo de San Esteban en calle Acuña. Ahí estaba un joven sentado y la señora aprovechó para sentarse junto a él, y así poder entregar regalos a las niñas o niños que pasaban por ahí. Había mucho movimiento.

El joven observó bien a la señora y le puso 2 monedas de 10 pesos en su vasito. Pero eso no le bastó. Se quitó una cadena que traía al cuello con una imagen religiosa redonda, sin embargo ella se negó a aceptarla. Él se la puso nuevamente y se dio cuenta que en el cuello tenía un rosario de madera. También se lo ofreció y ella de nuevo le dijo que no. Se buscó entre su ropa algo que pudiera darle a su vecina y sacó de la bolsa derecha de sus pantalones de mezclilla, muchas monedas. Las sacó todas y se las ofreció. Ella no las quiso. Él, frustrado, sacó un gorro negro tejido del morral café de algodón que traía cruzado, y se lo ofreció. Dado que ella también dijo que no, levantó los hombros, sacudió su ropa, se levantó, dijo adiós y caminó rumbo a calle Allende. ¿Cómo se pierde el miedo a compartir? ¿Cómo es que este joven tuvo el valor de ofrecer todo cuanto tenía a la señora? ¿Cómo o dónde es que se aprende a compartir lo que somos y tenemos? ¿Por qué hay personas a las que les cuesta tanto acercarse al otro o a la otra?

No creo que se trate de una virtud teologal a desarrollar, sino de una actitud que aunque cuesta, busca mitigar el dolor y la injusticia. Estas acciones de solidaridad se practican cuando se tiene o ha tenido un hueco en el alma, o una carencia física. No importa si se nace entre sábanas de finos hilos o un pesebre obscuro que necesita iluminarse con fuego o una estrella, en el caminar vamos desarrollando temperamento y personalidad, egoísmos o lealtades hacia las personas, sociedades miserables o solidarias. Pienso que es necesario eliminar prejuicios y discriminaciones para hacernos hermanas y hermanos entre nosotros, y tener una sociedad avanzada, sin población en la calle, sin personas con hambre, sin casa. Hay que darnos la oportunidad de dar, de escuchar, de dejar ser. Creo que mi malestar inició desde esa tarde; lo que yo tuve fue una indigestión de reacciones incómodas, en el corazón de uno de los 2 estados que en próximos meses sea vivirán campañas electorales, donde sus propios funcionarios y quien quiere ser el próximo gobernador, bromean catalogándola como la mejor y más segura ciudad en todo México. ¿Dónde están las o los candidatos que cambiarán la indiferencia por la misericordia, y la acumulación por la distribución equitativa?

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