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Opinión| Nadie está obligado a lo imposible

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Vida y lectura  

Marcela Eternod Aramburu

SemMéxico, Aguascalientes, 16 de julio, 2021-.Svetlana Alexiévich, premio nobel de literatura en 2015, escribió en 1985 La guerra no tiene rostro de mujer.[i] Con base en cientos de entrevistas que como periodista realizó, articuló un relato estremecedor de cómo las mujeres de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Rusia, Ucrania, Bielorrusia y la ecléctica Transcaucasia) participaron en la Segunda Guerra Mundial.

Muchos comentarios destacan que La guerra no tiene rostro de mujer es una obra maestra, no solo porque presenta los hechos incuestionables de la participación de las mujeres en la guerra, sino porque hace evidente su participación como parte de los contingentes armados regulares.

Uno de los aspectos más destacables de este libro es como Alexiévich narra el sorpresivo cambio de actitud y trato, de compañerismo y reconocimiento que esta participación femenina provocó en el ejército soviético. Las mujeres combatientes al integrarse a las fuerzas armadas se convirtieron en colegas de los varones, por el solo hecho de ser parte del ejército, dejaron de ser las clásicas y tradicionales mujeres para convertirse en sus pares en las trincheras.

Esos mismos soldados cuando entraron a Berlín en 1945, como triunfadores ivanes, violaron a todas las mujeres alemanas que encontraron sin ninguna distinción de edad como botín de guerra, para remarcar que habían ganado la guerra y humillar a los varones alemanes derrotados, la crónica de estos sucesos se narra en Una mujer en Berlín cuya autoría permanece en el anonimato, aunque se afirma que el editor siempre supo quién fue la autora.

Lo anterior permite contextualizar lo que pasa en otros espacios, pero también matizar cada situación de acuerdo con sus circunstancias. Esto es, hay un cambio evidente en las relaciones entre mujeres y hombres en todas las esferas cuando las mujeres logran una participación igualitaria, los códigos cambian al igual que las relaciones. En España, por ejemplo, donde se han creado, consolidado, fortalecido y dotado constantemente de recursos presupuestales a las instancias de las mujeres a nivel local, provincial y nacional, los avances han sido muchos. En las escuelas -en todos los niveles- los varones identifican a las mujeres como sus pares y asumen en el discurso y en los hechos que sus compañeras son personas con derechos y, cada vez más, que son sus pares. Sin embargo, estos mismos estudiantes se refieren a otras mujeres, a otros grupos de mujeres -negras, asiáticas, latinoamericanas, campesinas o de regiones rurales- exactamente igual a como lo hacen sus padres y abuelos y aunque para ellos sus compañeras son diferentes y, con ellas, no se permiten un comportamiento excluyente y machista, esos mismos varones, por unos cuantos euros acceden a cualquier tipo de red que les provee de esas otras mujeres con las que ellos pueden concretar sus propias miserias, tal y como lo narra Ana de Miguel.

Algo similar ocurre en México, cada vez más mujeres acceden -por las recientes leyes de la paridad- a lugares que hasta hace muy poco les estaban vedados, en algunos de ellos ya se les empieza a reconocer como pares, cobijadas en el derecho a la igualdad y con un auténtico interés para que participen y posicionen una agenda más real, inclusiva, igualitaria y justa. Sin embargo, el astuto patriarcado sigue acechando y aprovecha la más mínima fisura para colarse y dinamitar los avances.

Destaca, en suma, que las leyes de la paridad y la batalla por la igualdad va -aunque despacio- rindiendo frutos. Lo que se propuso como objetivo un par de décadas atrás y apenas se alcanzó en el aspecto legal hace unos pocos años fue inclusión y participación paritaria. La idea era que entre más mujeres participaran las cuestiones públicas y privadas éstas se reorientarían y las políticas incidirían en acelerar los cambios.

Así como las combatientes soviéticas provocaron algunos cambios en la manera como los soldados las trataban, así la paridad provocaría cambios en la manera de enfrentar los problemas sociales y de plantear sus posibles soluciones. Así como muchas combatientes recibieron el aprecio y reconocimiento de sus compañeros en un contexto de conflicto, se esperaba que las mujeres en México, poco a poco, fueran haciendo suyos otros espacios. Se pensó, con razón, que era necesaria la voluntad política de ellos, para avanzar en la revolucionaria idea de que las mujeres eran personas (así lo expresaba GIRE).

El titular del ejecutivo federal no es feminista, no puede serlo porque desde hace décadas construyó su paradigma y lo que no entra en él, simplemente se desecha. Se dice humanista sin considerar que en el siglo XXI no hay humanismo que no presuponga al feminismo de la igualdad. No es feminista, no puede serlo por su propia historia personal, familiar, política y social, no puede serlo porque pertenece a esa añeja, arcaica y decadente generación que piensa erróneamente que el feminismo en el mejor de los casos es una vacilada. Pensamiento tan equivocado y falaz como aquel que afirma que el capitalismo salvaje goteará lo suficiente hacia abajo para que todos y todas tengamos bienestar.

Nadie está obligado a lo imposible y -en mi opinión- tratar de que el presidente sea feminista es imposible, no tiene con qué. Por eso no les hemos pedido a las feministas que libren esa batalla, no les reclamamos nada en este sentido porque sabemos que es imposible y que nadie está obligado a ello.

El reclamo no va dirigido a lo imposible que resulta incidir en el ejecutivo federal para hacer de él un aliado de las mujeres y de sus históricas luchas, para convencerlo con sensatez de su craso error, para sensibilizarlo con hechos, datos, realidades y verdades. El reclamo va hacia aquellas feministas de antaño que lograron unirse a pesar de sus diferencias para impulsar la agenda de la igualdad, el reclamo va a las otrora admiradas insistencialistas que con voces claras, fuertes, apasionadas y reales pedían participar porque sabían que el más profundo de los cambios que se tenía que hacer era el de la igualdad y reconocían en el patriarcado -aunque a algunos les suene obsoleto- el más poderoso de sus enemigos. El reclamo va hacia las paritarias de saliva, hacia las luchadoras de antaño que hoy -silenciosa y vergonzosamente- dejaron de ser feministas para ser partidarias, disciplinadas, obedientes, subordinadas y sumisas porque ya están, ya llegaron, ya participan, y ya olvidaron que, en parte están ahí porque creímos que con ellas la lucha se fortalecería y podríamos acelerar el paso.


[i] La versión de 1985 se modificó en el año 2002, cuando Svetlana Alexiévich pudo rescatar su versión original, la cual fue sometida primero a la autocensura de su autora que eliminó muchas partes al considerar que eran potencialmente explosivas, aunque ciertas; y en un segundo momento a la censura por la que pasaban los libros en 1985 en su propio país.

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